Frasco Luis Pereda de los Rios
18 de julio, golpe de estado franquista
90 años de la mayor traición a España
Dicen los nostálgicos de la dictadura que no hay que abrir heridas. Pero las heridas no se cierran ignorándolas: para que cicatricen, primero hay que limpiarlas y sanarlas. Mientras más de cien mil españoles sigan desaparecidos en fosas comunes, esperando verdad, justicia y reparación, hablar de "heridas cerradas" es, sencillamente, una ficción, por no decir algo peor.
Todo comenzó con el golpe de Estado de 1936, una traición a España, a la legalidad constitucional que desembocó en una cruenta guerra civil. Una guerra internacional, más que civil, por la invasión de la Alemania nazi y la Italia fascista, junto con el uso de tropas mercenarias marroquíes, que dio paso a casi cuarenta años de una dictadura feroz. Un régimen cruel que continuó fusilando hasta un mes antes de que el dictador falleciera en su cama.
Algunos insisten en que no debemos recordar a las víctimas, bajo el cínico argumento de que "los muertos, muertos están". Sin embargo, es imposible construir una memoria democrática compartida sin afrontar plenamente ese pasado.
Y luego llegó la llamada Transición "modélica". Quizá, dadas las circunstancias y la tensión del momento, no podía hacerse de otra manera; lo que es incuestionable es que debería haberse hecho de otra manera. Nos impusieron un plato de lentejas con gorgojo con un ultimátum: «O las tomas, o las dejas», en forma de constitución. Constitución que ningún español menor de 66 años ha votado, y que ya nació tutelada por los militares, la Iglesia y la monarquía heredera de la dictadura.
Con la amnistía, en la práctica, continuaron los mismos en el poder. Se sacrificaron la justicia y la depuración de responsabilidades penales en nombre de una supuesta democracia que, aunque ya no se autodenominaba "orgánica", seguía apestando a fascismo en sus instituciones básicas. Por si fuera poco, el relato oficial culminó con el posterior mito del rey, que ya sabemos a qué se dedicaba, mientras los mismos jueces, los mismos policías y demasiados de los mismos sinvergüenzas de siempre seguían, y en buena medida siguen, controlando el cotarro.
Hoy en día, desde determinados medios de comunicación, amplios sectores de la judicatura y ciertos partidos políticos que presumen de demócratas, se intenta blanquear aquella barbarie. Actúan como si la sangre derramada pudiera ocultarse simplemente echando más tierra sobre ella.
Frente al olvido, se impone una necesidad, recuperar la democracia arrebatada: es imprescindible conocer la verdad, aplicar la justicia y reparar el honor de las víctimas.
Texto de Olegario González Fernández
