La Guerra Civil terminó en 1952, no en 1939:
“Hemos aceptado el discurso franquista”
Cada vez son más
los historiadores que niegan que la contienda acabase en 1939. Uno de ellos
acaba de publicar un estudio en el que defiende que lo hizo 13 años después
El
Confidencial
02/05/2019
“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las
tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.
El histórico parte firmado por el general rebelde Francisco Franco el
1 de abril de 1939 ha sido considerado desde aquel día el punto y final de la Guerra Civil española. Una tesis
reproducida en libros de texto y tratados históricos que raramente han cuestionado el marco franquista, según el cual, la
caída de las últimas ciudades resistentes acabó con el conflicto. No fue así,
como el propio Franco reconoció en 1946, cuando en un discurso anunció:
“Llevamos 10 años de guerra”. Durante más de una década, España seguiría en
guerra. Irregular y rural, pero guerra al fin y al cabo.
Es una tesis cada vez más popular y que suscribe, entre otros, el
historiador Jorge Marco, de la Universidad
de Bath, autor de 'Guerrilleros y vecinos en armas', que publicará en breve un
artículo en el 'Journal of Contemporary History' y ha publicado otro en el 'European History Quarterly'
junto a Mercedes Yusta Rodrigo, de la Universidad de País VIII,
en los que invita a repensar la historia española. “Hemos creado un tropo de Guerra Civil 1936-1939 que nos ha atrapado”,
explica a El Confidencial. “Para entender la profundidad de la violencia que se
desarrolló en España en ese periodo, debemos entender que la Guerra Civil no
terminó el 1 de abril de 1939, como proclamó la dictadura de Franco, sino que
se prolongó hasta 1952”.
Fue un
periodo de gran violencia que se cebó con las zonas rurales, lejos de los ojos
de la comunidad internacional, especialmente después de 1945
Fue a finales de ese año cuando los últimos grupos armados se marcharon,
aceptando la derrota final, en un proceso de “limpieza
política” que se había prolongado casi dos décadas. “El discurso
franquista estableció esa idea que hemos asumido todos de forma cómoda”,
explica. “Pero durante mucho tiempo, y hasta hoy, incluso los vencidos también lo compraron”. Marco no pone en
duda la derrota total del ejército republicano, pero señala que lo que ocurrió
durante los años posteriores fue una guerra irregular en toda regla, semejante
a la que décadas más tarde se desarrollaría en otros lugares como Cuba o Vietnam. “La derrota del ejército
republicano fue tan colosal, incluida la guerra civil interna en Madrid
en marzo de 1939, que en gran parte también lo asumieron”.
Fue un periodo de gran violencia
interna que se cebó con las zonas rurales, lejos de los ojos de la comunidad
internacional, especialmente después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Es difícil
establecer una cifra de muertos exacta, recuerda el historiador: entre los
20.000 ejecutados durante los años cuarenta por el régimen franquista no se
cuenta a los cientos de caídos a consecuencia de la violencia contrainsurgente.
Las fuentes oficiales señalan 3.433 bajas (2.489 combatientes y 953 civiles),
pero Marco eleva el número a entre 6.500 y 8.000 durante la guerra irregular, de
los cuales entre 5.000 y 6.500 fueron víctimas de la dictadura.
“Hay tres etapas en la guerra: una guerra civil asimétrica desde julio del 36 hasta
noviembre o febrero del 37, con dos ejércitos en malas condiciones, sin
armamento pesado y con poca experiencia”, explica el historiador. “Otra etapa
desde finales del 36 hasta el 1 de abril del 39, una guerra civil convencional entre dos ejércitos bien
armados, y una tercera etapa que nunca se ha analizado como guerra civil, pero
semejante a lo que estaba ocurriendo en otras partes, como el este de Europa
(Polonia, Rumanía, Lituania)”. Pero incluso en dicha etapa, en la que el
franquismo debió aprender a combatir a un enemigo invisible que había adoptado la forma de la
guerrilla, hay distintas fases. No es lo mismo echarse al monte
después de 1942, recuerda, cuando el final de la Segunda Guerra Mundial hacía
soñar con una intervención aliada en España, que a partir de 1946, cuando dicha posibilidad se descartó y
el régimen endureció la represión en los conocidos como 'tres años de terror'.
Rituales de obscenidad colectiva
20 de abril de 1950. Tres
jóvenes campesinos son detenidos en un pueblo andaluz. Al día siguiente, son
conducidos a una fábrica y torturados a lo largo de toda la noche. Tras la
llegada del amanecer, son entregados a los terroríficos Regulares, que los atan
a caballos y los arrastran por un camino empedrado antes de lapidarlos. Acaban,
finalmente, con la vida de los tres jóvenes de un tiro en la cabeza. Lo único
que se encuentran sus familias es un largo reguero de sangre y miembros cercenados.
Era posible ver a vecinos golpeando los cadáveres de los miembros
de la guerrilla, arrancando su cuero cabelludo y quemando su piel
Esta es la
narración con la que Marco arranca su trabajo, y que muestra la violencia
desplegada durante ese periodo, a menudo superior a la de la etapa 1937-1939,
cuando la violencia se burocratizó. “Se recuperó parte del repertorio de los
primeros meses de la guerra, que se había reducido muchísimo a partir de
febrero del 37”. La guerra irregular en las zonas rurales provocó que
reapareciese la exhibición de cadáveres en las plazas de los pueblos,
con el objetivo de evitar que los rebeldes fuesen mitificados, las masacres o
las torturas, desde la mutilación de la lengua o genitales de los detenidos
hasta la introducción de astillas debajo de las uñas o su extracción violenta,
la aplicación de descargas eléctricas a los genitales o el quemado de las
plantas de los pies. En el caso de las mujeres, muchas sufrieron violaciones,
mutilación del clítoris
o la introducción vaginal de barras de hierro al rojo vivo. En Extremadura, los
capturados eran arrojados al agua por la Guardia Civil desde el puente de
Almaraz y rematados con pistolas cuando intentaban alcanzar la orilla.
En ese negro
panorama, Marco recupera el término “rituales de obscenidad colectiva”, utilizado
por Bruce Lincoln para referirse a la violencia
anticlerical en la zona republicana, para hablar de las sangrientas venganzas perpetradas por la población civil dentro
de los propios pueblos. “En conflictos intracomunitarios es común, con unos
niveles de violencia altísimos”, explica el historiador. Durante esa época, era
posible ver a vecinos golpeando los cadáveres de esos “trofeos de caza legales”
que eran los miembros de la guerrilla, arrancando su cuero cabelludo y quemando su piel.
Una espiral de odio que provocaba que, en muchos casos, el
ambiente fuese irrespirable, especialmente para aquellos que habían mostrado
alguna simpatía republicana.
“En muchos pueblos que habían quedado en la
zona republicana hubo violencia contra personas que se consideraban derechistas
o propietarios”, recuerda el profesor. “Esto conduce a muchos de los familiares
de las víctimas a un deseo de justicia completamente natural si te han
matado a un padre o un hermano o te han encarcelado”. El problema, prosigue, es
que la dictadura no intentó impartir justicia, sino aprovechar ese sentimiento
para perseguir a los republicanos en bloque. “Ahí se incorporan denuncias que
pueden ser falsas por inquinas personales, motivos políticos que venían de
mucho antes o casos como el de alguna persona que, al no haber podido entrar en
una sociedad de ganaderos por no tener el número suficiente de cabras, había
generado un rencor creciente”. El simple rumor fue, a menudo,
un argumento utilizado en los consejos de guerra.
Un buen ejemplo de
esa “violencia íntima” es lo ocurrido en Gúdar (Teruel). En 1946, la esposa de
un líder de la guerrilla llamado Florencio Guillén fue detenida por orden del alcalde Víctor Bayo, y al
día siguiente apareció muerta. Según la Guardia Civil,
se había suicidado, aunque la familia adujo que había muerto a causa de una brutal paliza.
Su hijo mayor, Florencio, se unió a su padre en el monte, y justo un
año después, el 29 de septiembre en 1947, 30 guerrilleros, entre los que se
encontraban Florencio y su padre, entraron en el pueblo, atacaron a la Guardia
Civil y asesinaron a Bayo y siete miembros de su familia, incluidos dos niños.
Florencio padre había dirigido la colectivización de los terrenos del pueblo
durante la guerra, lo que le hizo ser encarcelado; episodios como este muestran
“una tupida red de disputas y riñas”.
Unas consecuencias que duraron décadas
En su trabajo,
Marco y Yusta proponen una interesante lectura de los efectos de la represión
rural en la economía y demografía españolas: aunque no hubiese grandes
desplazamientos masivos, es probable que la despoblación de zonas como Teruel que se produjo durante los
cincuenta y sesenta fuese consecuencia, en parte, de ella. “En
España, el fenómeno migratorio es tardío comparado con otros países europeos y
lo ligamos con el desarrollismo, pero es verdad que en los cuarenta, la intensa
actividad guerrillera en determinadas zonas expulsó a mucha gente,
fundamentalmente aquellos que estaban vinculados de un modo u otro a la
guerrilla, ya fuese por razones familiares o políticas, que buscaban el
anonimato que representa la ciudad”, explica el autor.
En Acebuchal, Málaga, 40 familias fueron desalojadas de sus
viviendas entre 1948 y 1953. Muchas de ellas se vieron obligadas a emigrar
Por una parte, los
simpatizantes del bando perdedor lo tenían tremendamente difícil para encontrar
trabajo, comida o apoyo social en sus pueblos. Por
otra, la intervención militar del régimen franquista en determinadas zonas, por
ejemplo, a través del control y el toque de queda en el monte, provocó graves
problemas económicos. “España es un país muy montañoso, por lo que la actividad
económica en el monte es muy alta: ganadería, minería, ciertos cultivos o la
industria resinera eran clave en la época en regiones como Asturias,
Cantabria, Granada o Málaga”, recuerda. “La declaración del estado de
emergencia debido a la actividad guerrillera implicaba que hubiese patrullas de
guardias civiles, la prohibición a los que trabajaban en el monte de pernoctar
allí o prohibir toda actividad económica, que es catastrófico
para estas zonas”. En algunos casos, se llegó a expulsar durante meses a toda
una aldea para realizar batidas. En Acebuchal, Málaga, 40 familias fueron
desalojadas entre 1948 y 1953.
Eso supuso que
centenares de familias quedasen en la ruina, lo que provocó, junto a la
hambruna, una constante migración a las capitales. Es otra más de las
consecuencias que produjo la prolongación de la guerra durante más de una
década, un largo proceso que concluyó en 1952 de forma silenciosa, una vez los
rebeldes dejaron las armas, en parte vencidos, en parte haciendo caso al
consejo de Stalin, que en 1948 había recomendado al Partido
Comunista Español dejar de centrarse en la lucha armada para utilizar otras
estrategias, como la infiltración en las estructuras del Estado. La
guerra había terminado y daba comienzo un largo invierno que, al sol del
desarrollismo de los años sesenta, se iría deshelando hasta la muerte del
dictador el 20 de noviembre
de 1975.
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