Mercedes
Rodrigez
Yo
nací en 1946, en una Asturias donde la mina mandaba más que
cualquier gobierno y donde la vida de una familia dependía de que el
pozo no fallara. Crecí viendo a los hombres, a mi padre, bajar cada
día con la lámpara en la mano y el miedo metido en el estómago, al
toque del turullu, ese sonido metálico que atravesaba Figaredo,
Turón y Mieres como una orden que no admitía réplica. Las mujeres
sostenían casas enteras con una dignidad que nunca salió en los
periódicos, y todos sabíamos quién tenía el poder y quién tenía
la espalda rota. Entre los que tenían el poder estaban los Figaredo,
una familia que manejaba una fortuna construida sobre el sudor, el
miedo y la vida de miles de mineros. Yo no necesito que nadie me
explique quiénes fueron los Figaredo porque yo viví en la Asturias
donde su apellido pesaba más que cualquier ley.
Cuando
estalló la Huelgona, la recuerdo como si fuera hoy. Recuerdo las
conversaciones en voz baja, el miedo a la Guardia Civil, los hombres
reunidos en las cocinas, las mujeres organizando la resistencia sin
que nadie les diera las gracias. Recuerdo cómo la huelga empezó en
el Caudal y se extendió al Nalón, cómo Sama y La Felguera se
unieron, cómo la cuenca entera se levantó contra unas condiciones
que ya no se podían soportar. Recuerdo la represión, los silencios,
los golpes, pero también recuerdo la solidaridad: las cajas de
resistencia, las colectas, los tenderos que apuntaban comida sin
saber cuándo cobrarían en las ya más que famosas libretas, las
mujeres que hacían milagros con nada. Aquella huelga nos enseñó
que la única fuerza real que teníamos era la que construíamos
entre nosotros.
En
mi casa, como en tantas otras, comimos gracias a la caja de
resistencia, al socorro rojo. Y yo, como tantos, tuve que hacer algo
que nunca se olvida: sumar las libretas. La de la carnicería, la del
panadero, la del economato, la del ultramarinos. Cada fin de mes me
sentaba con las libretas encima de la mesa y veía cómo los números
crecían y cómo la vergüenza se mezclaba con la rabia. Los tenderos
apuntaban todo: el pan, la carne, la leche, el aceite, el azúcar.
Apuntaban sin saber cuándo cobrarían, apuntaban porque sabían que,
si ellos no ayudaban, nosotros no comíamos. Aquellas libretas eran
la prueba escrita de nuestra miseria y de nuestra dignidad. Eran la
contabilidad de la solidaridad. Eran la memoria de una cuenca que se
sostuvo a sí misma cuando la empresa nos dejó tirados. Y mientras
la cuenca luchaba por sobrevivir, los Figaredo seguían manejando su
negocio desde arriba, sin bajar a la mina, sin respirar grisú, sin
sentir el miedo que nosotros sentíamos cada día.
Luego
llegó 1978. Yo ya era adulto, ya tenía vida casi hecha, porque la
vida nunca está hecha al completo, pero si sabía lo que era que la
población dependiera de la mina para todo. No viví directamente la
crisis de Minas Figaredo, pero sí viví lo que significaba que una
empresa dejara a miles de familias sin cobrar. Lo vi en los vecinos,
en los amigos y vi cómo al desaparecer la nómina y desaparecía la
comida. Vi cómo la desesperación se convertía en rabia. Vi cómo
la cuenca volvía a sostenerse a sí misma porque nadie más lo
hacía.
La
retención de la dirección en el Pozo San Inocencio no fue un acto
político, fue desesperación pura. Fue el grito de unos padres que
ya no podían más. Fue la cuenca diciendo basta. La crisis fue tan
grave que en 1980 el Estado tuvo que intervenir y rescatar la mina,
integrándola en el INI para evitar que la comarca se hundiera en la
miseria absoluta. La cuenca pagó el precio. La familia Figaredo, no.
Ellos nunca asumieron las pérdidas. Nosotros sí.
Mientras
las cuencas sobrevivían como podían, otro miembro de la familia,
Rodrigo Rato Figaredo, ascendía en la política y en las finanzas,
llevando el apellido desde las cuencas mineras hasta los despachos
del FMI, del Gobierno y de la banca española. El poder económico y
político de los Figaredo ya no se limitaba a Asturias: se extendía
por Madrid, por Bruselas, por Washington. Y nosotros seguíamos en la
cuenca, con nuestras libretas, nuestras cajas de resistencia,
nuestras huelgas y nuestras cicatrices.
Hoy,
décadas después, el apellido vuelve a estar en el Congreso. El
nieto del empresario minero, José María Figaredo, diputado de VOX,
cobra un salario público elevado y lidera parte del discurso
económico de su partido. Y desde su escaño habla de sindicatos como
si fueran un obstáculo, como si la protección laboral fuera un
capricho, como si la historia de su propia familia no estuviera
escrita sobre las espaldas de miles de trabajadores que hicieron
ricos a los suyos. Cuando le escucho decir que hay que recortar
derechos laborales, yo no oigo teoría económica: oigo el eco de la
Huelgona, oigo el silencio de las nóminas que no llegaron, oigo a
las madres diciendo que no sabían qué poner en la mesa, oigo a los
vecinos compartiendo comida, oigo a los tenderos apuntando en la
libreta, oigo la caja de resistencia que nos dio de comer cuando la
empresa nos dejó tirados.
Por
eso hablo claro. Yo nací en 1946. Yo viví la Huelgona. Yo comí de
la caja de resistencia. Yo comí del socorro rojo. Yo sumé las
libretas cada fin de mes. Yo sé quién estuvo ahí cuando la
patronal no estuvo. Yo sé quién sostuvo a los mineros cuando la
empresa les dejó sin nada. Y sé también quién se hizo rico con el
trabajo de los mineros y quién nunca asumió las consecuencias de su
mala gestión. Los Figaredo son parte de la historia de Asturias, sí,
pero la cuenca también. Y la cuenca pagó el precio. La memoria no
se borra con discursos de plató ni con consignas parlamentarias. La
memoria está en nuestras casas, en nuestras libretas, en nuestras
cicatrices, en nuestras historias. Y yo no voy a dejar que nadie la
borre porque soy hijo de minero, porque soy nacido en Turón y criado
en Figaredo.
Samuel
Hinojal Sa