La solicitud de la jueza de la DANA para que Alberto Núñez Feijóo acuda a declarar no es un gesto menor.
No es una anécdota procesal ni un trámite más. Es, sobre todo, una interpelación moral. Porque cuando una catástrofe se lleva vidas por delante, lo que queda bajo los escombros no es solo barro: es la verdad.
La jueza de la DANA le pide los whatsapps que intercambió con Mazón el día que dijo "estar informado a tiempo real" por el expresidente valenciano.
En España existe una memoria incómoda que se activa cada vez que una crisis pone a prueba al poder. Una memoria hecha de silencios, de versiones cambiantes, de explicaciones que se desmoronan con el tiempo. Muchos ciudadanos recuerdan cómo el PP mintió con el *Prestige*, cómo se intentó manipular el relato del 11-M, cómo se ocultó la verdad del YAK-42, cómo se fabricaron excusas para una guerra injusta en Irak, cómo la Gürtel fue negada hasta que la realidad se volvió incontestable.
Recuerdan también las palabras edulcoradas sobre las residencias, mientras la muerte avanzaba por los pasillos. Y ahora, en el contexto de la DANA, muchos sostienen que volvió a ocurrir lo mismo: minimizar, desplazar responsabilidades, negar lo evidente. Que se mintió. O, al menos, que no se dijo toda la verdad.
Las comparecencias en el Congreso dejaron más dudas que respuestas.
Y no es una excepción. Para una parte significativa de la sociedad, el patrón se repite: cribados de cáncer que nunca llegaron en Andalucía, incendios forestales gestionados desde la propaganda, una sanidad pública erosionada en lugares como Torrejón, mientras el discurso oficial habla de excelencia. Siempre que hay una crisis, siempre que hay vidas en juego, aparece la misma sombra: la del relato que protege al poder antes que a las personas.
Por eso esta declaración ante la jueza importa. Porque ya no es un plató, ni una comisión parlamentaria, ni un argumentario de partido. Es un juzgado. Y allí las palabras pesan distinto.
Quizá ante la jueza se mantenga la versión. Quizá no. Pero lo que está en juego no es solo la coherencia de un dirigente, sino algo más profundo: si, por una vez, la verdad consigue abrirse paso entre tantas capas de negación. Porque se puede mentir ante cámaras, ante diputados o incluso ante la opinión pública durante años. Pero cuando las mentiras rozan la muerte, la sociedad acaba exigiendo algo elemental: que alguien responda.
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