Este proverbio turco encaja a la perfección con la imagen de Donald Trump en el Despacho Oval, rodeado de su séquito.
La frase es una advertencia sobre el peligro de encumbrar a figuras populistas, demagogas o incompetentes al poder: no es que ellas cambien, es que arrastran consigo a la institución que deberían representar.
El problema no es solo el payaso, sino la degradación del palacio.
Trump es un ejemplo paradigmático de esto. Su presidencia es una sucesión de escándalos, nepotismo y ataques constantes a los valores democráticos. Y lo más grave no es su torpeza o su ignorancia, sino cómo ha logrado rodearse de cortesanos dispuestos a reírle las gracias mientras desmantela normas básicas de convivencia política.
Este fenómeno no es exclusivo de EE.UU. Lo vemos en todas partes donde la ultraderecha alcanza el poder.
Líderes que llegan envueltos en discursos incendiarios, que desprecian la política pero la parasitan, que reducen el debate público a una performance de insultos y bulos. Y mientras sus seguidores aplauden al "antipolítico" que "viene a cambiarlo todo", lo que en realidad hacen es dinamitar las instituciones desde dentro.
Cuando un payaso llega al palacio, el problema no es el payaso. Es el circo en el que convierte la democracia.
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Catat Ulasan