EL
9 DE JULIO DE 1939 MORÍAN MÁS DE UN CENTENAR DE PERSONAS EN LA
EXPLOSIÓN EN PEÑARANDA DE BRACAMONTE, UNA TRAGEDIA CENSURADA Y
OLVIDADA
Hacía
tan solo tres meses que había terminado la Guerra Civil. El dolor y
el desgarro por una terrible situación de penalidades y privaciones
dominaba a una sociedad que estaba fuertemente controlada. El hambre
y la lucha cotidiana por la supervivencia eran los principales
denominadores a los que tenía que hacer frente un país que estaba
totalmente devastado y a merced de los acontecimientos.
En
medio de ese contexto, de incertidumbre y aspereza generalizadas,
poco más de 90 días después del fin del conflicto bélico, el 9 de
julio de 1939 la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte
sería escenario de una gran tragedia, que sería ocultada a la
práctica totalidad de la sociedad de la época, que ya bastante
atareada se encontraba en su propia supervivencia y en un devenir
cotidiano plagado de dudas.
En
la fecha antes indicada, concretamente en torno a las 11:19 horas de
la mañana de un caluroso día del mes de julio, domingo para más
señas, un tren militar cargado de bombas, munición y mercancías
estaba estacionado en la vía junto a un polvorín central que había
pertenecido al ejército republicano.
El
tren de mercancías número 352 entró en la estación de Peñaranda
de Bracamonte con una de las ruedas de sus vagones al rojo vivo
debido a la fricción. El calor extremo o una chispa fortuita de esa
rueda alcanzó la carga del propio convoy.
El
convoy transportaba amonal (una mezcla altamente inestable de nitrato
amónico, TNT y polvo de aluminio) junto con otros vagones cargados
de munición. Al hacer contacto con el fuego de la rueda, los vagones
estallaron en plena vía.
La
brutal onda expansiva y el calor de la explosión del tren alcanzaron
de manera inmediata al polvorín militar principal, ubicado justo al
lado de las vías de la estación. En ese almacén se guardaban más
de 300 toneladas de bombas de la Guerra Civil, que explotaron en un
segundo estallido masivo que terminó por borrar del mapa la estación
y los barrios colindantes.
El
desastre causó más de un centenar de muertos y unos 1.500 heridos.
Varias manzanas del municipio quedaron completamente arrasadas. El
propio tren de mercancías y tres de sus vagones volaron literalmente
por los aires. Se calcula que hubo entre 100 y 125 víctimas mortales
en total. De muchas de ellas, alrededor de unas 45 personas, nunca se
pudieron localizar los cuerpos debido a la pulverización causada por
la onda expansiva.
Los
heridos superaron los 1.500 civiles. Teniendo en cuenta que la
localidad rondaba los 4.500 habitantes en aquella época,
prácticamente la tercera parte de la población sufrió lesiones de
diversa gravedad, lo que da una idea de la magnitud que provocó
aquella tragedia, hoy en día muy desconocida para una gran parte de
la sociedad española.
La
gran mayoría de las víctimas mortales y heridos fueron población
civil local. Dado que la explosión ocurrió en pleno casco urbano,
justo al lado de viviendas e industrias locales, el impacto sobre los
habitantes de Peñaranda de Bracamonte fue devastador.
La
brutal doble explosión destruyó por completo unas 1.000 viviendas,
dejando a miles de familias civiles en la calle de la noche a la
mañana. Las industrias colindantes a las vías, como las fábricas
de harinas y la de caucho, quedaron completamente arrasadas,
sepultando a los civiles que se encontraban trabajando en su interior
en ese momento.
Muchos
niños y jóvenes de la época relataron que al escuchar el primer
estruendo pensaron inmediatamente que la Guerra Civil no había
terminado. Al ver los fogonazos y cascotes, la primera reacción de
las familias fue correr a esconderse debajo de las camas o en los
sótanos, creyendo que la aviación enemiga regresaba a bombardear el
pueblo.
Quienes
lograron salir a la calle describieron un cielo completamente negro
de donde caían proyectiles sin explotar, metralla, piedras y restos
del propio tren. Varios testigos narraron cómo la onda expansiva los
levantó del suelo y los arrojó a metros de distancia, arrancándoles
la ropa o dejándolos sordos temporalmente por la rotura de tímpanos
generalizada.
Los
supervivientes recordaban cavar con sus propias manos en las fábricas
de harina y casas hundidas. El impacto psicológico más duro que
relatan los mayores del pueblo fue el descubrir que decenas de
vecinos, amigos o familiares directamente habían desaparecido por
completo sin dejar rastro, desintegrados por la fuerza térmica del
polvorín.
Los
civiles supervivientes contaban cómo abandonaron Peñaranda a pie,
descalzos, heridos y cubiertos de ceniza, caminando por las
carreteras hacia localidades vecinas como Macotera o Nava de Sotrobal
en busca de refugio.
Posteriormente,
se creó el Patronato para la Reconstrucción de Peñaranda. Los
medios censurados dejaron de hablar de los muertos y pasaron a
centrarse exclusivamente en la supuesta "ayuda ejemplar"
del gobierno y en el modelo de la nueva España, ocultando que muchas
promesas de reconstrucción jamás llegaron a completarse.
La
censura imperante silenció y minimizó la catástrofe de manera
inmediata. Ocurrió apenas tres meses después de finalizar la Guerra
Civil, en un momento en que el nuevo régimen intentaba proyectar una
imagen de orden absoluto, paz, control y eficiencia. El aparato
oficial ocultó el número real de muertos (que superaba el
centenar).
Los
periódicos de la época, tales como la prensa regional y nacional,
recibieron órdenes drásticas para minimizar el impacto del trágico
accidente. Se presentaron cifras de fallecidos drásticamente
inferiores a las reales para no alarmar a la población.
Al
estar tan reciente el fin de la guerra, el estallido generó el
pánico generalizado de que se tratara de un atentado o un bombardeo
de la resistencia republicana. Para cortar los rumores de
inestabilidad política o fallos graves de la logística militar, el
régimen impuso rápidamente la versión oficial de que se trató de
un puro y fortuito accidente técnico (un sobrecalentamiento del eje
de una rueda del tren).
Con
estos mimbres, y en una situación todavía mucho más crítica que
tres meses antes, los vecinos de Peñaranda de Bracamonte reiniciaban
una muy dura y cruel posguerra, que para ellos se veía trágica y
dramáticamente acrecentada por una gran tragedia a la que no fue
ajeno ni un solo habitante de esta localidad. Ellos mismos, y nadie
más, fueron quienes irguieron de nuevo a una gran villa que había
quedado reducida casi a cenizas, al igual que si sufriesen el peor
impacto de dos guerras juntas.
Tuvieron
que pasar tres cuartos de siglo, hasta el año 2014, coincidiendo con
el 75.º aniversario de la tragedia, para que se hiciese un mínimo
de justicia con las víctimas de esa gran tragedia, para que cuando
menos no decayesen en el olvido definitivo. El 9 de julio de 2014 el
Ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte inauguró una escultura
conmemorativa en memoria de las víctimas.
El
monumento está situado de forma simbólica en el Paseo de la
Estación, la zona que sufrió el impacto directo y donde se originó
el estallido del tren y el posterior polvorín.
Cada
9 de julio, las autoridades municipales y los vecinos se reúnen
junto a este monolito para realizar una ofrenda floral y guardar
minutos de silencio. El tañido de las campanas de la localidad
acompaña el acto para honrar a los fallecidos y heridos.
A
pesar de la existencia de esta escultura en la estación, algunos
familiares de las víctimas y colectivos locales todavía reclaman
que se cumplan antiguas promesas, como la instalación de un gran
monolito con los nombres de todos los fallecidos en el cementerio o
la asignación de una calle dedicada específicamente a ellos.
FOTO
DE LA EXPLOSIÓN DE PEÑARANDA DE BRACAMONTE. ARCHIVOS DE LA JUNTA DE
CASTILLA Y LEÓN.