Durante el rodaje de A Patch of Blue (1965), Sidney Poitier tomó una decisión que dejó a todo el equipo en silencio — un gesto que fue mucho más allá de la simple interpretación.
En una de las escenas más poderosas de la película, su personaje, Gordon, ayuda con delicadeza a Selina, una joven mujer blanca ciega interpretada por Elizabeth Hartman, a comprender qué significa la bondad.
En el guion, debía limitarse a reconfortarla con palabras.
Pero Poitier, percibiendo la profundidad del momento, tomó una decisión espontánea: tocarle suavemente el rostro — un gesto de ternura que implicaba un enorme riesgo en la América segregada de los años sesenta.
Cuando la cámara se detuvo, el set quedó completamente en silencio.
Posteriormente, ejecutivos del estudio advirtieron que la escena podía “provocar indignación” en el sur del país y pidieron que fuera eliminada.
Poitier se negó.
Según relatos posteriores, sostuvo que si la verdad resultaba incómoda, quizá era precisamente el momento de mostrarla.
Elizabeth Hartman, que tenía apenas 21 años y era de carácter reservado, contó más tarde que la serenidad y el respeto de Poitier le dieron la seguridad necesaria para interpretar a Selina con honestidad.
“No solo actuó conmigo”, explicó en una entrevista.
“Me protegió y me hizo sentir que era suficiente”.
La escena permaneció en la película.
Tras su estreno, algunos cines del sur se negaron a proyectarla, pero la crítica la señaló como uno de los momentos más conmovedores del cine estadounidense.
Años después, Poitier reflexionó sobre aquel instante:
“No estaba escrito. Fue un acto humano”.
Con un solo gesto de compasión, no solo desafió las convenciones de Hollywood: recordó al mundo que la decencia, la ternura y la igualdad no son ideas radicales.
Son, simplemente, lo que significa ser humano.
Fuente: American Film Institute (“A Patch of Blue y el impacto cultural de Sidney Poitier”, sin fecha disponible)
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