Kim Peek nació en 1951 con una condición neurológica extremadamente rara. No tenía cuerpo calloso, la estructura que conecta los dos hemisferios del cerebro, y presentaba macrocefalia y malformaciones en el cerebelo. Los médicos dijeron a sus padres que probablemente nunca podría caminar, vestirse solo ni llevar una vida autónoma.
Se equivocaron.
Peek desarrolló una forma excepcional del llamado síndrome del sabio, una condición en la que una persona con limitaciones cognitivas en ciertas áreas muestra capacidades extraordinarias en otras.
Podía leer dos páginas a la vez, una con cada ojo. Leía un libro en menos de una hora y lo recordaba palabra por palabra. No solo recordaba historias, sino datos: fechas, mapas, partituras, números de teléfono, estadísticas deportivas, códigos postales y directorios completos.
A lo largo de su vida leyó y memorizó aproximadamente 12.000 libros.
Era, literalmente, una biblioteca humana.
Podía realizar cálculos complejos de memoria, decirte en qué día de la semana cayó cualquier fecha histórica, recitar rutas ferroviarias completas o reproducir mapas detallados después de verlos una sola vez.
En 2004, su cerebro fue estudiado por científicos vinculados a la NASA y otras instituciones, interesados en comprender cómo era posible ese tipo de procesamiento sin conexión interhemisférica.
Sin embargo, Kim no podía vivir solo. Necesitaba ayuda para tareas cotidianas simples. No sabía abrocharse una camisa, cruzar una calle con seguridad o administrar dinero.
Su inteligencia no era funcional.
Era… distinta.
En 1988, Hollywood tomó prestado su perfil neurológico para crear al personaje de Raymond Babbitt en la película Rain Man, interpretado por Dustin Hoffman. Aunque la historia es ficción, la base neurológica está inspirada directamente en Kim Peek.
Tras el estreno, Kim pasó de ser un desconocido a recorrer el mundo dando charlas, mostrando su memoria, pero sobre todo enseñando algo más profundo: que la inteligencia no es una sola cosa, ni tiene una sola forma.
Kim Peek falleció en 2009, a los 58 años.
Dejó atrás miles de libros que nunca olvidó, pero también algo más valioso: la demostración de que el cerebro humano todavía guarda misterios que no comprendemos, y que la diferencia no es lo opuesto a la capacidad, sino otra manera de existir.
No fue un genio en el sentido clásico.
Fue una ventana a lo que la mente humana puede ser cuando deja de ajustarse a nuestras categorías.
Y por eso sigue siendo inolvidable.
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