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sábado, 23 de mayo de 2026

 

Los negocios que ni la UCO ni la UDEF investigaron: de los 100.000 euros de Aznar con Gadafi al mapa del lobby de González

Los vínculos empresariales y las puertas giratorias de antiguos líderes políticos vuelven a poner el foco en el doble rasero institucional

ElPlural

23-5-26



Mientras José Luis Rodríguez Zapatero vuelve a ocupar el centro del terremoto político y mediático por el caso Plus Ultra, desde el Gobierno denuncian una investigación basada en indicios insuficientes y recuerdan que el rescate de la aerolínea ya fue avalado judicialmente. El debate, sin embargo, ha reabierto una vieja pregunta: por qué determinadas relaciones entre expresidentes, grandes empresas y negocios millonarios generaron en otros momentos menos ruido político y un escrutinio institucional mucho más discreto.

La política española lleva años instalada en una lógica donde la corrupción, los conflictos de interés y las relaciones entre poder y dinero rara vez se miden con la misma vara. La intensidad de la atención pública parece depender muchas veces menos de los hechos que del protagonista, del contexto político y del momento en el que aparecen. El foco actual sobre José Luis Rodríguez Zapatero ha vuelto a sacar a la superficie esa discusión: quién es investigado, quién es señalado y quién pasa prácticamente desapercibido.

En esa conversación aparece el nombre de José María Aznar. El expresidente del Gobierno firmó en septiembre de 2010 un contrato con Befesa, filial del grupo Abengoa, para actuar como intermediario en la obtención de contratos públicos en la Libia de Muamar el Gadafi. El acuerdo contemplaba una comisión del 1% por adjudicaciones millonarias y un adelanto inicial de 100.000 euros más IVA. Según la documentación conocida, la empresa aspiraba a proyectos vinculados a cuatro grandes plantas desaladoras cuyo valor conjunto rondaba los 950 millones de euros. 

No se trataba de una relación menor ni de una mera participación simbólica. El contrato establecía que Aznar debía prestar apoyo comercial, facilitar información estratégica y participar en las gestiones necesarias para conseguir las adjudicaciones. Todo ello ocurría mientras el expresidente mantenía una conocida proximidad política y personal con Gadafi, a quien llegó a describir públicamente como un "amigo extravagante".

Las adjudicaciones nunca llegaron a producirse debido al estallido de la guerra civil libia y la caída del régimen, pero el episodio abrió entonces un debate que nunca alcanzó grandes dimensiones: hasta qué punto un expresidente puede convertir su agenda de contactos internacionales en una herramienta profesional sin que eso provoque un examen institucional profundo.

El mappa 'lobbista' de González

La otra gran figura que vuelve a aparecer es Felipe González. El expresidente socialista construyó con los años una extensa red de relaciones empresariales y puestos en grandes compañías. Su presencia en consejos de administración, empresas de inversión o actividades ligadas al sector privado formó parte de una trayectoria conocida y en gran medida normalizada dentro del fenómeno de las llamadas puertas giratorias.

Su paso por Gas Natural y posteriormente por el grupo Boluda, además de las sociedades familiares vinculadas a actividades inmobiliarias y de inversión, dibuja un mapa de conexiones económicas que durante años apenas generó una presión pública comparable a otros casos. 

La cuestión no es si esas actividades fueron legales; muchas de ellas lo fueron y se desarrollaron dentro del marco permitido. La pregunta es otra: por qué determinadas relaciones entre política y negocios se aceptan como una consecuencia natural de abandonar la primera línea institucional mientras otras generan un nivel de sospecha y exposición infinitamente superior.

Porque una investigación judicial no equivale a una condena, igual que la ausencia de una investigación tampoco convierte automáticamente cualquier actuación en ejemplar. Pero entre ambos extremos existe un territorio político y mediático donde se construyen los relatos públicos. Y precisamente ahí es donde vuelve a abrirse una discusión incómoda: si la lupa se coloca siempre sobre los mismos nombres o si, dependiendo del color político, algunos negocios han conseguido permanecer durante años en un discreto segundo plano.


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