Felipe VI aborda los abusos en la Iglesia ante un León XIV que clama
contra la polarización
El rey elogia la firmeza del Papa en su lucha
contra los casos de abusos sexuales tras hablar por primera vez del
"dolor causado"
Nacho Caballero
6-6-26
ElPlural
El Papa León XIV aterrizó en España
con quince minutos de antelación para iniciar la protocolaria
bienvenida a un jefe de Estado. Sus primeras horas en Madrid dejaron
algo más que una imagen institucional en el Palacio Real. La
recepción oficial fue el termómetro
del tono político y moral de una visita con tintes históricos que
por el momento a nadie ha defraudado. Sorprendió el rey Felipe VI
dando voz – por primera vez – a las heridas más sensibles para
la Iglesia Católica – los abusos sexuales -, mientras que el Sumo
Pontífice recogió el testigo del monarca entonando un
salmo contra la polarización, los muros y las simplificaciones
narrativas que convierten al adversario en enemigo.
El Salón de Columnas, escenario reservado para las grandes
ocasiones, acogió el primer intercambio discursivo de la visita tras
el protocolario besamanos. Ante miembros del Gobierno, representantes
de los poderes del Estado, el cuerpo diplomático, un sinfín de
cargos políticos de diversos signos y ante el propio Prevost, Felipe
VI abrió una intervención de tono solemne y cuidadosamente medida,
en la que combinó el reconocimiento a la labor social de la Iglesia
con referencias directas – y explícitas – al “dolor causado”
por los casos de abusos sexuales en su seno. No fue una alusión
lateral, sino que ubicó la cuestión en el centro ético
del arranque de la visita papal.
Lo hizo tras percutir en la “enorme labor social”
de la institución, canalizada a través de religiosos, sacerdotes,
diáconos, feligreses implicados en la rutina parroquial, voluntarios
en residencias, albergues y otros centros de acogida, además de sus
misioneros. Pero inmediatamente después marcó la pauta, pues
entiende que “no puede haber mayor contraste” que el “dolor
causado” por la extensa lista de causas de pederastia. El monarca
subrayó, eso sí, que éstos “ni son ni pueden ser
representativos” de la totalidad de la comunidad eclesial, pero no
eludió la gravedad de una herida abierta y durante
décadas sepultada por el peso del tabú y la censura.
Escucha y reparación
La referencia cobraba especial peso en una visita que contará a
su vez con un encuentro del Papa con víctimas de abusos. De ahí se
desprende el agradecimiento directo del jefe del Estado español a
León XIV por su “claridad y firmeza” para acabar con la gran
mácula de la Iglesia Católica. Cualidades – proseguía Felipe VI
– que son “esenciales” para el proceso de reparación del daño
infligido. “Lo son para las víctimas, para los fieles,
para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto”,
abrochó el monarca, englobando esa tarea reparadora al conjunto del
catolicismo.
Si bien León XIV tuvo unas palabras sobre los casos de pederastia
durante su vuelo a Madrid, obvió abordar tal cuestión en su primer
discurso como Pontífice en España. Su intervención, sin embargo,
sí se movió en un terreno compatible con la idea que lanzó Felipe
VI de reparación; aunque orientada hacia la reconciliación, la
verdad, la escucha y especialmente el abandono de toda narrativa
identitaria. Relatos, en resumen, que ponen en peligro la convivencia
al convertir al adversario ideológico en un enemigo. Sin
nombres propios, pero con una carga política evidente,
advirtió contra la tentación de ganar popularidad “avivando
la llama de las polarizaciones”.
Así, el primer bloque fue para un Felipe VI que desató los nudos
del encorsetado discurso protocolario, en busca del complejo
equilibrio entre el reconocimiento del papel histórico de la Iglesia
sin eludir sus sombras históricas. Su mención explícita a los
casos de pederastia se convirtió en uno de los momentos más
significativos del primer acto institucional del Papa en Madrid,
profundizando en el dolor y en la firmeza en esa labor de reparación,
insertándolo en un razonamiento más amplio sobre la necesidad
de preservar la dignidad humana, los derechos, la
legalidad internacional y los valores democráticos en
una época en la que se da por buena la postura del “todo vale”.
Pero no es así. Al menos así lo clarificó el monarca en la
segunda parte de su discurso, donde alertó contra la idea de que
cualquier cosa puede ser admisible, negociable o justificable cuando
la actualidad impone su ritmo. Una tesis que aderezó con metáforas
matemáticas como guiño al pasado universitario del Sumo Pontífice
y que le dio pie a introducir más alegorías enfocadas a la
“aritmética de la libertad, la igualdad y la justicia; la que suma
y multiplica, no la que resta y divide”. Un hilo del que tiró
después el aludido, aunque desde otra perspectiva. La intervención
de Prevost construyó el escenario de la
reconciliación como eje troncal de su visita,
expresando su deseo de que permee entre las “distintas fuerzas de
esta nación”.
A partir de ahí, aludió al mantra de la cultura del esfuerzo
frente a la del enfrentamiento, sosteniendo que la historia de España
demuestra que la estabilidad y la prosperidad no tienen a la división
como padre, sino al diálogo. Por ello exhibió una postura más
vehemente cuando alentó a salir de trincheras “polarizantes”,
rompiendo una lanza en favor de la “apreciación fecunda de la
complejidad” frente a relatos que simplifican. En su diagnóstico,
el miedo a lo desconocido puede oscurecer la razón y desatar la
violencia de las emociones. Así pues, reclamó cultura,
interioridad, educación libre y de calidad, y una vida pública
capaz de intuir “la luz” en momentos de
“oscuridad”.
De nuevo, la Inteligencia Artificial
Su Magnífica Humanitas – primera encíclica de
su Papado – sorprendió al mundo con nutritivas reflexiones sobre
la Inteligencia Artificial, una de las grandes incógnitas de nuestro
tiempo. Felipe VI no desaprovechó la oportunidad de abordar tales
pensamientos en su discurso, convergiendo no sólo en el marco
narrativo sino también con las palabras posteriores del Sumo
Pontífice. El rey elogió su primera carta, presentándola como un
texto “humanista” que se aleja de una visión catastrofista.
Resaltó su cariz de esperanza sobre el ser humano, percutiendo en
que la inteligencia artificial no
puede convertirse en monopolio de unos pocos ni tampoco ser
un elemento de exclusión en la toma de decisiones.
A su modo de ver, las palabras del Papa invitan a sustituir
el miedo por un conocimiento compartido de los riesgos y
potencialidades de esta nueva realidad. En un mundo
sobresaturado de mensajes y datos, asume la empatía, la comprensión
y la escucha como elementos imprescindibles. Recordó también al
antecesor de Prevost, Francisco I, por su insistencia en saber
escucha, como aperitivo de una reflexión con mayor carga interna. La
paradoja, dijo, es que en plena era de la interconexión se esté
perdiendo esa capacidad o, al menos, esa paciencia para entender.
León XIV advirtió entonces de que las nuevas tecnologías se han
convertido en un “entorno artificial” donde se
ponen a prueba las opciones fundamentales; un espacio donde los
prejuicios se sobredimensionan, el pensamiento crítico se debilita y
determinados intereses siembran “pulsiones de muerte”.
Primeros pasos para escenificar una llamada a orientar sus usos hacia
el bien común, con recordatorio para los responsables políticos,
económicos e institucionales, que son quienes – a su entender –
han de virar el volante en las inversiones destinadas a la escuela,
la universidad, la investigación, las comunidades locales y la
sociedad civil.
La paz, al igual que en su encíclica, fue otro de los lugares
comunes que compartieron en el Salón de Columnas. Felipe VI cerró
su discurso apelando a la unidad como “vehículo e instrumento para
la paz”. León XIV fue más concreto y dejó una de las frases más
contundentes de su intervención: la seguridad no procede de “las
armas y los muros”, sino de aprender a avanzar junto
al otro, “codo con codo”. La frase
resonó en un contexto internacional marcado por conflictos y
tentaciones de repliegue.
El Papa recurrió además a la historia de la Península Ibérica
para recordar que la presencia del islam no solo produjo
confrontación, sino también espacios de diálogo entre
cristianos, musulmanes y judíos. La referencia le sirvió
para defender que la convivencia no se construye negando la
complejidad, sino aceptándola. Y cerró ese tramo agradeciendo a
España su fidelidad al derecho internacional y al
multilateralismo, así como su compromiso con la paz y la
solidaridad entre los pueblos.