Cospedal se adueña del juicio de la Kitchen: mentiras, audios fuera
del juicio y el demoledor relato de Morocho
Cospedal ha pasado de negar encargos a Villarejo
a quedar desmentida por su jefe de gabinete, mientras los audios
excluidos y la declaración de Morocho han reforzado sospechas en la
trama
Carlos Monteagudo
1-5-26
ElPlural
María
Dolores de Cospedal ha terminado convertida en una
de las grandes protagonistas del juicio de la operación
Kitchen, pese a no sentarse en el banquillo. La
expresidenta de Castilla-La Mancha, exministra de Defensa y antigua
secretaria general del PP ha comparecido como testigo, pero su nombre
ha atravesado buena parte de las sesiones por su relación con el
excomisario José Manuel Villarejo, por los
audios que han quedado fuera de la vista oral, por las
contradicciones detectadas en su declaración y por el relato
de Manuel Morocho, el principal investigador de la trama
Gürtel, que ha vuelto a colocar a la antigua cúpula popular en el
centro político del caso.
El juicio investiga la presunta trama parapolicial desplegada
durante el Gobierno de Mariano Rajoy para
espiar al extesorero del PP Luis Bárcenas y
sustraerle documentación sensible relacionada con la contabilidad
irregular del partido. Aunque la instrucción dejó fuera a Rajoy y
Cospedal como acusados, el desarrollo de la vista ha ido empujando el
foco hacia la planta noble de Génova, donde se tomaban las
decisiones políticas en los años más duros de la Gürtel y de
la caja B del Partido Popular.
Cospedal acudió a la Audiencia Nacional con
una versión muy medida. Reconoció que conocía a Villarejo desde
2009, que se lo presentó su entonces marido, Ignacio
López del Hierro, y que se reunió con él "ocho o
nueve" veces en una década. Intentó, eso sí, rebajar el
alcance de esos encuentros. Según su relato, no hubo encargos, sino
simples consultas. "Le hice preguntas, no encargos", afirmó
ante el tribunal. También sostuvo que las reuniones se produjeron en
su despacho de Génova y que, salvo una ocasión en una cafetería
céntrica de Madrid, lo veía en su condición de secretaria general
del PP.
Esa versión, sin embargo, apenas tardó unas horas en
resquebrajarse. Su propio jefe de gabinete en el Ministerio de
Defensa, José Luis Ortiz, declaró después
que coordinó "varias
visitas" de Villarejo, "siete u ocho", y que algunas
se celebraron en el propio Ministerio de Defensa. También
contradijo otro punto clave del relato de Cospedal: no siempre era
Villarejo quien pedía verse con ella. Según Ortiz Grande,
"normalmente" lo solicitaba el excomisario, "pero a
veces era ella". La testigo había tratado de circunscribir
aquellas reuniones al ámbito del PP y a su despacho de Génova, pero
su jefe de gabinete situó parte de esos contactos en una sede
ministerial.
La contradicción ha sido especialmente relevante porque Cospedal
había intentado presentar su relación con Villarejo como algo
informal, casi episódico, desligado de
cualquier actuación institucional o policial. Sin embargo, el uso
del Ministerio de Defensa para recibir al excomisario introduce una
dimensión mucho más incómoda. No era solo una dirigente del PP
hablando con un policía jubilado o en excedencia. Era una ministra
recibiendo en dependencias públicas a una de las figuras centrales
de las cloacas policiales.
A ello se suma el peso de los audios no incorporados al juicio. En
esas grabaciones, Cospedal hablaba con Villarejo de la "libretita"
de Bárcenas y le trasladaba que "lo de la libretita sería
mejor poderlo parar". Ese material no se ha escuchado en sala
porque quedó fuera del objeto de la vista oral tras
la instrucción del juez Manuel García-Castellón, que rechazó
profundizar en los indicios que apuntaban a la exsecretaria general
del PP. La consecuencia ha sido paradójica: Cospedal ha declarado
como testigo en un juicio en el que no se han incorporado algunas de
las pruebas que más directamente la aproximaban al núcleo político
de Kitchen.
Los pasajes de Cospedal
La declaración de Cospedal también dejó otros pasajes
significativos. Para justificar su relación con Villarejo, recurrió
a Rita Barberá, fallecida en 2016, al explicar que el
excomisario podía ayudarla a conocer cómo se estaban produciendo
filtraciones del sumario que afectaba a la exalcaldesa de Valencia.
También deslizó que sospechaba de un posible espionaje relacionado
con el Ministerio del Interior cuando lo dirigía Alfredo Pérez
Rubalcaba. Con esa doble explicación, trató de presentar sus
contactos con Villarejo como una vía de defensa frente a
filtraciones o maniobras ajenas, no como una relación operativa
vinculada a Bárcenas.
Pero el caso ha ido más allá de su declaración. La
comparecencia de Manuel Morocho, el
investigador principal de Gürtel, ha vuelto a colocar a Cospedal en
un lugar especialmente delicado. Su relato ha reforzado la idea de
que la operación
Kitchen no puede entenderse como una simple actuación
policial aislada, sino como una maniobra dirigida a proteger al PP de
los documentos que podía manejar Bárcenas. En ese esquema, la
figura de Cospedal resulta central por su cargo en el partido, por su
relación con Villarejo y por las referencias que aparecen en
conversaciones, agendas y testimonios.
Los primeros días del juicio han dejado, por tanto, una
imagen incómoda para el PP. Rajoy ha negado cualquier conocimiento
de la operación y Cospedal ha reconocido solo aquello que ya era
difícil negar: sus reuniones con Villarejo. Pero el avance de las
sesiones ha ido desmontando parte de ese relato defensivo. El
expresidente admitió que Cospedal le reclamó apartar a
Bárcenas cuando la situación del extesorero se volvió
insostenible y reconoció que los papeles con los que luego les
amenazaba estuvieron meses en Génova. La exsecretaria general, por
su parte, ha quedado marcada por sus propias contradicciones y por el
testimonio de quien fue su mano derecha en Defensa.
La vieja dirección del PP ha intentado presentarse como ajena a
Kitchen, pero las piezas que han aflorado durante este primer tramo
del juicio dibujan un mapa mucho menos cómodo. Cospedal no aparece
como una figura lateral, sino como un nombre que vuelve
una y otra vez al centro de la causa. Sus reuniones con
Villarejo, sus explicaciones sobre Barberá y Rubalcaba, el
desmentido de Ortiz Grande, los audios excluidos y el relato de
Morocho han convertido su papel en una de las claves políticas del
proceso.
El problema para el PP no es solo judicial. Es también político.
Kitchen ha vuelto a proyectar la imagen de un partido que, cuando la
corrupción llamó a la puerta de Génova, no se limitó a defenderse
en los tribunales, sino que presuntamente activó
resortes policiales para protegerse de su propio
extesorero. Y en ese primer mes de juicio, Cospedal ha quedado
situada en el lugar más incómodo: justo donde confluyen Génova,
Villarejo, Bárcenas y las cloacas del Estado.