En la primavera de 1979, John Wayne estaba muriendo.
Tenía 72 años y llevaba más de una década luchando contra el cáncer. Vivía retirado en su casa de Newport Beach, California. Ya no era el “Duque” imponente de la pantalla. Estaba débil, cansado, y sabía que el final estaba cerca.
Ese mismo año, otro hombre también luchaba contra la misma enfermedad: Steve McQueen.
McQueen tenía solo 49 años y había sido diagnosticado con cáncer relacionado con el asbesto que inhaló durante su trabajo en la Marina y en sets de rodaje. También sabía que su tiempo era limitado.
Un día de esa primavera, McQueen fue a visitarlo.
No hubo prensa.
No hubo fotógrafos.
No hubo publicidad.
Dos hombres que habían sido símbolos de fuerza y masculinidad durante décadas se encontraron en silencio.
Al principio no hablaron. Wayne sonrió con esfuerzo. McQueen sostuvo su sombrero entre las manos. Finalmente Wayne rompió el silencio con una frase simple:
“Vaya… pero si es el vaquero más genial del Oeste”.
Se sentaron juntos. Se tomaron de la mano. No como gesto dramático, sino como reconocimiento mutuo. Ya no hablaron de películas, contratos ni fama. Hablaron de lo que para ellos había sido real: los caballos, el polvo del desierto, el sonido de las botas sobre la madera, los atardeceres en los rodajes, las largas jornadas que ya no volverían.
McQueen, con la voz quebrada, le dijo:
“Duke… intenté copiar tu forma de caminar, tu mirada… pero nunca tu corazón”.
Wayne respondió sin grandilocuencia:
“Hijo… siempre tuviste tu propio corazón”.
Cuando McQueen se levantó para irse, Wayne le dijo en voz baja:
“Guárdame un lugar en la fogata”.
Nunca volvieron a verse.
John Wayne murió el 11 de junio de 1979.
Steve McQueen murió el 7 de noviembre de 1980, diecisiete meses después.
Dos hombres que representaron la fortaleza durante toda su vida se despidieron no como íconos, sino como seres humanos.
Y eso es lo que hace que este encuentro sea recordado.
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