Primero construyen un monstruo, luego lanzan las bombas y solo después corrigen la letra pequeña. Durante años, Estados Unidos ha señalado a Nicolás Maduro como el líder de un gran cártel narcoterrorista, el llamado Cartel de los Soles. Ese relato sirvió para justificar sanciones, despliegues militares y, ahora, un secuestro. Y, de repente, horas después del operativo, el Departamento de Justicia borra lo esencial: ya no hay un cártel dirigido desde la presidencia, ya no hay una estructura criminal clara. Solo queda una vaga “cultura de corrupción”. El enemigo absoluto se diluye cuando ya ha cumplido su función.
Es el mismo manual que en Irak. En 2003, Washington aseguró que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. Se repitió hasta la saciedad. Se usó para convencer a la opinión pública, para dividir al mundo y para invadir un país soberano. Las armas nunca aparecieron. Nunca. Pero el país quedó arrasado, cientos de miles de personas murieron y nadie respondió por la mentira. Hoy cambia el decorado, pero no el guion: donde antes había armas químicas, ahora hay un cártel fantasma; donde antes había “amenaza global”, ahora hay “narcoterrorismo”.
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