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воскресенье, 5 апреля 2026 г.

 


Ocaña, el penal de los poetas (84 años del asesinato del Poeta del Pueblo

Miguel Hernández fue asesinado. No con un disparo en la madrugada, como Federico García Lorca, sino lentamente, a golpes de cárcel, de hambre, negándole los medicamentos necesarios, de pena y de silencio impuesto. Lo mataron por ser fiel a sus principios y a su palabra. Pero no lograron matarlo. Porque su voz, nacida de la tierra, del sudor y del dolor, sigue alcanzándonos hoy. A 84 años de su muerte, Miguel Hernández no ha callado: vive en la memoria, en los versos, en la dignidad que no se rinde.

También en mis libros, aquí un fragmento de mi novela «Día de Reyes», incluida en el libro «Las abarcas desiertas», donde el poeta está presente.

De palizas sabía, y mucho. Antes y después de Ocaña. Conoció a aquel cura al que le gustaba repartirlas y dar el último tiro de gracia a los condenados: una vez le apoyó la pistola en la sien; contra lo esperado, no apretó el gatillo. Él estaba recomendado, todavía. No como su suegro, que ni un tragaluz imaginario tenía en la celda para cuatro en la que se amontonaban veinte. Lo suyo eran algodones mullidos… a golpes.

Allí conoció al Poeta del Pueblo, a Miguel Hernández, que a escondidas de los guardias enseñaba a leer a los desgraciados del patio. Jacinto, con fiebre de ahora y recuerdos de entonces, juraba que una noche, con la luz dispersa subiendo por el muro, a Miguel le habló al oído como quien reza y manda, lo que la única vez que vio a su suegro en el patio, le dijo:

Cuando salgas —porque vas a salir—, no vayas a Alicante; allí tendrás que cantarle a tu hijo nanas de cebolla que harán llorar a las piedras. No salgas para volver a entrar. Coge a tu mujer y márchate largo. No te fíes del cura sin nombre: te llevará a la muerte sin caridad cristiana. No lo nombro, para no sacarlo del infierno del olvido.

Y a otro —Antonio Buero Vallejo, creía recordar, sin estar seguro — lo veía siempre con un lápiz en la mano, tejiendo sueños que le entraban por el tragaluz. Dibujó al poeta, y con el tiempo cosería la historia de una escalera y en la ardiente oscuridad, como quien zurce sombra con hilo de sol; gracias a él, cada madrugada entraba el sol por aquel tragaluz de la ardiente oscuridad y, si uno afinaba el oído en el silencio, podía escuchar el Concierto de San Ovidio al fondo, para que el sueño de la razón no crease monstruos.

Desde entonces, los huesos de Jacinto, que guardaban memoria de aquel poeta con el que compartió celda, dejaban de doler un minuto justo —lo que tardaba un suspiro en cruzar el patio— y el aire sabía a pan con cebolla y metáfora, que alimenta poco pero sostiene vivo.

Fragmento del capítulo 3 de la novela «Día de Reyes», incluida en el libro «Las abarcas desiertas»

Paco Arenas

#lasabarcasdesiertas



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