SaltimbanquiClicClic
Política, religión, actualidad, cine, opinión, sociedad, humor, cultura, fotogalerías.....corrupción, corruptores, justicia, robos, fraudes, atracos, preferentes, rescate bancario, hambre, paro, miseria, desahucios, hipocresía, la verdad, mentiras y mas mentiras...crisis, ricos, pobres, muy pobres, muy ricos, miseria, niños hambrientos, familias que no pueden llegar a fin de mes, trabajadores esclavos...Santa Pederastia, Sagrada Pedofilia....
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miércoles, 28 de enero de 2026
EL
GRAN BULO DE LAS GALERAS: POR QUÉ BEN-HUR NOS ENGAÑÓ A TODOS
Seguro que tienes la imagen grabada: **Charlton Heston** con cara de sufrimiento, un tambor atronador marcando el ritmo y un látigo acariciando las espaldas de unos pobres esclavos encadenados a sus remos. Es cine del bueno, sí, pero como lección de Historia es un **suspenso de manual**.
Hoy vamos a hacerle justicia a la Marina romana, porque la realidad era mucho más fascinante (y menos sádica) de lo que nos contó Hollywood.
1.
¿Esclavos? No, profesionales del remo
En la Antigua Roma, ser remero no era un castigo, era un **empleo**. La inmensa mayoría de los remeros eran hombres libres, ciudadanos de las clases más humildes (*proletarii*) o aliados de la República y el Imperio. Cobraban su salario y, lo más importante, eran profesionales.
Mover una mole de madera con tres o cinco filas de remos en mitad de una tormenta o en pleno combate requería una coordinación de nivel olímpico. ¿De verdad crees que los romanos iban a dejar la maniobrabilidad de sus mejores barcos en manos de gente que solo quería que el capitán muriera entre terribles sufrimientos?
2.
La motivación: El arma secreta
Imagina que eres un general romano. Estás en medio de una batalla naval contra Cartago o los piratas cilicios. ¿Qué prefieres tener debajo de la cubierta?
Opción A: Mil esclavos encadenados que, en cuanto el barco reciba un impacto, se van a hundir con él sin poder escapar y que, obviamente, no tienen ningún interés en que ganes.
Opción B: Hombres libres que luchan por su paga, por su vida y por su honor, y que si el barco se hunde, pueden saltar al agua e intentar salvarse.
Los romanos eran pragmáticos hasta la médula. No encadenaban a los remeros porque un remero muerto de miedo o resentido es un remero inútil.
3.
El mito del tambor
Ese "pum-pum-pum" incesante del tamborero de Ben-Hur es pura fantasía. En la realidad, el ritmo lo marcaba el **"celeusta"** (el oficial de mando) usando una flauta o su propia voz. ¿Por qué? Porque el sonido de la flauta cortaba el ruido del mar y la madera mucho mejor que un tambor, permitiendo que los remeros sincronizaran sus movimientos como un reloj suizo.
4.
¿Hubo esclavos alguna vez?
Solo en casos de **extrema necesidad**. Si la situación era desesperada y faltaban hombres, se recurría a comprar esclavos para las galeras... pero con un matiz muy importante: **se les manumitía (liberaba) antes de subirlos al barco**. Roma quería soldados y marinos, no prisioneros. Solo en épocas mucho más tardías (hablamos del siglo XVI y XVII, con las galeras cristianas y otomanas) el remo se convirtió en un castigo penal sistemático.
En resumen...
La próxima vez que veas a Ben-Hur sufriendo en la bodega, disfruta de la película, pero recuerda que el tipo de al lado probablemente estaría allí por un sueldo digno, una ración de vino y la esperanza de jubilarse con una parcelita de tierra.
¿Te
ha roto los esquemas o ya sospechabas que Hollywood nos la estaba
jugando? Déjame tu opinión en los comentarios, que prometo no usar
el látigo.
Con Franco no éramos racistas.
A leer un poquito a ver si más de uno deja de subir tonterias.
Con Franco no éramos racistas. Éramos pobres, obedientes, blanquitos de muchas noches en blanco de hambre. Los moros venían con bayoneta y chilaba, extraños y exóticos, como salidos de una postal antigua de África para morir por una patria que no era suya. Cuando Franco trajo a España casi cien mil mercenarios marroquíes, los «patriotas» aplaudían con furia y fervor, como quien bendice una cruzada. Venían a matar. Ahora vienen a trabajar. Entonces tenían la bendición del general, de obispos y cardenales y hasta del cura del pueblo. Hoy son los últimos, los más pobres, los que recogen los tomates, los ajos, porque a los españoles nos duelen los riñones, los que trabajan en la construcción y quienes recogen la basura que nosotros no queremos tocar.
Antes se les aplaudía desde los balcones, con el NO-DO repitiendo su desfile como un rezo militar. Matar por España era digno de procesión. Ahora, si vienen a recoger tomates, se les recibe con bates y sospecha, y si uno hace una barbaridad, se considera a todos culpables.
Con Franco no éramos racistas. Solo teníamos un enemigo: el que pensaba diferente a lo que mandaba el enano del Pardo, aunque tuviera los ocho apellidos castellanos, porque si eran catalanes, vascos o valencianos, ya eran aún más sospechosos.
A esos españoles, el cura daba hostias —y no eran simbólicas. Y los guardias, a los disidentes , los apaleaban y no para sacudir el polvo.
Al moro se le reservaba un lugar de honor en las filas, porque su paso marcial era útil para escoltar al caudillo, ese hombre pequeño que firmaba penas de muerte en la sobremesa, con un brazo amputado a la pobre Santa Teresa, sin remordimientos de conciencia.
No venían migrantes entonces. ¿Quién iba a venir? No éramos destino, ni refugio, ni esperanza. Éramos un decorado rígido, olor a misa, incienso y naftalina. Los que salían éramos nosotros, con las maletas de cartón apretadas en trenes grises, a vendimiar y ganar en un mes, lo que en España necesitaríamos cinco, a servir cafés en Suiza, a tragar desprecio en francés o alemán. Luego volvíamos con un Mercedes de segunda mano, presumiendo de patria como quien presume de cicatriz: como en España, en ningún lugar.
Con Franco no éramos racistas. Nadie venía de América o de África a trabajar, porque aquí el trabajo era castigo y el hambre, rutina. Sonaban las canciones de Juanito Valderrama y Dolores Abril en aquel programa de onda corta llamado «España para los españoles», aunque algunos afinábamos el oído para captar las ondas lejanas de «Radio España Independiente», donde cabía la esperanza.
Decíamos que los racistas eran otros: los alemanes, los franceses, los suizos. Nosotros no éramos racistas, éramos tan imbéciles que gritábamos «Spain is different», con la boca llena de orgullo, en inglés de escuela vieja, sin saber muy bien que sí, que éramos diferentes, pero para mal y para vergüenza nuestra. Para ellos, los europeos, África comenzaba en los Pirineos, para nosotros Europa.
Ahora sí lo somos. Racistas sin el valor de confesarlo, con un pero, los más, sin pero, otros.
Nos irrita el acento del que limpia el baño, del que recoge nuestras cerezas, del que sirve la cerveza en la terraza. Nos molesta su necesidad, su urgencia, su existencia, que sean pobres, el espejo viejo, sin azogue, en el que no queremos recordarnos.
Decimos que no somos racistas, pero en Torre Pacheco hubo patrullas con calaveras bordadas y esvásticas en la gorra, y gente que se cree más romana que humana, más aria que vecina. Y hoy, aunque bien alimentados, somos los hijos y nietos de esos emigrantes que se fueron a buscarse la vida al extranjero o en nuestra propia patria.
Hoy se han regularizado 500.000 migrantes: personas que llevan años trabajando a nuestro lado, sin derechos, invisibles, sosteniendo sectores enteros sin reconocimiento alguno. A partir de ahora seguirán trabajando, cotizando a la Seguridad Social, pagando impuestos y formando parte, por fin, de un marco legal digno. Todos los partidos —salvo los de siempre— estaban de acuerdo. Sin embargo, como el racismo y la xenofobia siguen dando réditos electorales, una vez más, el hombre de paja de la reina de la charca, ha decidido sumarse a la campaña de odio, repitiendo el mismo guion de la extrema derecha, y luego dice que no es presidente porque no quiere....
Nos falta memoria, quizá neuronas, o tal vez sea que la Historia se repite o simplemente cambia de piel o de uniforme.
Hace 81 años, las puertas de Auschwitz fueron finalmente abiertas por tropas soviéticas.
Y el mundo comenzó a ver —de frente— una magnitud de horror que ningún idioma puede describir por completo.
Lo que encontraron no fue un campo de batalla, sino un cementerio de vivos.
Cuerpos reducidos al límite de la existencia.
Barracas llenas de enfermedad y silencio.
Montañas de zapatos, gafas y maletas: la evidencia muda de vidas robadas.
El complejo de Auschwitz fue establecido por la Alemania nazi en la primavera de 1940, en la Polonia ocupada. En poco más de cuatro años, aproximadamente 1,1 millones de personas fueron asesinadas allí: cerca de un millón de judíos, junto con gitanos romaníes, prisioneros polacos, prisioneros soviéticos y otros perseguidos por el odio nazi.
Hombres, mujeres, niños. Familias enteras. Convertidos en números. Luego borrados.
La liberación no trajo solo alegría.
Trajo shock.
Trajo duelo.
Trajo la devastadora certeza de que, para millones, la ayuda llegó demasiado tarde.
Y aun así, entre las ruinas, hubo sobrevivientes —frágiles, marcados, pero vivos. Su existencia se convirtió en una responsabilidad: recordar, testimoniar y advertir sobre hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando no se detiene a tiempo.
Cada año, este día no es solo una fecha.
Es un acto de memoria.
Recordamos nombres cuando es posible, rostros cuando los tenemos, historias que no deben desaparecer. Honramos a quienes fueron asesinados y escuchamos a quienes sobrevivieron —no como ecos del pasado, sino como voces que aún exigen humanidad, dignidad y justicia.
Porque Auschwitz no fue un accidente de la historia.
Fue el resultado de decisiones.
De propaganda creída.
De vecinos que miraron hacia otro lado.
De la crueldad convertida en norma.
Recordar no es solo llorar.
Es asumir responsabilidad.
Es oponerse al antisemitismo, al racismo y a toda forma de odio que empieza con palabras… y termina en fosas comunes.
Que las víctimas sean recordadas.
Que los sobrevivientes sean honrados.
Y que el mundo nunca olvide lo que ocurre cuando dejamos de protegernos unos a otros.
Óscar Puente, el ministro incómodo: inteligencia, verdad y el azote de la derecha
Hay ministros que pasan. Y hay ministros que quedan.
Óscar Puente pertenece, sin complejos, a la segunda categoría.
En un tiempo político dominado por el ruido, el titular hueco y la bronca permanente, aparece alguien que hace algo casi revolucionario: pensar, decir la verdad y hacerlo a tiempo.
No es casualidad que moleste tanto.
Puente no grita.
Argumenta.
No se esconde.
Da la cara.
No improvisa consignas.
Lee, estudia y responde. Y eso, en un ecosistema donde la derecha vive de la exageración, el bulo y la nostalgia de un pasado que nunca fue tan glorioso, resulta letal.
Porque el verdadero problema para la derecha no es que Óscar Puente sea de izquierdas.
El problema es que tiene razón demasiadas veces.
Cuando habla, no necesita adjetivos gruesos ni enemigos imaginarios. Le basta con los datos. Y los datos —qué mala suerte— suelen desmontar los relatos prefabricados que tanto éxito tienen en tertulias indignadas y editoriales escritos con espuma en la boca.
Óscar Puente representa algo que la política española necesita con urgencia: credibilidad. Y la credibilidad no se compra ni se fabrica en un gabinete de marketing. Se construye con coherencia, con trabajo y con una idea clara de para qué se gobierna: para mejorar la vida de la gente, no para ganar aplausos fáciles.
Por eso es el azote de la derecha.
No porque insulte.
No porque provoque.
Sino porque expone.
Expone contradicciones.
Expone silencios interesados.
Expone esa extraña costumbre de exigir responsabilidad cuando se está en la oposición y olvidarla cuando se gobernó.
Y lo hace con algo aún más peligroso que la ideología: inteligencia política.
En tiempos de cinismo, Óscar Puente resulta incómodo porque parece creer —de verdad— en lo que hace. Porque no habla como si la ciudadanía fuera tonta. Porque no se disculpa por defender políticas públicas, ni por llamar a las cosas por su nombre.
¿Es perfecto? No.
¿Comete errores? Seguro.
¿Es humano? Evidentemente.
Pero hay algo que lo distingue: no subestima a quien le escucha.
Y al final, como siempre, ocurre lo inevitable:
cuando no pueden rebatir las ideas, atacan a la persona.
Cuando no pueden desmontar los datos, gritan.
Cuando no pueden gobernar, bloquean.
Óscar Puente no es el problema.
El problema es que demuestra, cada día, que sí se puede gobernar con inteligencia, honestidad y sin pedir perdón por ser de izquierdas.
Y eso —aunque les duela—
no se combate con ruido. Se combate con votos.
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Pilar
González
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La memoria no se rinde, (página oficial)
La reflexión no se censura: se debate.
El albañil de Mauthausen, un héroe de los nuestros.
Hoy, en el Día del Holocausto, permitidme que os hable de un albañil, paisano mío de Teruel, con unos principios más duros que el granito de las canteras donde casi deja la vida. Se llamaba Manuel Rifaterra Aguilar, nació en Alcorisa (Teruel, España) y en el infierno nazi era simplemente el preso nº 6726 en el campo de Mauthausen (Austria), donde la "mano de obra" perfecta (barata, sacrificable y fácil de reponer) trabajaba en las canteras de granito.
A Manuel le tocó la tarea más amarga que un constructor puede imaginar: levantar la «Escalera de la Muerte». 186 peldaños de piedra que subían desde la cantera de Mauthausen hacia el exterior. Aquello no era una obra civil, era una picadora de carne. Los presos eran obligados a subir bloques de 50 kilos a la espalda. Si uno desfallecía y su piedra rodaba, provocaba un efecto dominó que aplastaba a todos los que venían detrás. Manuel veía aquello todos los días. Veía a sus compañeros morir en los peldaños que él mismo ayudaba a fijar.
Y ahí es donde este albañil decidió que iba a usar su oficio para algo más que levantar muros.
Manuel, que por su oficio tenía cierta autoridad sobre las cuadrillas, empezó a usar la picaresca española en el lugar más peligroso del mundo. Empezó a usar artimañas y engaños para que las cuadrillas de albañiles fueran mucho más numerosas de lo que las obras requerían.
¿Su estrategia? El "casting" más humano de la historia: En lugar de elegir a los más fuertes para que el trabajo saliera rápido, Manuel buscaba a los más débiles, a los famélicos, a los que sabía que no durarían ni dos días más picando piedra en la cantera. Los sacaba de allí con la excusa de que "eran necesarios" para la construcción, aunque los pobres no hubieran visto un ladrillo en su vida.
Bajo el ala del "Maño" (que así lo llamaban por su origen aragonés), aquellos hombres tenían un respiro. No era un balneario, seguía siendo un campo de exterminio, pero bajo su mando el ritmo bajaba y la esperanza subía. Manuel Rifaterra no solo ponía piedras; estaba construyendo tiempo de vida para otros.
Tras la liberación, Manuel no volvió a España. Se instaló cerca de París, en Permain. Pero su historia no terminó con el fin de la guerra. Durante décadas, su casa fue un lugar de peregrinación. Por allí pasaban antiguos camaradas de Mauthausen, hombres que ya tenían canas y nietos, solo para decirle: "Gracias, Manuel. Gracias por sacarme de la cantera".
Rifaterra murió en 1979 en Francia, lejos de su Teruel natal, pero con la satisfacción de haber sido el arquitecto de la supervivencia de cientos de personas.
A veces, la resistencia no se hace con fusiles. A veces se hace con una paleta de albañil, mucha astucia y un corazón que no cabe en el pecho.
No olvidéis su nombre: Manuel Rifaterra Aguilar. Un héroe de los nuestros.
#HistoriasdelaHistoria #DíadelHolocausto
El método Feijóo: confundir cifras, negar víctimas y cuestionar los datos oficiales
El gestor tranquilo frente al ruido como se presentó al presidente del PP, hoy se resquebraja
Miguel Angel Heredia Díaz
28-1-26
ElPlural
Alberto Núñez Feijóo ya no puede refugiarse en la excusa del error puntual. Cuando un dirigente político confunde el alcance de una tragedia, niega la existencia de víctimas derivadas de fallos sanitarios y acusa a un ministro de “confundir” por aportar datos oficiales, el problema deja de ser anecdótico. Empieza a dibujar un patrón preocupante.
La cuestión, por tanto, ya no es si Feijóo se equivoca. La pregunta es más grave: ¿no está a la altura, desconoce los asuntos sobre los que opina o falta deliberadamente a la verdad? Cualquiera de esas opciones resulta alarmante en alguien que aspira a presidir el Gobierno de España.
El primer episodio es tan revelador como inquietante. En una comparecencia pública, Feijóo se enreda al referirse al número de personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz. No hablamos de un dato técnico ni de una cifra económica. Hablamos de vidas truncadas y de familias golpeadas por la tragedia. Y la torpeza es mayúscula porque estaba leyendo su discurso. Confundir a las víctimas no es un simple lapsus comunicativo: es una falta de rigor y de respeto.
Ante una tragedia de esta magnitud, la precisión no es opcional, y menos aún para quien presume de experiencia y solvencia. Sin embargo, tras el error no hubo una rectificación clara ni una disculpa acorde a la gravedad de lo sucedido. Hubo silencio. Y con él, la sensación de que la ligereza se ha instalado en el discurso del líder del Partido Popular.
Pero si este episodio ya resulta preocupante, lo ocurrido con los cribados de cáncer de mama en Andalucía supone un salto cualitativo. Feijóo afirmó que, como consecuencia de los fallos en estos programas de detección, no ha fallecido ninguna mujer. Ninguna. Lo dijo dos veces en apenas veinte segundos. Una afirmación rotundamente falsa y profundamente ofensiva.
Negar la existencia de víctimas no es una opinión política. Es borrar sufrimiento real para proteger una gestión sanitaria cuestionada. Es invisibilizar a mujeres que han sufrido diagnósticos tardíos, tratamientos más agresivos y consecuencias irreversibles. Es trasladar a sus familias la idea de que su dolor no cuenta.
La realidad es bien distinta. Los recortes, la externalización y el deterioro progresivo de la sanidad pública andaluza llevan años siendo denunciados por profesionales sanitarios, asociaciones de pacientes y colectivos ciudadanos. Los fallos en los programas de detección precoz han tenido consecuencias. Y algunas de ellas han sido irreversibles.
Negarlo no es solo faltar a la verdad. Es cruzar una frontera ética. Porque aquí no se habla de ideología ni de confrontación partidista, sino de vidas humanas. Y cuando un líder político decide negar ese daño para salvar un relato, el problema deja de ser político para convertirse en moral.
El tercer episodio termina de completar el retratoFeijóo exige la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, no por mentir, ocultar informació. n o falsear cifras, sino por ofrecer demasiados datos. Todos ellos oficiales, contrastados y verificables.
La escena es tan absurda como reveladora. El problema ya no es la mentira, sino la verdad. La transparencia molesta porque desmonta consignas y discursos construidos sobre medias verdades. Y cuando los datos no encajan con el relato, se opta por atacar al mensajero.
Feijóo no rebate cifras, no desmiente informes ni aporta información alternativa. Se limita a cuestionar la cantidad de datos ofrecidos, como si la ciudadanía fuera incapaz de comprenderlos o como si rendir cuentas fuera un defecto y no una obligación democrática básica.
Este triple episodio no es casual. Confusión, negación y desprecio por la transparencia avanzan siempre en la misma dirección: minimizar daños y eludir responsabilidades. No es una concatenación de errores. Es una forma de hacer política.
Durante años, el Partido Popular trató de construir la imagen de un Feijóo moderado, serio y riguroso. El gestor tranquilo frente al ruido. Hoy ese relato se resquebraja. Lo que emerge es un líder incómodo con los datos, superado por la complejidad y dispuesto a negar la realidad cuando no le resulta políticamente favorable.
No se puede aspirar a gobernar un país complejo desde la confusión permanente ni desde el negacionismo selectivo. Y, sobre todo, no se puede utilizar el dolor ajeno para salvar un titular o proteger la gestión de un gobierno autonómico de tu propio partido.
España necesita una oposición firme, sí, pero también honesta y rigurosa. No una oposición que banalice el sufrimiento, invisibilice a las mujeres afectadas por fallos sanitarios y ataque a quien explica con datos lo que otros prefieren ocultar.
Por eso la duda ya no es razonable. O Feijóo no tiene el nivel necesario para el cargo al que aspira, o cree que la ciudadanía no distingue entre verdad y propaganda. O no sabe… o miente. Y cualquiera de esas opciones debería encender todas las alarmas democráticas.
Porque hoy se confunden cifras. Mañana pueden relativizarse derechos. Y pasado mañana, tomarse decisiones que afectan a millones de personas. España no puede permitirse un líder que no respete ni los datos ni a las víctimas. Y ese es, hoy por hoy, el verdadero problema de Alberto Núñez Feijóo.
martes, 27 de enero de 2026
¿Qué SECRETOS guarda AUSCHWITZ-BIRKENAU?RECORRIDO por el DOLOR que el MUNDO NO DEBE OLVIDAR
esta era la única parada que iba a ser
el tren que los traía al campo de concentración los traía con la ilusión que trabajar los iba a hacer libres en algún momento por estas carrileras de tren pasaban muchas ilusiones sueños de tener Libertad en algún momento y que la guerra se acabará justo donde ustedes ven se paraba el tren los sacaban a todos por medio de unas ramplas llegaban otros prisioneros a ayudarlos a bajar cuando los bajaban de los vagones de ese tren eran trenes de ganado las personas descendían y los empezaban a clasificar como animales lo que sirve y lo que no a
la derecha enviaban los grup que servían y a la izquierda los inútiles como los llamaban ellos venían vagones llenos de mujeres niños otros vagones llenos de hombres y aquí había un doctor en la mitad de estas dos carrileras el doctor hacía una selección rápida de personas a este lado dividían los los niños las mujeres y los ancianos y al otro lado de los hombres y cuando ya tenían separados los dos grupos empezaban a seleccionar quién de este grupo era útil y quién de este también el 75 por de las personas
que llegaban aquí no eran útiles Así que las personas inútiles se iban hacia el lado izquierdo Donde quedan todos los campos de Exterminio que ya se los voy a mostrar y las personas que eran útiles para el trabajo Se iban hacia el lado derecho justo para esas barracas esa iba a ser su última vivienda lo último que iban a conocer en este mundo los prisioneros que llegaban a este lugar no eran seres humanos para los alemanes eran personas sin ningún significado de existir eran una plaga tan malas eran sus condiciones en las
que los trataban que los transportaban en vagones para ganado no eran eh vagones de tren para transportar personas del común no si no estaban hechos para los animales los trayectos variaban depende del lugar donde los traían el trayecto más largo era de 4 días 4 días ahí sin ninguna parada digamos que al tope 100 80 personas sin la oportunidad de bajarse de pronto del tren entrar al baño tomar agua sin ningún tipo de posibilidad de suplir sus necesidades básicas los traían directamente aquí en un vagón de madera
que si los transportaban en verano eso ahí debe ser debe ser un horno Terrible y pues en invierno pues ya calcularán la temperatura tan baja que hace en estos lugares sin embargo muchos de los que subían ahí no llegaban acá algunos perdían la vida ahí dentro de esos vagones en ocasiones eran más los que llegaban muertos que los que llegaban vivos hasta aquí las personas antes de llegar acá cuando eran montadas a los vagones en los guetos los soldados les quitaban todos sus objetos personales les hacían marcar
sus maletas con la Falsa ilusión de retornável camino en esos vagones hacia este campo los soldados cogían sus maletas las abrían y empezaban a clasificar si tal vez dentro del equipaje habían objetos de valor objetos que significará también ganancia económica para los comandantes para los soldados para todas estas organizaciones que tenían bajo presión a los judíos los polacos franceses A todas a todos estos prisioneros y las personas que llegaban hasta acá se montaban a los vagones con la Falsa ilusión de Tal vez
en algún momento volver a desempacar sus maletas quiero que vean esta foto y ya les muestro la realidad los mismos prisioneros caban estos drenajes del campo de concentración mismos drenajes que vemos en este lugar esa foto representa estos sitios a este lado y a este lado habían prisioneros haciendo este como este canal de es sé que pedirles que entiendan los
sentimientos que se sienten en este lugar es algo difícil sin embargo pues estar en el mismo sitio donde tantas personas sufrieron la violencia extrema de personas que idearon muchos planes para torturar personas que uno dice en la propia raza humana no podría generar al nivel de tortura para generarles dolor y Castigo a otros seres humanos y muchas personas llegaban hasta aquí con la ilusión que trabajarlos iba a ser libres porque aquí era donde vivían donde pasaban sus noches pensando que tal vez al otro día o los enviaban para el
Exterminio al campo de Exterminio o se quedaban Aquí trabajando todos los días por estos caminos tan inmensos que ustedes ven de aquí para atrás caminaba gente corría gente moría gente niños también estaban aquí pensando que esto era la única vida que podían vivir no sé cómo explicarles lo que se siente estar en este suelo en este en esta zona del mundo donde muchas personas en verdad pues no sé ni siquiera Cómo expresarles porque no lo sé ni siquiera que era lo que sentían pero pero debió ser muy cruel y pensar que hoy estamos
aquí a forma de turista donde ellos ni siquiera se imaginaban que esto iba a ser un lugar turístico no tiene palabra alguna esta primer barraca a la que ingresamos era la barraca del cuarto debaño donde llegaban por primera vez los prisioneros y quedaban también las letrinas las dos primeras barracas y una en la mitad eran cuartos de baño hasta este lugar traían a los prisioneros que llegaban para hacerles un aseo antes de ingresarlos junto con los otros prisioneros y luego las nuevas personas que eran aptas para el trabajo se