El “Día de los Inocentes”: Cuando “Dios” decidió salvar sólo a su hijo de un exterminio
Cada 28 de diciembre (una fecha realmente arbitraria), el cristianismo celebra con solemnidad —y a veces con bromas de mal gusto— el “Día de los Santos Inocentes”. Según la tradición, se recuerda el exterminio de todos los niños menores de dos años que vivían en Belén y alrededores, ordenado por el rey Herodes I el Grande, para eliminar al que supuestamente se convertiría en el “rey de los judíos”. Pero como ocurre con tantos relatos bíblicos, mientras más cerca se mira, más se deshace la trama. Y mientras más se examina su teología, más grotesco se vuelve el supuesto “plan divino”.
El relato se encuentra sólo en el Evangelio de Mateo (2:13-18), lo cual es ya sospechoso. Marcos, Lucas y Juan —tan aficionados a los milagros y señales— no mencionan ni una palabra sobre semejante mort4ndad. ¿Un exterminio local de bebés ordenado por un rey famoso por sus excesos, y ninguno de ellos lo recuerda? ¿Un evento de tal magnitud, que ni la literatura judía o romana de la época registran?
Flavio Josefo —el historiador judío que narró hasta las intrigas menores de la corte herodiana— guardó silencio absoluto al respecto. Y esto que Josefo detestaba a Herodes, por lo que si el viejo tirano hubiera hecho algo tan bestial, el historiador habría llenado capítulos enteros, señalándolo como ejemplo supremo de crueldad. Pero no: nada, ni una línea.
Desde el punto de vista histórico, este episodio se muestra más como recurso literario, que como un registro factual. Es la típica trama mitológica del rey temeroso que intenta impedir el ascenso de un héroe divino, que está presente en los relatos sobre Moisés, Sargón de Acad, Horus, Krishna, Zaratustra, y como se menciona en los textos del Mar Muerto, también en la historia mítica de Abraham, perseguido por el babilonio Nemrod.
Mateo simplemente tomó un molde muy usado, hasta desgastado: “profecía que anuncia un niño poderoso → rey malvado que se asusta → persecución → intervención divina → héroe que escapa”. Un patrón tan reciclado que ya ni Disney se atrevería a repetirlo.
Pero por puro entretenimiento intelectual asumamos por un momento que dicha mort4ndad de niños ocurrió tal como Mateo la narra. Surge entonces la pregunta más incómoda: ¿Qué clase de “Dios” omnipotente diseña un plan de salvación que incluye permitir el exterminio de docenas o cientos de bebés inocentes, sólo para proteger a uno en particular? ¿Qué opciones tenía? Veamos sólo algunas:
1. “Dios” pudo, por ejemplo, haberle provocado una mu3rte fulminante a Herodes. Un coágulo, un infarto, un aneurisma: castigos que él mismo aplica con frecuencia en la Biblia para ciertos personajes.
2. “Dios” pudo haber enviado a José, María y Jesús a Egipto, antes de que naciera Jesús, evitando así el peligro.
3. “Dios” pudo haber impedido simplemente que Herodes se enterara del nacimiento de Jesús.
Pero no: el plan perfecto, el plan luminoso y “amoroso”, fue dejar que Herodes exterminara niños al azar, para abrirle paso a Jesús, el favorito divino. Y todo porque ciertos “magos” —sin nombres, sin reinos y sin camellos en el texto original— tuvieron la indiscreción de preguntar por un “rey de los judíos” al paranoico monarca.
La lógica celestial parece funcionar así: “Salvaré al Mesías… pero los demás bebés, que se j0dan.” Un razonamiento que, si proviniera de un gobernante humano, sería catalogado como t3rr0rismo de Estado.
Pero lo más llamativo es la lectura devota que los creyentes hacen del episodio. Para los cristianos, este relato no evidencia un “Dios” negligente, brutal o incompetente, sino un conmovedor milagro: Jesús fue salvado. ¡Gloria a Dios! ¿Y los demás niños?… bueno, se “ganaron el cielo”, dicen algunos, como si eso borrara el hecho de que fueron sacrificados por un plan que, francamente, podría haber sido diseñado por un sujeto delirante.
Por supuesto, no deja de ser significativo que la empatía cristiana se dirige a un único niño—el suyo, el protagonista— y no a las víctimas colaterales. A Jesús lo celebran; a los demás los convierten en “santos inocentes”, en una anécdota piadosa. Es como cuando alguien celebra que su casa no se quemó, sin inmutarse porque el incendio destruyó toda la cuadra.
Ahora bien, si algo interesante ofrece esta narrativa es un detalle cronológico involuntario. Se sabe históricamente que Herodes el Grande falleció en la primavera del año 4 antes de la era común. Así que, si Mateo estuviera contando algo real (que no lo está), Jesús habría tenido que nacer entre los años 6 y 4 AEC. Lo cual convierte el concepto de “año 1 después de Cristo” en una simpática anomalía teológica: que Jesús nació varios años “antes de Cristo”. Un error que, por supuesto, no molesta a los creyentes. La precisión histórica nunca ha sido una virtud en ellos.
En resumen, el exterminio de los niños inocentes es un relato teológicamente cruel, históricamente dudoso y moralmente incómodo. Y, sin embargo, es celebrado como símbolo de la “providencia divina”. Que un “Dios” supuestamente amoroso salve sólo a un niño dejando perecer a muchos… eso, al parecer, no es un problema para quienes justifican cualquier cosa con tal de que el protagonista celestial salga bien librado.
Y si esto es “sabiduría divina”, uno no puede sino preguntarse si la humanidad no estaría más segura sin esa clase de control de un ente supuestamente todopoderoso.
[Godless Freeman]
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