Exorcistas, Vaticano y miedo: entre hechos reales y superstición institucionalizada
Con fecha 25 de marzo de 2026, medios internacionales publicaron la siguiente noticia: “Exorcistas profesionales visitan al papa León XIV y hacen advertencia ‘demoníaca’”. Según la información, representantes de la Asociación Internacional de Exorcistas (AIE) advirtieron al papa que se estaba registrando un “preocupante aumento mundial del ocultismo, esoterismo y satanismo”, por lo que le solicitaron “que cada diócesis católica del mundo cuente con ‘uno o más’ sacerdotes exorcistas debidamente capacitados” [1] [2] [3].
Sí, leyeron bien: “Exorcistas profesionales”, “advertencia demoníaca”, “Asociación Internacional de Exorcistas”, ocultismo, esoterismo y satanismo. ¿Es esto serio? ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI todavía sigan las iglesias cristianas explotando ese lenguaje arcaico y supersticioso que corresponde a la etapa más oscura del pensamiento mágico de la humanidad? ¿Los medios modernos no tienen vergüenza de publicar este tipo de “información”, retratándose los redactores como personas del peor nivel de ignorancia? ¿Es esta clase de noticas acaso un distractor? ¿En serio personas tan instruidas como sacerdotes, papas o cardenales, creen en este tipo de absurdidades? ¿Cómo es posible que a estas alturas de la civilización todavía pueda existir algo como una Asociación Internacional de Exorcistas? ¿Cómo es posible que puedan existir “exorcistas profesionales” autorizados por el papa? ¿Por qué juegan con la ignorancia de la gente de esa forma tan descarada?
Aunque claro, debemos reconocer que la “noticia” fue divulgada, como suele ocurrir, con buena dosis de dramatización. Porque sí, en efecto, hubo contacto entre representantes de la AIE y el papa el pasado 13 de marzo. Y sí, en esa reunión se presentó un informe pidiendo más “exorcistas” por diócesis y mejor “formación” para los sacerdotes. El Vaticano no desmintió la reunión ni su agenda. Pero también los hechos fueron divulgados con un tono alarmista —casi apocalíptico— con frases dramáticas como “ataques demoníacos” o “advertencia global”. Por lo que una vez más, la maquinaria del miedo y del fomento de la ignorancia de los medios de comunicación, parece haber hecho su trabajo.
Como sea, uno se pregunta: ¿La Iglesia católica no tiene asuntos más serios en qué ocupar su tiempo? ¿Acaso los medios de comunicación no tienen eventos verdaderamente importantes sobre los cuales informar?
Comencemos por explicar que el exorcismo es, en esencia, un ritual mágico: una serie de oraciones, gestos simbólicos y objetos “sagrados” —crucifijos, agua bendita, reliquias— utilizados para expulsar supuestos “demonios”. Es una práctica supersticiosa que descansa sobre una cosmovisión antigua en la que las enfermedades mentales y neurológicas eran interpretadas como “posesiones demoníacas”. Y en ese contexto cultural, no sorprende que los evangelios muestran a Jesús como un verdadero experto exorcista y conocedor de esta clase de seres imaginarios (Mateo 12:43-45, Mateo 17:16-21, Marcos 9:25-29, Lucas 11:24-26), expulsando “espíritus inmundos” en episodios que hoy pueden leerse más como testimonios de ignorancia médica, que como hechos sobrenaturales.
Evidentemente, los autores del Nuevo Testamento creían en demonios, magia, milagros y toda una fauna sobrenatural. Para ellos, un ataque epiléptico o un trastorno psicótico no eran condiciones clínicas, sino manifestaciones de entidades malignas. Y esa visión, lejos de desaparecer, ha sido preservada y promovida durante siglos por las instituciones religiosas.
La propia Iglesia católica no sólo ha tolerado estas absurdas creencias, sino que las ha institucionalizado. Un ejemplo emblemático es el famoso cura italiano Gabriele Amorth (1925-2016), quien fue exorcista oficial de la diócesis de Roma —cazador de demonios del Vaticano— y fundador de la Asociación Internacional de Exorcistas, la cual presidió desde 1990 hasta el año 2000. Amorth escribió varios libros sobre el tema, y aseguraba haber realizado miles de exorcismos, llegando a afirmar que Satanás debía tenerle miedo a él. Todo eso, bajo la vista paciente y consentidora del Vaticano (¿no es esto tragicómico?). Lamentablemente su figura no es marginal, sino representativa de una estructura que legitima y difunde este tipo de prácticas en una época en que tenemos el conocimiento al alcance de la mano.
La reciente reunión —sobredimensionada por los medios de comunicación— entre supuestos “exorcistas” y el papa, encaja perfectamente en esta lógica: reforzar la idea de que el mal tiene un origen sobrenatural, y que la Iglesia posee herramientas exclusivas para combatirlo. Y la petición de que cada diócesis tenga uno o más “exorcistas” no es un detalle menor; es la expansión formal de una creencia que, desde una perspectiva científica, carece de fundamento.
Hoy sabemos que los fenómenos atribuidos a “posesiones” tienen explicaciones médicas bien documentadas. Patologías como la epilepsia, la esquizofrenia, el síndrome de Tourette o los trastornos disociativos, pueden provocar comportamientos que, en épocas antiguas, se interpretaban como “posesión demoníaca”. Pero entendámoslo de una vez: no hay espíritus, lo que hay son cerebros complejos, vulnerables y, en muchos casos, tratables.
Sin embargo, aceptar esto implicaría desmontar una narrativa que ha sido muy útil a las religiones durante siglos. La idea de uno o más “demonios” —o supuestos “espíritus” de cualquier naturaleza— no sólo explica lo inexplicable para quienes desconocen la ciencia, sino que también refuerza la autoridad de quienes dicen poder enfrentar esta clase de seres inexistentes.
Y en este contexto, no resulta descabellado afirmar que el “exorcismo” forma parte de un sistema más amplio de control simbólico. Que forma parte del negocio del miedo. Al presentar el mundo como un campo de batalla entre fuerzas invisibles (e inexistentes), se genera dependencia: el creyente necesita intermediarios, rituales, objetos o sustancias mágicas, y protección constante. Y mientras exista ese miedo, existirá también quien lo administre.
En resumen, la noticia sobre la “advertencia demoníaca” que los “exorcistas profesionales” le hicieron al papa —o que fingieron hacerle, porque dudamos que crean realmente en esas sandeces— no es más que la versión moderna de un viejo mecanismo: tomar un hecho real, adornarlo con elementos sobrenaturales, y amplificarlo hasta convertirlo en una amenaza global (y por supuesto, sacarle provecho). No hace falta que sea completamente falso; basta con que sea lo suficientemente sugestivo.
Al final, no hay evidencia de una “alarma demoníaca global”, pero sí hay evidencia de algo mucho más tangible y verdaderamente alarmante: la persistencia de creencias antiguas tan dañinas en pleno siglo XXI, sostenidas por instituciones que, lejos de promover el pensamiento crítico, continúan alimentando narrativas sobrenaturales.
El exorcismo no es una solución a problemas reales; es, en el mejor de los casos, una reliquia cultural. Y en el peor, una forma de desinformación que desvía a las personas de la ayuda médica que realmente necesitan.
[Godless Freeman]
No hay comentarios:
Publicar un comentario