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viernes, 12 de junio de 2026

 


Escribió más de 50 libros y cerca de 200 relatos. Ganó más dinero que ningún escritor de su tiempo y lo gastó todo dos veces. Recorrió medio mundo en un barco construido con sus propias deudas. Durmió entre mendigos y los barrios más miserables de una gran capital europea y buscó oro en los cielos del extremo norte.

Un hombre con una mancha de tinta perpetua en los dedos y el mar en los ojos. ¿Qué convierte a un niño sin infancia en el escritor más leído del planeta? ¿Y qué precio se paga por vivir a esa velocidad? Bienvenidos a Historias de Creadores. Soy Adrián Montero y hoy hablamos de Jack London. Para entender lo que llegó a hacer, hay que volver al principio.

Y ese principio no tiene nada de glorioso. 36 horas seguidas de pie ante las máquinas, las manos en remojo constante, los dedos en carne viva, el ruido metálico de las latas golpeando el suelo de la fábrica de conservas. Tenía 14 años, le pagaban 10 centavos la hora y entregaba cada céntimo a su madre cuando llegaba a casa.

Hay noches que Jack London no recordaría con precisión, borradas por el agotamiento, pero esta la recordó siempre porque fue la noche en que comprendió que aquella vida, si no hacía algo, iba a tragárselo entero. Oakland, California. A finales del siglo XIX. La ciudad crecía desordenada a orillas de la bahía de San Francisco, mezcla de muelles ruidosos, barrios obreros y tabernas donde los marineros gastaban en una noche lo que ganaban en un mes.

Era un mundo áspero y sin contemplaciones, y Jack London nació en él sin elegirlo. Su madre, Flora Wellman, era una mujer difícil de entender. Apasionada por el espiritismo y la astrología, organizaba sesiones de mediums y se dejaba llevar por ideas que arruinaban a la familia antes de que nadie pudiera impedirlo. Cuando quedó embarazada, el hombre con quien vivía, un astrólogo llamado William Chany, la abandonó.

En su desesperación, Flora intentó quitarse la vida. El bebé nació igualmente en enero de 1876 y la madre jamás ocultó que aquella criatura le resultaba una carga difícil de amar. Ella misma lo llamó en algún momento su marca de vergüenza. Se meses después del nacimiento, Flora se casó con John London, un carpintero veterano de la guerra de secesión, hombre tranquilo y de buen corazón, que adoptó al niño y le dio su apellido.

Jack crecería, creyéndolo su padre. no supo la verdad hasta los 20 años cuando intentó contactar con Chanie y este le respondió negando ser su progenitor. Fue un golpe silencioso que Jack absorbió sin derrumbarse como tantos otros. El verdadero calor de su infancia vino de otra parte. Ginie Prentis, una antigua esclava de Tennessee, que había hecho su vida en Oakland, actuó como nodriza del recién nacido cuando Flora, debilitada por el parto, no pudo amamantarlo.

Jack vivió con ella durante sus primeros años y ella lo llamaba su pequeño saltarín, su jumping jack, que es de donde le vino el apodo que lo acompañaría toda la vida. Fue Ginny quien le enseñó a leer usando la Biblia del rey Jacobo como única cartilla. Y fue Ginie quien le dio de comer cuando la familia London no tenía con qué. Jack no lo olvidó.

Años más tarde, ya rico y famoso, siguió manteniéndola hasta el último día de vida de ella. La familia se mudaba constantemente. John London buscaba trabajo en Alameda, en San Mateo, en Oakland otra vez, siempre un poco más lejos de la estabilidad. Jack aprendió pronto que el suelo bajo los pies podía desaparecer de un día para otro y que la única constancia era el hambre.

No siempre hambre de pan, pero sí la sensación permanente de que faltaba algo, de que el mundo reservaba sus mejores cosas para otros. A los 10 años ya trabajaba, repartía periódicos antes del amanecer, ponía bolos en una boleda, barría salones de Villar, ayudaba en un carro de hielo. Todo lo que ganaba iba directo a Flora. En la escuela aprendió también otra cosa, a pelear.

En los patios de Oakland, los niños de los barrios pobres resolvían sus disputas a puñetazos y Jack era bajito, pero resistente, rápido y con una terquedad que compensaba cualquier desventaja física. Peleaba para proteger el dinero que llevaba encima, peleaba para conservar su derecho a leer en el recreo, cosa que sus compañeros consideraban motivo suficiente de burla.

La biblioteca pública de Oakland fue su verdadera escuela. Allí conoció a Ina Culbith, la bibliotecaria que en 1915 sería nombrada primera poeta laureada de California. Coolbriff lo tomó bajo su tutela, le recomendó lecturas, lo orientó entre los estantes con una generosidad que Jack nunca olvidaría. Devoraba libros de viajes, relatos de exploradores, novelas de aventuras.

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