Los maestros, con Franco, profesión de riesgo
Los maestros, con Franco, profesión de riesgo
Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo: después de los campesinos —que si levantan la vista es porque el surco se lo permite—, los más importantes en este mundo son los maestros. Y lo afirmo sin menospreciar a médicos ni a todo aquel que vive del sudor de su propia frente, y no del sudor de los de enfrente, como reyes, jueces, militares y curas de cualquier religión; aunque a estos últimos hay que reconocerles cierta pericia:
convencer a otros de aquello en lo que ni ellos mismos creen requiere práctica… o un milagro de los de antes, de los que ya no existen ni cree nadie.
Los maestros, además, son peligrosísimos. Nunca gustaron a los poderosos. Un maestro con una tiza en la mano es un francotirador de ideas. Un lápiz, una amenaza. Una libreta, un motín. No es extraño que la República entendiera que la única revolución posible venía por la Cultura —con mayúscula, como un conjuro— y por ahuyentar al analfabetismo, ese fantasma que se sentaba a la mesa de todos los pobres. Desde el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes comenzaron a formar maestros y, sobre todo, maestras, que partieron por toda España como luces de sabiduría enviadas a encender aulas donde solo había sombra.
Tampoco es de extrañar que los golpistas, traidores a la patria aunque se envolvieran en banderas recién planchadas, tuvieran como primer objetivo silenciar esas luces. Tras su victoria, más de un tercio del magisterio español fue depurado: unos apartados, otros encarcelados, muchos asesinados. No se sabe la cifra exacta, pero sí se sabe que 546.000 expedientes disciplinarios cayeron como una tormenta negra sobre quienes habían dedicado su vida a enseñar a leer, a pensar, a preguntar —que es lo que más teme cualquier dictador, cualquier señorito, cualquier mediocre con galones o sotana.
Durante los primeros años de la dictadura hubo pueblos sin escuela; luego llegaron las órdenes religiosas, más preocupadas por adoctrinar que por enseñar (y ahora hablan ellos de adoctrinamiento, con ese descaro que solo da la impunidad). En otros lugares pusieron de maestros a alféreces provisionales, tan ignorantes que confundían el mapa de España con la plantilla del equipo de fútbol del domingo. Porque el fútbol, toros y flamenco no faltó, aunque el pan sí.
La dictadura nunca tuvo prisa por educar a nadie: a los once o doce años, los niños ya estaban trabajando, algunos mucho antes. Libros no, pero callos siempre.
Y vuelvo al principio. Yo, que apenas fui a la escuela, he tenido la suerte —ya de mayor, ya con la vida hecha costra y sabiduría prestada— de conocer a maestros que me enseñaron más que lo que aprendí de niño con barro en las uñas. Doy gracias a doña Maruja, a don Juan, a doña Matilde… y también a don José, fascista, grosero y machista, que sin saberlo me abrió la puerta de la historia y me enseñó a amarla.
A todos ellos. A todos los maestros.
A los que estuvieron, a los que están y a los que vendrán con una tiza encendida como un fósforo, dispuestos a desafiar la oscuridad. Y muy especialmente a don Jaime Flores Flores, a Merche Rodrigo Gil Rodrigo y a José Manuel Parreño Collado, que tanto me han enseñado y enseñan cada día a juntar y sembrar las letras con más atino.
Por esa admiración que tengo a los maestros, no es de extrañar que en mis novelas aparezcan siempre, en Magdalenas sin azúcar, y dentro de mi próximo libro, Las abarcas desiertas, cuatro de los protagonistas son maestros.
Paco Arenas a 27 de noviembre de 2025
Autor de "Las abarcas desiertas" y "Magdalenas sin azúcar", entre otros libros.
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