En las mazmorras de la Torre de Londres se conoció un tormento que más tarde inspiraría escenas en la ficción, pero que en su tiempo fue tan real como espantoso: la llamada “tortura de la rata”.
No era tanto un método de ejecución inmediata, sino una forma de quebrar a los prisioneros mediante el miedo y la agonía.
Había dos variantes. La primera consistía en colocar una jaula con una rata viva sobre el abdomen desnudo del prisionero. El metal se calentaba con brasas encendidas, obligando al animal, enloquecido por el calor, a buscar salida excavando con dientes y garras en la carne del cautivo.
La segunda variante, registrada en Londres, aprovechaba la subida del Támesis. Los prisioneros eran atados en cámaras subterráneas que, al subir la marea, se llenaban de agua y, sobre todo, de ratas. Atrapados, los roedores hambrientos devoraban poco a poco a quienes estaban encadenados, en una lenta condena compartida con el hedor del río.
Ambas versiones muestran la cara más oscura de la crueldad humana: usar el instinto de supervivencia de un animal para destruir la dignidad de otro ser. Más allá del espanto, este tipo de relatos nos recuerda por qué la historia de la humanidad también está hecha de sombras, y por qué el estudio del pasado es vital: para que los horrores no se repitan bajo nuevos disfraces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario