Ricardo Miñana
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello García, todavía no ha dicho una sola palabra sobre que Albiol haya dejado a más de 400 personas en la calle. Ninguna. Ni un gesto, ni una llamada a la conciencia, ni una mínima defensa de quienes, en pleno diciembre, se quedaron sin techo.
Resulta llamativo —y doloroso— el silencio de quienes se presentan como guías morales. Muy rápidos para pedir elecciones, muy firmes para opinar sobre el poder y el rumbo del país, pero extraordinariamente lentos cuando se trata de defender a los más vulnerables, a unos solicitantes de posada precisamente la noche del 24 de diciembre.
¿No era ahí donde comenzaba el Evangelio? ¿No fue esa misma escena la que dio sentido a la Navidad?
Parece que la caridad cristiana se ha quedado en los discursos, mientras la realidad se congela en las aceras.
Si Cristo apareciera hoy, pobre y sin papeles, llamando a una puerta cerrada, probablemente lo señalarían otra vez. Lo acusarían de molesto, de incómodo, de alterar el orden.
Y volverían a condenarlo.
Porque hay fariseos que rezan mucho, hablan alto y miran poco.
Y hay silencios que también crucifican.
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