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пятница, 17 апреля 2026 г.

 


Ni un hogar sin lumbre... (y otros milagros del franquismo contra los niños)

No voy a hablar de cunetas, ni de los que conocieron la cárcel, el paredón o el exilio. Voy a hablar de quienes supuestamente estaban libres, de los que vivieron en una España oficialmente en paz, pero aprendieron desde niños que la libertad también puede ser una prisión. Quiero hablar de historias reales. Sobre todo de las de los niños durante el franquismo. Niños que no jugaron en patios de recreo, sino que crecieron encerrados en el mayor campo de concentración que ha conocido este país, ese que limitaba al norte con los Pirineos, al oeste con Portugal, al este con el Mediterráneo y al sur con el estrecho de Gibraltar, como si fuese una enorme isla sin vecinos. Un país en el que algunos comían bien y no les faltaba nada y otros pasaban hambre, miedo y silencio. Porque de aquellos barros vinieron estos lodos, y de aquel silencio, y el de los últimos 50 años, esta desmemoria.

A partir de aquel uno de abril de 1939, más de sesenta mil maestros fueron depurados. En muchos pueblos donde durante la República se habían abierto escuelas, no quedó ni maestro ni escuela, solo un edificio vacío y una pizarra muda. Uno de esos maestros fue Antonio Ferrandis —quien luego sería Chanquete en Verano azul —. Perdimos un gran maestro y ganamos un gran actor. Otros no tuvieron esa suerte: fueron apartados, encarcelados o fusilados. La pedagogía fue sustituida por el castigo.

Cuando las escuelas reabrieron, los maestros fueron reemplazados por curas, frailes, monjas, falangistas y docentes adictos al régimen. La Iglesia obtuvo un control casi absoluto de la enseñanza, y las asignaturas más importantes pasaron a ser la Formación del Espíritu Nacional y la Religión, que impregnaba el resto como una humedad persistente.

Los niños —y las mujeres— fueron especialmente castigados en aquella España convertida en presidio. Las paredes oían, y los muros se blanqueaban con cal viva, la misma que se echaba sobre los cuerpos de los fusilados. La cal blanqueaba las fachadas; el miedo ennegrecía las vidas.

Ese miedo se grabó a fuego en la memoria de los vencidos y los acompañó hasta la muerte. Nuestros abuelos casi nunca hablaban de la guerra ni de la posguerra. Y cuando lo hacían, su voz se volvía un murmullo y sus ojos miraban al suelo. Desde niños aprendieron a tener miedo. No al hombre del saco, sino a la Guardia Civil. Muchos vieron cómo se llevaban a sus padres, incluso en los años cincuenta o sesenta, y los devolvían del cuartelillo sin dientes.

Mi abuelo, Felipe López, nunca habló de la guerra ni de los siete años que pasó en el Penal de Chinchilla de Montearagón. Trabajó en los pantanos de Benagéber, Alarcón y Contreras. Sobre ese trabajo repetía una frase que abre y cierra mi novela Magdalenas sin azúcar:

«¿Quién llevará flores a los muertos si están bajo las aguas del pantano?»

Nunca quiso explicar a qué se refería. Yo lo supe después. El lecho de los pantanos se utilizó para enterrar cuerpos. Víctimas del terrorismo franquista sepultadas bajo el progreso hidráulico y el olvido.

De todas las torturas, de todas las formas de matar, hubo una que fue cotidiana, persistente y silenciosa: el hambre.

Por hambre murieron más personas que por la guerra. Entre doscientas mil y seiscientas mil durante los años eufemísticamente llamados «del hambre», que no todos pasaban. Todo ello mientras el régimen proclamaba su eslogan:

«Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan».

Se implantaron las cartillas de racionamiento, pero el primer gesto del franquismo —como tantas veces hace la derecha— fue reducir los salarios. La escasez fue brutal. Para comprar era imprescindible la cartilla, de primera, segunda o tercera categoría, según el nivel económico y la afinidad política. Cuanto menos necesitabas, más recibías.

En las ciudades, tras horas de cola, muchas veces no quedaba nada. El reparto estaba en manos de los jerarcas de Falange, que encontraban más rentable desviar alimentos al estraperlo que repartirlos en las colas del hambre.

Un huevo era un lujo. Las mondas de patata o de naranja se hervían y se comían. Los gatos —hoy tan queridos— fueron manjar codiciado. En el campo se comían lagartos, culebras, en Valencia, las ratas de acequia fueron una exquisitez, sin dejar de ser ratas. La carne dura de paloma acabó siendo un festín.

En los pueblos casi todos tenían gallinas. Matar una era pan para hoy y hambre para mañana, dejaba de dar huevos, que muchas veces era necesario renunciar a ellos para poder comer. Un pollo se mataba en ocasiones especiales. Además, esos alimentos había que pagarlos. Y no había dinero. El dinero republicano dejó de valer, aunque los del bando golpista que lo acapararon sí lo cambiaron por moneda franquista.

¿Y qué pasaba cuando el cabeza de familia estaba en la cárcel, había sido asesinado o condenado a un servicio militar de tres años?: Que la familia era condenada también. Las raciones de mujeres y niños eran menores. Viudas y huérfanos pasaban hambre extrema.

La mano de obra era tan barata que se trabajaba por la comida. Las niñas eran contratadas para el servicio doméstico a cambio de un plato. Y a veces comían peor que los perros de la casa de sus amos, porque entonces los patronos eran amos.

Amparo, vecina de Moncada, natural de Santa María del Campo Rus, me contó que trabajaba todo el día por un pico de pan. Un pico de pan a cambio de horas de esclavitud.

Otra Amparo, también de Moncada, me relató una historia que demuestra hasta dónde llega el ingenio cuando aprieta el hambre. Su madre, siendo niña, trabajaba en una casa donde criaban cerdos. Comía allí, pero veía cómo su madre y sus hermanos pequeños pasaban hambre. Su padre estaba en prisión; sus hermanos, en África, cumpliendo servicio militar. A la familia le faltaban tres raciones.

Un día, la niña, después de obligarle a echar las sobras a los cerdos, le dio un estacazo a un cerdo a uno.

El gorrino algo le pasa —dijo a la patrona.

Que tu madre aproveche lo que pueda —respondieron.

Madre —le dijo luego—, el cerdo está más sano que nosotras. Le he dado un estacazo para que podamos comer. Y así entró el cerdo en casa. Y durante un tiempo hubo tocino, chorizos y morcillas.

La Iglesia fue pieza clave en todo esto. También en la crueldad ejercida contra los niños. Hasta en las fiestas.

En los años cuarenta, en Las Ventas con Peña Aguilera, se organizó una cabalgata de Reyes, la primera de su historia, con mucho lujo y boato. Nueve años después de la guerra. El alguacil y el alcalde anunciaron regalos para los niños buenos. El cura lo confirmó desde el púlpito. El día de Reyes, con pajes tiznados, fueron nombrando a los niños elegidos. Mariquitas Pérez, trenes de metal y multitud de juguetes caros se repartieron entre los «niños buenos».

La mayoría de los niños de Las Ventas con Peña Aguilera, esperaron su turno, que nunca llegó. Se quedaron, como en el poema de Miguel Hernández, con las abarcas vacías, las desiertas. Les dijeron que la culpa era de sus padres, por ser hijos de Satanás. Entre las personas de derechas también había personas buenas, un comerciante, don Senén, se apiadó y les regaló los juguetes a los hermanos Mariano y Dorotea.

Los ejemplos serían interminables. Y es nuestra obligación contarlos. En las escuelas debería saberse qué fue la dictadura. Es una vergüenza que estudiantes franceses sepan más de nuestra guerra y posguerra que los españoles. El fascismo no se puede blanquear. Ni con cal. Ni con silencio.

Discurso dado en las Jornadas de Memoria Democrática de Moncada (Valencia) el 7 de julio de 2023

A grandes rasgos, de esto trata mi libro, «Las abarcas desiertas», sobre la crueldad ejercida contra los niños por el franquismo.

©Paco Arenas



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