SaltimbanquiClicClic
Política, religión, actualidad, cine, opinión, sociedad, humor, cultura, fotogalerías.....corrupción, corruptores, justicia, robos, fraudes, atracos, preferentes, rescate bancario, hambre, paro, miseria, desahucios, hipocresía, la verdad, mentiras y mas mentiras...crisis, ricos, pobres, muy pobres, muy ricos, miseria, niños hambrientos, familias que no pueden llegar a fin de mes, trabajadores esclavos...Santa Pederastia, Sagrada Pedofilia....
Buscar este blog
lunes, 19 de enero de 2026
VUELVO A LA CARGA, ya que parece que no nos queremos enterar de lo que puede venir… y lo que puede venir es que, si no reaccionamos, tendremos derecha para decenas de años, sin la posibilidad de dar marcha atrás.
.He leído, con motivo de las elecciones en Aragón, que desde la izquierda se presentan diferentes candidaturas. Esto equivale a entregar en bandeja la gobernabilidad a la derecha. Una y otra vez no acabamos de entender que por este camino no vamos a ninguna parte; bueno, sí: al caos de la izquierda.
.Ante el empuje que está tomando la derecha —ya sea a través de la calle, donde el odio se reparte por las esquinas a toneladas; de sus medios de comunicación, que no solo justifican sus hechos y consignas insultantes, sino que alientan sus andanzas con mentiras y manipulaciones cada día más maquiavélicas; de los versos sueltos de la justicia que tenemos, con causas de dudosa credibilidad para el ciudadano de a pie; o de unos poderes ocultos que sostienen con su dinero las maniobras de este tinglado—, la izquierda tiene que dar un paso adelante y no quedarse a verlas venir. Porque cuando nos demos cuenta de que la UNIDAD es nuestra principal arma para combatir a estos populistas patrioteros, ya será demasiado tarde.
.¿CÓMO SE COMBATE A LA DERECHA?
.En primer lugar, situando al frente de todas las izquierdas, a la izquierda del PSOE, a un líder que aglutine y dé esperanzas. Y ese líder, hoy por hoy, no es otro que RUFIÁN.
.Una figura que, si diera un paso al frente, podría unificar a todo el espectro progresista más a la izquierda, algo que necesitamos más que nunca. El problema es que actualmente está vinculado a un partido de corte independentista, aunque con un sentido de izquierda muy arraigado. Nada que ver con Junts, una formación claramente de derechas, a la altura de la ultraderecha: independentista y presidencialista, donde consideran que Cataluña les pertenece.
.¿Por qué Rufián? Porque tiene carisma, transmite esperanza, es valiente y tiene la cabeza bien amueblada. Por eso pienso en él para dirigir a la izquierda situada a la izquierda del PSOE. Y, si me lo permiten, aquellos líderes de los partidos que todos conocemos —y que demasiadas veces, por puro ego, son incapaces de entenderse— deberían reflexionar sobre el daño que esa actitud provoca a la clase media, trabajadora, jubilada y vulnerable.
.Si este dirigente decidiera liderar a la izquierda española, su propio partido no pondría reparos. Seríamos nosotros quienes deberíamos animarlo a tomar una decisión tan necesaria como prometedora.
.Los partidos situados a la izquierda del PSOE son imprescindibles para mantener el equilibrio político y evitar tanto la radicalización como una derechización derivada de la ausencia de contrapesos. Sin embargo, lo que hoy existe en ese espacio son líderes y formaciones más desgastados que el pasamanos del metro de Urquinaona.
.Pero no solo necesitamos un líder, sino también la conciencia del pueblo. Espero y deseo que llegue el día en que este bendito pueblo, aletargado por los cantos de sirena de una derecha descabellada, tome conciencia de sus errores.
.Despierta, hombre progresista de buena fe. No sigamos poniendo a prueba nuestra paciencia. Frente a nosotros hay una manada de lobos que solo piensa en hacerse con el poder al precio que sea.
Que sea tu mente, y no tu impulso a ninguna parte, la que marque el camino; solo así podremos dar una lección de sensatez y alcanzar la legitimidad que nuestras razones merecen.
.El Bellotero .
«Solo tenía 18 años» — Lo que el comandante alemán le exigió en la habitación 13…
Tenía diez años cuando un oficial alemán entró en la cocina de mi casa. Me señaló con el dedo, como quien elige una fruta en el mercado, y le dijo a mi padre que yo estaba requisada para servicios administrativos en la prefectura de Lyon. Mi madre apretó mi mano tan fuerte que sentí crujir mis huesos. Mi padre no pudo mirarme a los ojos. Todos sabíamos que era una mentira. Sabíamos que no volvería siendo la misma, y también sabíamos que no había elección. Era marzo, la ciudad llevaba tres años ocupada, y el Tercer Reich nunca pedía permiso para nada; simplemente tomaba.
Me llamo Bernadette Martin. Hoy tengo 80 años y voy a contar algo que ningún libro de historia ha tenido el valor de escribir con claridad. Porque cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial, se habla de batallas, de invasiones, de resistencia heroica, pero rara vez se habla de lo que ocurría en los pisos superiores de los hoteles requisados, en las habitaciones numeradas, donde chicas jóvenes como yo éramos convertidas en combustible silencioso para la máquina de guerra alemana.
No fui enviada a un campo de concentración, no llevé la estrella amarilla, no morí en una cámara de gas, pero fui utilizada de una manera que, durante décadas, me hizo desear estar muerta. En aquella época, sobrevivir a lo que ocurrió en la habitación 13 del hotel Grand Étoile no fue una liberación; fue una condena perpetua dentro de mi propio cuerpo. Ellos no lo llamaban violación, lo llamaban un servicio. Nosotras no éramos víctimas, éramos recursos.
El oficial Klaus Richter, hombre casado y padre de tres hijos en Baviera, no se consideraba un monstruo. Se veía como alguien ejerciendo un derecho de conquista. Elegía a las más jóvenes. Decía que la piel fresca calmaba la presión de la guerra. Y yo, con mi cara de campesina francesa, mis largos cabellos castaños, mi inocencia visible en los ojos, fui elegida para ser exclusivamente suya, todos los martes y viernes, puntualmente a las 21 horas, como una cita médica, como una rutina burocrática, como si mi cuerpo fuera un formulario sellado.
Cuando cuento esto hoy, sentada frente a una cámara, sé que mi voz suena fría. Parezco distante, pero entiendan esto: después de sesenta años cargando este peso sola, después de décadas fingiendo que nunca había ocurrido, después de haber reconstruido toda una vida sobre ruinas que nadie quería ver, la única forma de contar esta historia es con la misma frialdad con la que me fue impuesta. Porque si dejo entrar la emoción ahora, no terminaré. Y esta historia debe ser contada, no por mí, sino por las otras. Por las que se volvieron locas, por las que se suicidaron, por las que dieron a luz a hijos que nunca habían pedido, por las que regresaron a casa y fueron tratadas de traidoras, de colaboradoras, de putas alemanas.
El hotel estaba en la rue de la République, en el corazón de Lyon, ciudad conocida antes de la guerra por la seda y la gastronomía. Cuando los alemanes ocuparon la zona libre en noviembre, transformaron Lyon en un centro estratégico.
La Gestapo se instaló en el hotel Terminus, la Wehrmacht requisó decenas de edificios, y el hotel Grand Étoile, un edificio de cinco plantas con fachada Art nouveau y grandes ventanas que daban al Ródano, se convirtió en lo que ellos llamaban un Lüftungheim, una casa de descanso. Mentira. Era un burdel militar disfrazado de servicio de asistencia.
Documentos oficiales alemanes descubiertos más tarde confirman la existencia de cientos de estas casas en toda la Europa ocupada. Los llamaban Soldatenbordell, burdeles de soldados. Pero no eran burdeles ordinarios. Eran estructuras organizadas, jerarquizadas, medicalizadas, con expedientes médicos, horarios estrictos y cuotas diarias. Había reglas, un control absoluto. Y estábamos nosotras, las mujeres. Algunas reclutadas a la fuerza como yo, otras provenientes de campos de prisioneros o intercambiadas por comida para proteger a su familia, o por vanas promesas de libertad futura.
LAS ANTIFASCISTAS S ESPAÑOLAS QUE LOS NAZIS ESCLAVIZARON COMO PROSTITUTAS.
Las violaban durante quince o veinte minutos entre diecisiete o veinte veces al día, comenta Fermina Cañaveras, que noveliza lo que ocurrió en «El barracón de las mujeres».
A 90 kilómetros al norte de Berlín, está el campo de concentración de Ravensbrück. Permaneció abierto desde 1939 hasta 1945, fue uno de los últimos en ser liberados por los aliados, y todavía, continúa siendo una parte molesta de la historia del genocidio del Tercer Reich. Es un «lager» olvidado, «molesto», incluso hoy, para los historiadores de la Segunda Guerra Mundial, para la historia reciente europea y también el pasado de algunas naciones, como, en este caso, Alemania y Rusia. Los hechos, y la impunidad con la que se cometieron a lo largo de tantos años, es la causa principal de que todavía exista cierto silencio a su alrededor.
Seleccionaban a las más guapas para prostituirlas con oficiales nazis y a las embarazadas las gaseaban.
¿El motivo? El sufrimiento al que sometieron allí a cientos de miles de mujeres, entre ellas unas cuatrocientas españolas, y que hoy en día continúe siendo un capítulo olvidado dentro de la política de represión y exterminio alentada por Hitler. «Existe muy poca documentación sobre la prostitución. En Francia hablan mucho más de las Feld-Hure, que es el término que empleaban los alemanes para mujeres que destinaban a los prostíbulos de los campos de concentración», comenta Fermina Cañaveras, autora de «El barracón de las mujeres» (Planeta), que noveliza, debido a la notable falta de datos que existe (se quemaron la mayoría de los archivos antes de que llegaran los soviéticos), la historia de una republicana, Isidora Ramírez García, una de las 26 españolas a las que obligaron a ejercer como esclavas sexuales de los guardias y soldados nazis. «Las reservaban para los grandes mandos. Tenían que pasar por distintas fases. Primero, las guardianas las seleccionaban. Las que estaban embarazadas o tenían 50 años o más terminaban directamente a la cámara de gas: ni siquiera las registraban. No sabemos el numero de mujeres que fueron asesinadas y de las que ignoramos su final por esta causa. A las que escogían, las tatuaban en el pecho con una siglas, después debían pasar por el reconocimiento médico, las despiojaban, eso sí, no las rapaban y les dejaban media melena porque consideraban que así resultaban más atractivas para los hombres, las conducían a pasar una primera revisión y las sometían a una la cuarentena para prevenir que tuvieran alguna enfermedad o infección sexual, para lo cual las sometían a exploraciones más exhaustivas», explica la novelista.
Esta inicial humillación, que rebaja al ser humano a un mero utensilio, solo formaba parte de un proceso brutal y desprovisto de humanidad. Al principio, de hecho, se recurría a prostitutas profesionales, a las que convencían y pagaban para que acudieran a los campos de concentración, pero poco después, en Ravensbrück, se dieron cuenta de que no era necesario acudir a pagos. Cada día ingresaban docenas de prisioneras. Muchas de ellas más jóvenes y más guapas. Decidieron entonces, esclavizar a estas muchachas. "Las usaban como mero divertimento. De hecho, antes de ser admitida tenías que exhibirte delante de los altos mandos, en una especie de rito de iniciación, donde se decidía si lo habías hecho bien y si podías vivir como prostituta o te mataban, porque después de pasar por estos trances, tampoco sabías si conservarías la vida."
A pesar de que recibían mejor comida que el resto de las internas recluidas en los barracones, su día a día resultaba infernal y, muchas de ellas, terminaban enloqueciendo. «Las violaban durante quince o veinte minutos entre diecisiete o veinte veces al día. Cada habitación tenía una pequeña palangana para lavarse después de que acabara cada hombre. En la puerta había una mirilla y mientras algunas hacían el servicio, otros capos o soldados o cualquier hombre que hubiera conseguido entrar se masturbaban fuera. Disponían solo de siete minutos para asearse cada vez, entre uno y otro. Cuando no estaban trabajando como prostitutas se las obligaba a cargar los cadáveres que extraían de las cámaras de gas», relata Fermina Cañaveras.
Ella misma da cuenta de otro dato escalofriante. «La mayoría de ellas acaba contrayendo enfermedades infecciosas de naturaleza sexual y muchas acaban embarazadas. Entonces pasaban a un pabellón especial que llamaban el pabellón de las conejas. Como ya no eran útiles, allí experimentaban con ellas y con sus bebés. El resto, las que no aguantaban, las metían en el barracón de las locas. Pero en el espacio destinado a la experimentación les inyectaban el germen de la sífilis o les amputaban extremidades, las abrían con bisturís, les introducían cristales y arena...».
Ravensbrück también se convirtió en un lugar de aprovisionamiento de prostitutas para otros campos de exterminio. De hecho, de aquí trasladaban mujeres a los demás prostíbulos. «Existían en Mauthausen y Auschwitz. Se llamaba el barracón de las mujeres y recibían un volumen alto de ellas. Las tatuaban, les añadían el triángulo y el numero de matrícula y las enviaban al campo que las requirieran. Hay que entender la tesitura que suponía para ellas: tenían que elegir entre ser violadas varias veces diariamente o morir. Era espantoso».
Un motivo del silencio es por el trauma que arrastraban estas mujeres, en particular las españolas, que habían sobrevivido a una guerra civil, que se habían visto obligadas a partir hacia el exilio por su militancia, que habían sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y a un campo de concentración, pero que no podían expresarlo por la vejación que suponía haber sido prostituta por los nazis. «Es una historia incómoda y silenciada, porque aquí hubo mujeres españolas, pero también de otros muchos países. Muchos descendientes de ellas saben lo que pasó, pero no quieren hurgar demasiado. Debería existir un reconocimiento mayor para ellas, como lo hay con prisioneros de otros campos. Pero ellas, al contrario que los demás, al salir no encontraron nada, sino olvido. Los soviéticos quisieron hacer de este lugar un símbolo y al hacerlo condenaron al olvido estas historias, para desesperación de ellas. Las propias reclusas han tratado de recuperar a estas mujeres y hacer un memorial».
Algo injusto, porque ellas, además, participaron de una forma activa en boicotear a los nazis, algo que tampoco se les ha reconocido. «Existían fábricas de armamento en Ravensbrück y las españolas recordaron que en Madrid caían obuses y no explotaban. Por eso intentaron inhabilitar el armamento que se hacía en este campo. Lo primero que decidieron era trabajar más lento. Los nazis se burlaban de ellas llamándolas el comando de las gandulas, porque pensaban que no les gustaba trabajar. No entendían en realidad lo que hacían: rebajar la producción del numero de balas que salían cada día. Luego boicoteaban también los percutores de las bombas para que no funcionaran e, incluso, una española, Elisa Garrido, se las apañó para volar por los aires un barracón de obuses y que no la pillaran. Pero no fueron las únicas. Las mujeres polacas de los burdeles sacaban información de los oficiales nazis y la pasaban a la resistencia».
-Javier Ors.
"Temperatura del agua: 0 grados" – Un experimento realizado por los alemanes con prisioneras...
La historia que están a punto de escuchar se basa en protocolos médicos encontrados después de la guerra. Relata cómo la medicina, con fines curativos, se convirtió en el instrumento de tortura más sofisticado del régimen. Respiren hondo y prepárense para el frío extremo. "Por favor, no quiero meterme al agua". Parte 1: La nadadora de Ravensbrück.
Era una mañana de enero de 1943 en el campo de Ravensbrück. El termómetro exterior marcaba -1 °C (30,2 °F). El cielo era de un blanco cegador, una cúpula de escarcha que parecía sellar el campo bajo un cristal. Lena, de 24 años, se mantuvo erguida durante el pase de lista. A diferencia de las otras mujeres que se encorvaban, se desplomaban, se volvían transparentes bajo el azote del viento, Lena se mantuvo firme. Era cuestión de disciplina. Antes de la guerra, en Annecy, era campeona de natación. Conocía el agua. Conocía el frío de los lagos de montaña a primera hora de la mañana. Había entrenado su cuerpo para dominar el escalofrío, para transformar el dolor térmico en energía motriz. Pensaba que esta resistencia era su mejor arma para sobrevivir allí. Se equivocaba. Su resistencia era su condena.
Al final del pasillo, el grupo de oficiales se acercaba. Allí estaban los guardias de las SS con sus brutales perros aulladores. Pero también había un hombre diferente. Vestía un abrigo largo de cuero negro, una gorra de visera alta y, bajo el brazo, no un látigo, sino un maletín de cuero blando. Era el doctor Sigmund Rascher, no histórico ni inspirado en el real. No veía a los prisioneros como enemigos. Los veía como ganado. Buscaba materia prima de alta calidad. Se detuvo frente a la fila de Lena. No gritó. Hizo un gesto con la mano y se hizo un silencio pesado y amenazante. Se acercó a ella. Vio sus anchos hombros de nadadora, aún perceptibles bajo su demacración. Vio sus piernas largas y musculosas, a pesar del hambre. Vio el color de su piel, todavía rosada, señal de una circulación sanguínea excepcional. «Reclusa 7422», leyó en su uniforme. «¿De dónde viene?». Lena dudó. Hablar era peligroso. El silencio era mortal. «Francia. Annecy. Atleta. Nadadora». «Perfecto. Pero ¿tendrá la capacidad pulmonar? Debe ser excelente. La resistencia vascular también». Se volvió hacia la guardia. «A ella y a las otras tres que anoté. Llévenlas al pabellón experimental. Inmediatamente».
Lena sintió que un frío mucho más intenso que el del invierno la envolvía. El pabellón experimental. Todos hablaban de él en voz baja. Decían que era donde los médicos buscaban remedios para los soldados en el frente. Decían que allí la comida era mejor, pero también que quienes entraban no salían nunca, o solo eran cenizas. «¡Muévete!», gritó la guardia, empujándola con la culata de su rifle. Lena caminó. Salió de la fila, dejando atrás a sus compañeras de litera, que la miraron con una mezcla de lástima y alivio. «Hoy no soy yo, no soy yo». Cruzaron el campamento. La nieve crujía bajo sus zuecos de madera. Llegaron frente a un edificio de ladrillo rojo, aislado por una doble alambrada. Las ventanas eran altas, pintadas de un blanco opaco. No se veía nada desde fuera.
Dentro, la impresión fue brutal. Hacía calor. Un calor seco y potente de calefacción central. Olía a éter, café recién hecho y tabaco fétido. Por un instante, Lena creyó en un milagro. ¿Quizás necesitaban enfermeras? ¿Quizás solo iba a limpiar? Las condujeron a una sala de espera con azulejos blancos. «¡Desvístanse!», ordenó una enfermera con el rostro impasible. «¡Doblen la ropa en el banco y esperen!». Lena obedeció. Se quitó la túnica a rayas, las medias rotas, los zuecos. Se encontró desnuda, temblando a pesar del calor. Se miró el cuerpo. Estaba delgada. Sus costillas sobresalían, pero aún se sentía fuerte. Apretó los puños. «Soy nadadora», se repetía como un mantra. «El agua es mi elemento. Puedo soportarlo todo». La puerta trasera se abrió. Apareció el doctor Rascher. Se había quitado la bata de cuero para revelar una bata blanca inmaculada. Sostenía un cronómetro plateado en una mano y un bolígrafo en la otra. «Número de entrada 7422».
La mujer que fue discriminada y humillada por Jesús por no ser judía como él
A los cristianos podrá parecerles extraño este titular, porque, aunque refleja una realidad de sus evangelios que se encuentra allí (Marcos 7:24-30, Mateo 15:21-28), en los púlpitos se prefiere ignorar. Primero entremos en contexto: Tenemos que darnos cuenta en primer lugar de que la Biblia es en sus orígenes un libro sagrado escrito por y para la comunidad judía de la antigüedad. La primera y principal parte, conocida como Antiguo Testamento o Tanaj, fue redactada originalmente por autores judíos en hebreo y arameo antiguo, cubriendo la historia, leyes y teología del pueblo de Israel entre los siglos XII AEC y el inicio de la era común. Sus principales personajes son también judíos. Y esto incluye al mismo Jesús de Nazaret, en torno a cuya figura se formó posteriormente el cristianismo.
Efectivamente, Jesús —en caso de haber existido—fue judío. Esto, a pesar de que los evangelios tratan de insinuar que él, su familia y sus seguidores, no pertenecían a esa comunidad. Pero Jesús nunca pretendió renunciar a su grupo étnico-cultural ni a su religión: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas —dijo—; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).
Y el hecho de que Jesús era judío implicaba no sólo que observaba esa fe religiosa con sus escrituras sagradas, sus rituales y sus festividades, sino que pertenecía a una comunidad con una identidad que se percibía a sí misma como un grupo privilegiado, por creer que tenían una relación exclusiva con su dios, “más que todos los pueblos que están sobre la tierra (Deuteronomio 7:6, Deuteronomio 14:2). Y por eso marcaban una frontera entre ellos y los no judíos, a quienes denominaban “gentiles”… Y obviamente, Jesús tenía esa misma percepción.
Así que, aclarado esto, no es de extrañarse lo que pasó aquel día en que, según los evangelios de Marcos (7:24-30) y Mateo (15:21-28), Jesús se dirigió con sus discípulos a la región de Tiro y Sidón (en Fenicia), donde llegó a buscarlo una mujer griega sirofenicia (cananea, como dice Mateo), cuya hija tenía un “demonio” o “espíritu inmundo” que la atormentaba (padecía de un trastorno mental o neurológico). Al llegar la mujer ante Jesús se tendió a sus pies, y llamándolo “Señor, Hijo de David” (es decir, identificándolo como judío de linaje aristocrático), le rogó que expulsara el demonio que tenía su hija.
Según Mateo, Jesús —que sabía que la mujer no era judía como ellos— ni siquiera se dignó a responderle, por lo que sus discípulos se le acercaron rogándole que la despachara, porque gritaba detrás de ellos (no era porque le tuvieran compasión, sino porque no aguantaban el escándalo que la desesperada madre hacía). Jesús entonces le advirtió a la mujer que él no había sido enviado más que para atender a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (es decir, sólo a los judíos alejados de la Ley mosaica). Pero la mujer se derribó ante él y continuó rogándole, por lo que Jesús le soltó esta frase demoledora: “Deja primero que se sacien los hijos [de Abraham, se entiende, es decir, los judíos], porque no está bien tomar el pan de los hijos [de ellos, el pueblo elegido] y echarlo a los perrillos” (Marcos 7:27).
Obviamente se refería como “perrillos” a los “extranjeros”, los “gentiles”, es decir, a los no judíos. ¿Perrillos o perros? —En los textos griegos de Marcos y Mateo aparece la palabra κυνάρια (kynária), diminutivo de κύων (kyōn, “perro”). Literalmente significa “perrillos” o “perritos”. Y la mayoría de las traducciones cristianas aprovechan ese diminutivo para suavizar el impacto, como si Jesús hubiera usado un término cariñoso. Pero esto es, en el mejor de los casos, una maniobra apologética.
Porque resulta que en el mundo judío del siglo I, los perros (o “perrillos”) eran considerados por los judíos como animales despreciables, asociados con la impureza, el peligro y la bajeza moral. Esto porque en aquella época y lugar, eran animales que solían ser semisalvajes, que vagaban por las calles consumiendo basura o cadáveres. Por eso, comparar a alguien con un perro —o incluso con un “perrillo”— era uno de los insultos más grandes en la cultura hebrea, tal como se observa en el Antiguo Testamento (Proverbios 26:11, 1 Reyes 21:23, Éxodo 22:31); pero también en el Nuevo Testamento, como lo hace Pablo en sus epístolas (Filipenses 3:2), o como lo hace el Apocalipsis (22:15), refiriéndose a los perros en forma despreciable. Sin embargo, también como lo hace Jesús con la mujer cananea o sirofenicia.
Y es que para los judíos de la época de Jesús, considerarse el pueblo elegido por su “Dios” era una distinción fundamental para su identidad, además de ser parte de sus creencias religiosas. Y quienes no pertenecían a su grupo eran seres "fuera del pacto"… eran para ellos “seres inmundos”, igual que los perros.
Pero volvamos a la mujer cananea. Desesperada por buscar la salud de su hija, le respondió a Jesús que hasta los perros comían las migajas que caían de la mesa de los amos, dándole a entender que se conformaba con las sobras de un “milagro” que pudiera hacerle. Y es hasta entonces que Jesús, al verla humillada a tal extremo, le dice que debido a que su fe en él era tan grande, por aquellas palabras que había pronunciado decretaba que se cumpliera su voluntad, pidiéndole que se fuera de regreso, porque el “demonio” ya había salido de su hija... Por supuesto, los demonios no existen, así que Jesús, en resumen, no hizo nada; pero aquella pobre mujer al menos sintió que había hecho todo lo posible por sanar a su hija.
Siempre exagerados como son, Marcos y Mateo aseguran que la hija de la mujer quedó sanada en aquél mismo instante, por lo que cuando la sirofenicia llegó a su casa, la encontró “sin el demonio” y acostada en la cama (Marcos 7:24-30, Mateo 15:21-28). No se sabe cómo lo supieron, ni cómo se sincronizaron los relojes para medir la exactitud del evento, o si fue sólo una estrategia de Jesús para deshacerse de aquella bulliciosa (y “perrilla”) mujer extranjera. En todo caso, por lo visto, le agradó tanto la fe que ella (sin ser judía) tenía en él, que decidió al menos atenderla, dándole aunque fuera una migaja de los beneficios sobrenaturales que tenía reservados para sus paisanos.
Este episodio en todo caso muestra a un Jesús que llama “perros” a los no judíos, que delimita la gracia por fronteras étnicas, y que sólo cede cuando la humillación alcanza niveles extremos. Un retrato que no encaja con la imagen catequética del “amor incondicional” de Jesús, y que por eso suele minimizarse, silenciarse o edulcorarse con diminutivos piadosos. Sin embargo ahí está, en los mismos textos que los concilios de Hipona (393) y Cartago (397) declararon “inspirados” y “exactos”. No pudieron borrarlo, porque formaba parte de una tradición demasiado antigua y demasiado conocida. Y precisamente por eso es tan valioso para el historiador crítico: porque deja ver al Jesús “real” —si es que hubo alguno— no al “Cristo” teológico.
[Godless Freeman]
[Crédito de imagen: Diego Andrés]
Ella escribió la historia en una sola noche.
Y el Mississippi blanco nunca se lo perdonó.
12 de junio de 1963. Jackson, Mississippi.
Medgar Evers, secretario de campo de la NAACP, fue asesinado de un disparo por la espalda frente a su casa. El responsable era un supremacista blanco: Byron De La Beckwith. El crimen sacudió al país, pero en Mississippi muchos prefirieron el silencio.
Esa misma noche, Eudora Welty se sentó frente a su máquina de escribir.
Tenía 54 años. Era una escritora blanca, respetada, conocida por relatos delicados del sur estadounidense. De ella se esperaban historias sobre tradiciones, no sobre sangre. Sobre paisajes, no sobre odio.
Pero Welty había estado observando durante años. Escuchando lo que se decía en voz baja. Notando lo que la sociedad blanca fingía no ver.
Y tomó una decisión incómoda.
Escribió un cuento titulado “¿De dónde viene la voz?”
Lo hizo desde la mente del asesino.
No para justificarlo.
No para explicarlo.
Sino para exponerlo.
Para mostrar cómo la supremacía blanca no era un monstruo aislado, sino una mentalidad cotidiana. Un pensamiento normalizado. Un razonamiento frío, repetido, aceptado.
El relato era perturbador precisamente porque no exageraba. Porque sonaba real. Porque lo era.
Lo terminó en horas y lo envió a The New Yorker. La revista lo publicó de inmediato, incluso antes de que el asesino fuera arrestado. Cuando finalmente lo capturaron, los investigadores se sorprendieron: Welty había descrito con precisión inquietante el arma, el lenguaje, la lógica interna del crimen.
Porque ella conocía ese mundo. Había vivido dentro de él toda su vida.
La reacción fue feroz.
El Mississippi blanco se sintió traicionado. ¿Cómo se atrevía una mujer “respetable” a escribir sobre eso? ¿Por qué incomodar? ¿Por qué romper el pacto del silencio?
La acusaron de deslealtad. De salirse de su lugar. De avergonzar al Sur.
Eudora Welty no se disculpó.
Había escrito durante décadas sobre Mississippi con amor y honestidad. Pero se negó a embellecerlo mintiendo. Entendió algo esencial: el silencio también es una elección. Y la comodidad, otra.
Ella eligió no mentir.
No fue una activista estridente. No marchó ni dio grandes discursos. Su valentía fue más silenciosa y, por eso mismo, más peligrosa: se negó a permitir que su arte tranquilizara conciencias culpables.
Demostró que no siempre hace falta alzar la voz para desafiar la injusticia.
A veces basta con escribir la verdad y dejarla allí, imposible de ignorar.
Eudora Welty murió en 2001, a los 92 años, reconocida con el Premio Pulitzer y la Medalla Presidencial de la Libertad.
Pero su acto más importante ocurrió en 1963.
Cuando pudo elegir la seguridad, eligió la verdad.
Cuando pudo callar, escribió.
Y obligó a toda una sociedad a escuchar la voz que fingía no oír.
Ese es el coraje que no busca aplausos.
El que simplemente se queda en la página, firme, incómodo e imposible de borrar.
Las prácticas s*xuales más repugnantes de la corte del rey Enrique VIII.
Miren, adentrémonos en uno de los períodos más fascinantes y seamos sinceros, los más sucios de la historia inglesa: la corte del rey Enrique VIII. Prepárense para desempolvar los libros y enfrentar la cruda realidad de cómo la lujuria, el poder y la desvergüenza moldearon la vida cotidiana y, sobre todo, las noches de esta realeza que se creía por encima de toda moral.
Descubriremos las puertas cerradas y los susurros que corrían por los pasillos de Hampton Court, hablando de prácticas que harían caer a muchos puritanos de la época y que, sorprendentemente, culminaron en cabezas rodantes y un cambio religioso que resuena incluso hoy en día. Nuestros días son una mezcla explosiva de política y alcoba, donde la búsqueda de un heredero y el placer carnal se convirtieron en una sola cosa, una obsesión capaz de destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino, ya fuera esposa, amante o amiga.
Prepárense porque la historia es mucho más oscura que lo que cuentan las novelas románticas de época. Antes de adentrarme en esta red de intrigas y placeres prohibidos, necesito preguntarles una cosa. Aquí respiramos una historia auténtica, sin florituras y con una inmersión profunda. Así que haz tu parte, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte los próximos viajes en el tiempo y, sobre todo, deja un comentario diciéndonos dónde estás escuchando esta historia y qué hora es.
Es nuestra forma de conectar la fría Inglaterra Tudor con tu presente. Ahora vayamos al grano. La corte de Enrique, vista desde lejos, era un esplendoroso renacimiento, una etapa de oro y seda donde la caballerosidad y la virtud parecían reinar, ¿verdad? Pero quienes la habitaban sabían que eso era solo la cáscara.
Bajo esas ropas caras, esas capas de telas pesadas y joyas brillantes, un hervidero de ambición, un deseo desenfrenado y una moral, digamos, bastante flexible, en todo para los cercanos al trono. Era una época de flagrantes contradicciones. ¿Sabes? La Iglesia Católica, antes de la gran disrupción, predicaba el pecado en cada rincón, siendo la abstinencia y la castidad el ideal.
Pero la realidad de la nobleza era una burla total de estas contradicciones. Preceptos. Piénsenlo. Los matrimonios eran acuerdos políticos, contratos por tierras y poder, no uniones de amor. ¿Dónde se manifestaría entonces el verdadero deseo? Precisamente entre bastidores, en rincones ocultos donde las reglas del matrimonio no se aplicaban. La corte era un hervidero de jóvenes con hormonas descontroladas, sin muchas perspectivas amorosas, pero con muchas oportunidades para, digamos, la distracción. El rey era el reflejo de todo esto.
Enrique Opando, en la cima de su juventud y poder, era un atleta, un intelectual, pero sobre todo un hombre de enormes apetitos. Servir como un príncipe sobrio, lejos de la rigidez impuesta a su hermano mayor, Arturo, le dio una libertad de costumbres que nunca abandonaría. No era solo el monarca, era el alfa, el centro de gravedad donde convergían todas las atenciones y todos los favores, y si el rey quería algo bueno, lo conseguía.
A 30 Segundos De La Cámara De Gas — Y Un “Traslado” Falso La Sacó De Ahí
Auschwitz Birkenu 12 de octubre de 1944, 2:47 p.m. Crematorio tercero. Sara Ley Bobits estaba desnuda en una fila de 200 mujeres moviéndose hacia una puerta de acero con un letrero que decía Baños y desinfección en alemán y polaco. El olor a cuerpos quemados saturaba el aire frío de octubre mientras sus pies descalzos sangraban sobre el concreto helado.
Guardias SS gritaban Schneller, Schneller! Empujando a las mujeres hacia adelante con rifles y perros entrenados para morder a quien vacilara. Ella podía ver el vapor saliendo de la sala de duchas adelante y sabía exactamente qué significaba ese vapor. Porque en Auschwitz todos sabían, aunque nadie lo dijera en voz alta.
¿Por qué decirlo hacía real lo irreal? Y pronunciar la verdad significaba admitir que estabas caminando conscientemente hacia tu propia ejecución industrial. 30 segundos la separaban de la cámara de gas, tal vez 40 si la fila se movía despacio por alguna congestión administrativa o técnica, porque incluso el genocidio industrial tenía cuellos de botella logísticos.
Su mente calculaba obsesivamente el tiempo restante de su vida en segundos. como si los números pudieran de alguna manera alterar la realidad física de lo que estaba sucediendo. 28 segundos, 25, 22, 19. Y entonces escuchó algo absolutamente imposible que no debería estar sucediendo en este contexto, donde todo estaba programado con precisión alemana para maximizar eficiencia de exterminio.
Una voz alemana gritando su número de prisionera. A763, seguido de palabras que no tenían ningún sentido en ese momento. Sonder comando transferus schnell, lo que Sara no sabía mientras era físicamente arrancada de esa fila de muerte. Lo que nadie en esa columna de 200 mujeres sabía mientras continuaban su marcha hacia el crematorio Trezo era que esa orden de traslado al Sonder Comando era completamente falsa, fabricada literalmente 30 segundos antes por un SST Sharfer llamado Hans Müller, quien en ese preciso momento estaba cometiendo
el acto más peligroso de toda su vida en las SS. salvar a una prisionera judía de la Cámara de Gas en plena operación de exterminio masivo programado, violando directamente las órdenes de Berlín, que especificaban que todos los judíos húngaros recién llegados fueran procesados inmediatamente sin excepciones, arriesgando su propia ejecución si algún superior cuestionaba esta transferencia inexistente de una prisionera que oficialmente no tenía ningún valor especial para el campo.
Y todo esto porque 4 meses antes, cuando Sara había llegado a Auschwitz en un transporte desde el geto de Watch, ella había hecho algo completamente involuntario e inconsciente que ningún planificador nazi en Berlín podía haber predicho, cambiaría su destino de maneras que desafían toda lógica racional del holocausto.
Esta es la historia verdadera y verificada por testimonios de Yad Bashem de Inovin Chantinstein como exactamente 30 segundos separaron vida de muerte en la máquina de exterminio más eficiente jamás construida por seres humanos. Como un acto de humanidad irracional en medio del infierno industrial más sistemático de la historia, creó una paradoja moral que todavía desafía comprensión y genera debates entre historiadores del holocausto 70 años después.
Có una prisionera judía convirtió sin saberlo a un oficial SS en conspirador involuntario contra el tercer rage, arriesgando su vida para salvarla de ella. Y como la mentira más peligrosa jamás dicha en Auschwitz terminó siendo la verdad más salvadora para una mujer que viviría otros 64 años después de ese momento. Si esta historia te impacta tanto como me impactó a mí cuando la descubrí investigando archivos de testimonios olvidados en Yad Bashem.
Te pido por favor que te suscribas al canal y actives la campanita de notificaciones porque estas historias absolutamente necesitan ser contadas, necesitan ser preservadas, necesitan ser recordadas para que las generaciones futuras entiendan no solo los horrores del holocausto, sino también los momentos imposibles de humanidad que ocurrieron dentro de ese horror.
Cada suscriptor asegura que podamos seguir investigando y trayendo estas narrativas que frecuentemente la historia oficial simplifica u olvida completamente. Y déjame un comentario contándome qué piensas sobre esta historia, porque estas narrativas generan conversaciones profundas que absolutamente necesitamos tener como sociedad.
LOS CASOS MÉDICOS QUE DESAFIARON TODA LÓGICA
La medicina no solo ha salvado vidas.
También ha sido testigo de historias tan perturbadoras que obligaron a replantear lo que creíamos saber sobre el cuerpo y la mente humana.
Estos casos no parecen reales…
pero ocurrieron de verdad.
Un hombre que sobrevivió con una barra atravesando el cerebro,
otro que aseguraba tener una segunda cara que le hablaba por las noches,
y uno más con un hambre tan extrema que rompía cualquier límite biológico conocido.
No eran mitos ni leyendas urbanas.
Fueron personas reales, estudiadas por médicos que no tenían explicación clara para lo que veían.
Lo inquietante no es solo lo que les pasó,
sino lo que revelaron:
que
la personalidad puede cambiar con una lesión
que
la mente y el cuerpo no siempre siguen reglas claras
y
que incluso hoy, la medicina no lo entiende todo
Casos que parecen sacados de una historia de terror…
pero que ayudaron a construir la ciencia moderna.
¿Cuál
de estos te perturbó más?
Saladino, el Caballero del Islam
Cuando los cristianos tomaron la ciudad de Jerusalén, masacraron a los habitantes musulmanes y judíos. Raymond de Aguilers se jactó: “En el Templo y el pórtico de Salomón, los hombres cabalgaban en sangre hasta las rodillas”. Saladino, sin embargo, fue más misericordioso y más caballeroso que los propios caballeros de Europa; cuando recuperó la ciudad, ordenó a sus hombres que perdonaran a los cristianos no combatientes de Jerusalén.
En un momento en que la nobleza de Europa creía que tenía el monopolio de la caballerosidad y del favor de Dios, el gran gobernante musulmán demostró ser más compasivo y cortés que sus oponentes cristianos. Más de 800 años después, es recordado con respeto en Occidente y venerado en el mundo islámico.
La cultura europea medieval lo comparó incluso con Alejandro Magno. Los historiadores no encontraban ningún personaje al que poder atribuir esas pretensiones y que recogiera el testigo del rey de Macedonia.
El INVIERNO Más Brutal Mató Más Que Stalin — −52°C ANIQUILÓ 600,000 Wehrmacht Sin Disparos
Imagina el sonido del viento ruso aullando como un lobo herido en la noche eterna. No hay balas silvando, no hay explosiones retumbando, no hay tanques rugiendo en la distancia, solo el crujido implacable del hielo formándose en tus pestañas, el temblor incontrolable de tus músculos traicionándote y el fuego invisible que quema tu carne expuesta a -52 gr bajo cer.
Esto no era la guerra contra Stalin, esto era la guerra contra la naturaleza misma, un enemigo sin rostro ni piedad que en el invierno de 1941 por 1942 se cobró 600,000 vidas de la Wermach alemana más que cualquier batalla campal más que cualquier contraofensiva soviética. 600,000 hombres que murieron congelados sin que se disparara un solo tiro.
Piensa en Hans Müller, un panadero de 22 años de Hamburgo que nunca había visto nieve antes de cruzar la frontera soviética. Han se alistó en 1939 lleno de promesas de gloria rápida, creyendo las mentiras de la propaganda que pintaba a los eslavos como inferiores y a la Unión Soviética como un gigante de barro que se derrumbaría en semanas.
En junio de 1941, cuando la operación Barbarroja desató 3 millones de soldados sobre la URS, Hans marchaba con su división de infantería ligera, riendo con sus camaradas sobre cómo pasarían el invierno bebiendo bodka en Moscú. La realidad los golpeó como un martillo en octubre, cuando las primeras nieves cayeron no como un manto suave, sino como el preludio de un apocalipsis blanco.
Hitler y sus generales cometieron el error fatal de subestimar el invierno ruso. Creían que la Blitzkrieg los llevaría a Moscú antes de que el frío llegara. "El invierno no existe en Rusia, solo en los calendarios", bromeaba un oficial en Berlín. "Pero Rusia no es Alemania. Sus inviernos no son fríos, son catastrofas bíblicas.
En noviembre de 1941, las temperaturas en el frente de Moscú cayeron a -30 gr de golpe. Los soldados alemanes, equipados con uniformes de otoño, chaquetas delgadas y botas que no aislaban, empezaron a sufrir. Pero eso fue solo el comienzo. Hans recordaba como sus dedos se entumecían al cargar el fusil Mauser, como la saliva se congelaba en su bigote antes de poder escupirla.
La primera señal de desastre llegó con el barro. El Rasputza, ese periodo maldito donde las lluvias otoñales convierten las estas en un lodasal pegajoso que succiona botas, inmoviliza tanques y transforma kilómetros de avance en pesadillas semanales. Divisiones enteras quedaban varadas comiendo raciones húmedas que se pudrían en sus estómagos.
Cuando el suelo finalmente se congeló en noviembre, los vehículos pudieron moverse de nuevo, pero los hombres ya estaban exhaustos, desnutridos, con sistemas inmunológicos destrozados. Entonces llegó el verdadero verdugo, el invierno. El 6 de diciembre de 1941, las temperaturas en las afueras de Moscú tocaron -40º. Hans y su unidad habían avanzado hasta las puertas de la capital soviética, exhaustos pero eufóricos.
Podían oler la victoria. Pero esa noche el termómetro cayó aún más. A la mañana siguiente despertaron con un mundo transformado. El aliento se convertía en nubes de vapor que congelaban sus narices internas. Las cejas se cubrían de escarcha blanca. Las armas fallaban porque el aceite lubricante se solidificaba como cemento.
Los motores de los Pancer 3 se negaban a arrancar sus bloques congelados en un sarcasmo cruel del destino. Hans vio morir a su primer compañero por el frío esa misma semana. Fritz, un berlinés bromista de 19 años, se quedó dormido durante su turno de guardia en el frío extremo. El sueño es el asesino sigiloso. Hans lo sacudió horas después, pero Fritz ya no era Fritz.
Su cuerpo estaba rígido como una estatua de hielo, su piel grisa cubierta de cristales, sus ojos abiertos en una expresión de sorpresa eterna. No había sangre, no había heridas de bala, solo el invierno, ese titán silencioso que no distingue entre soldado y civil, entre invasor y defensor. La gangrena por congelación se extendió como una plaga bíblica.
Los médicos alemanes, superados en número y sin equipo adecuado, amputaban dedos, pies, manos enteras con cerruchos romos en tiendas que eran extensiones del infierno helado. Hans presenció operaciones a la luz de velas, donde hombres gritaban hasta quedarse roncos mientras les cortaban las extremidades negras y muertas.
"Mejor un pie menos que una vida menos", les decían los cirujanos. Pero muchos morían de shock, de infección o simplemente porque sus cuerpos ya no podían más. El olor a carne podrida se mezclaba con el edor a sudor rancio y excrementos congelados. Los suministros fallaron catastróficamente. Hitler había prohibido preparar ropa de invierno, convencido de que la guerra terminaría antes.
Cuando el cuarto ejército pidió urgentemente abrigos, botas forradas y guantes en noviembre, la respuesta de Berlín fue una orden ridícula. Mantengan la moral alta y avancen. Un cable desesperado delgeneral Guderian resume la estupidez. Tropa sin ropa de invierno adecuada congelándose en sus posiciones. La respuesta, nada.