La
carta de Juan Carlos I al Sha de Persia el 22 de junio de 1977
NuevaTribuna
Cándido
Marquesán Millán
6
de enero de 2021
Soy
cada vez más consciente de las inmensas lagunas que tenemos los
españoles sobre determinados comportamientos del Rey Emérito desde
que accedió a la Jefatura del Estado, tras la muerte de Franco. De
esos desconocimientos son responsables la política, la academia y
los medios de comunicación.
Como
señala el periodista Fernando
Ramos en
su artículo Los
escándalos de la Corona española en la prensa digital y el futuro
de la Monarquía. De la amnesia y silencio cómplice al tratamiento
exhaustivo en los medios
de 2012. Durante la transición política primero, y más tarde, a lo
largo de su reinado, los medios de comunicación españoles, salvo
contadas excepciones, se han autoadministrado sucesivamente una dosis
de amnesia y otra de tolerancia o ignorancia o tratamiento benévolo
de aquellos aspectos que afectaban al Rey, su casa y su familia, de
modo que ese “pacto tácito” tuvo una vigencia inesperada. No
pocas veces, tras aparecer determinadas informaciones en la prensa
extranjera, los medios españoles se daban por enterados de asuntos
relativos a nuestro jefe de Estado de los que daban cuenta con
detalle periódicos de otros países de Europa y de los Estados
Unidos.
La
falta de debate que la sociedad española echa de menos sobre el
dilema monarquía o república,
se evidencia en la medida que los menores de 40 o 50 años se
manifiestan despegados de una institución sobre la que sus padres no
pudieron opinar. Pero lo que resulta especialmente perverso
intelectualmente, es que se pretenda argüir que existió un
verdadero debate acerca de la Constitución de 1978 en su aspecto
esencial: la forma de Jefatura del Estado. En este sentido, conviene
recordar que el instrumento que imposibilitó en su día ese
necesario debate –que sigue pendiente- fue el Decreto-Ley
de 1 de abril de 1977 (BOE: 12-4-1977, nº 87),
sobre libertad de expresión, como nueva normativa sobre la materia
que derogaba el artículo 2 de la Ley de Prensa, suprimía
parcialmente el secuestro administrativo de publicaciones y
grabaciones y reforzaba los mecanismos jurídicos para la persecución
de los delitos de calumnia e injuria. El
art. 3º. B) del citado Decreto establecía que la Administración
podía decretar el secuestro administrativo cuando un impreso gráfico
o sonoro contuviese noticias, comentarios o informaciones que fuesen
contrarios a la unidad de España, constituyesen demérito o
menoscabo de la Monarquía o que de cualquier forma atentase al
prestigio institucional de las Fuerzas Armadas.
Nadie podía predecir entonces la dirección de los acontecimientos,
pero ante la amenaza de secuestro, muy pocos se arriesgaron a
cuestionar la monarquía, proponer una profunda reforma del Ejército
o fórmulas de articulación territorial del Estado fuera del marcado
terreno para debatirlo. Aquel proceso derivó –algunos afirman que
cautivados por la simpatía personal del monarca- en un tratamiento
exquisito de las cosas del Rey. No habría de ser en los periódicos,
sino en algunos libros donde fijarían su residencia las críticas o
los comentarios más comprometidos.
Según
Chomsky y Herman en la transmisión de mensajes simbólicos para el
ciudadano de la calle, los medios, aparte de las funciones
tradicionales (entretener, divertir e informar) inculcan valores y
pautas de comportamiento para integrarse, y, por lo tanto, aceptan,
las estructuras institucionales de la sociedad. Así pues, pueden
convertirse en los mejores creadores de ese “imaginario monárquico”
que se quiere imponer como un elemento casi natural, como parte del
ecosistema de la sociedad moderna. Ese concepto de “Imaginario
monárquico” es como una especie de sentimiento generalizado de
aceptación sumisa de que hay personas, situaciones e instituciones
que existen “per se”, sin que a los demás nos sea dado
cuestionarlas. La monarquía es una de ellas, la más evidente, sin
duda. Además de ser su representante, Juan Carlos I un dechado de
perfección, por lo que todos los españoles de bien deberíamos
estar profundamente agradecidos. Nos ha traído la democracia bajo el
brazo.
También
en la misma línea es el artículo de Adolfo
Carratalá El
tratamiento de la Monarquía española en las viñetas de los medios
digitales.
La actitud de los medios de comunicación españoles hacia la
Monarquía ha recibido diferentes denominaciones, pero todas
coinciden en apuntar a la sumisión de las principales empresas
periodísticas ante la Corona: “pacto del olvido”, “silencio
crítico”, “blindaje mediático”, “cordón sanitario” o
“pacto de silencio”. El discurso hegemónico, producido y
difundido por los medios, ha otorgado una cobertura privilegiada a la
institución. Mediante ese pacto tácito de complicidad, prensa,
radio y televisión se han sometido a un tratamiento que combinaba
dosis de amnesia con otras de tolerancia, ignorancia y aproximación
benévola a aquellos aspectos más sensibles vinculados con la Casa
Real.
La
Monarquía española forma parte, por lo tanto, de los principales
tabúes de los periodistas españoles. La prensa se esforzó en
representar a Juan Carlos I como “actor democratizador” y “héroe
de la fundación del régimen democrático”, en un claro intento
por silenciar el vínculo del rey con Franco y evitar, así,
erosionar la figura del monarca. Esta tarea legitimadora no fue
exclusiva de los redactores o de los fotógrafos. Incluso durante la
transición, los humoristas adoptaron el mismo tono que los
periodistas frente a la figura de Juan Carlos I”, que acabó siendo
convertido “en un personaje estereotipado y simbólico para
favorecer el flujo democrático”. Aquel tipo de tratamiento se
asentó y consolidó alcanzando a la práctica totalidad del
ecosistema comunicativo español, a excepción de “medios de
comunicación menores, con escasa influencia, o de carácter
irreverente y satírico”, como la revista El
Jueves.
Este semanario humorístico ha sido el principal reducto de crítica
mordaz contra la Corona durante años. El semanario satírico El
Cocodrilo fue
secuestrado el 18 de noviembre de 1985 por el artículo “Cosas
reales. Con el debido respeto, 10 años de borbonez”. Los medios
comenzaron a romper este pacto de silencio cuando irrumpieron los
escándalos del caso Urdangarín o la cacería del rey en Boswana. En
los medios escritos el primero que inició su capacidad crítica
hacia la Monarquía fue Público.
Luego se sumaron muchos medios digitales, que han proliferado en el
panorama informativo. Y cuando los escándalos de la Monarquía eran
inocultables no tuvieron otra opción que sumarse los grandes medios.
Eso sí, con diferencias. No es lo mismo El
País que ABC.
Hoy da la impresión que la mayoría de los medios tienen barra libre
para atacar al Emérito, y así proteger a Felipe VI y a la
institución monárquica. Lo que no deja de ser perverso es que
muchos medios acusan a Unidas Podemos del descrédito de la
institución monárquica. La monarquía se desacredita por sí misma.
***
Hecha
esta digresión sobre el buen trato mediático a la monarquía hasta
la segunda década del siglo XXI, quiero fijarme en un hecho
paradigmático de este pacto de silencio, que es la carta dirigida
por Juan
Carlos I al Sha de Persia el 22 de junio de 1977 y
que fue enviada desde la Zarzuela. He podido conocerla en la Tesis
Doctoral de Luis
Fernando Ramos Fernández Las
limitaciones a la Libertad de Expresión, derivadas de la
reinstauración de la Monarquía en España del
2014. La reproduzco y posteriormente haré un resumen del comentario
extraído de la Tesis. Apareció en 1991 en la edición del diario
de Asadollah
Alam, ministro
del Interior y Primer Ministro del Sha Reza Pahlevi.
“Mi
querido hermano: Para empezar, quisiera decirte cuán inmensamente
agradecido estoy por que hayas enviado a tu sobrino, el príncipe
Shahram, a verme, facilitándome así una respuesta rápida a mi
petición en un momento difícil para mi país. Me gustaría a
continuación informarte de la situación política en España y del
desarrollo de la campaña de los partidos políticos, antes, durante
y después de las elecciones. Cuarenta años de un régimen
totalmente personal han hecho muchas cosas que son buenas para el
país, pero al mismo tiempo dejaron a España con muy deficientes
estructuras políticas, tanto como para suponer un enorme riesgo para
el fortalecimiento de la monarquía. Después de los seis primeros
meses de gobierno de Arias, que yo estuve igualmente obligado a
heredar, en julio de 1976 designé a un hombre más joven, con menos
compromisos, a quien yo conocía bien y que gozaba de mi plena
confianza: Adolfo Suárez. Desde aquel momento prometí solemnemente
seguir el camino de la democracia, esforzándome siempre en ir un
paso por delante de los acontecimientos a fin de prevenir una
situación como la de Portugal que podría resultar aún más nefasta
en este país mío. La legalización de diversos partidos políticos
les permitió participar libremente en la campaña electoral,
elaborar su estrategia y emplear todos los medios de comunicación
para su propaganda y la presentación de la imagen de sus líderes,
al tiempo que se aseguraron un sólido soporte financiero. La
derecha, asistida por la banca de España; el socialismo, por Willy
Brandt, Venezuela y otros países socialistas europeos; los
comunistas, por sus medios habituales. Entretanto, el presidente
Suárez, a quien yo confié firmemente la responsabilidad del
gobierno, pudo participar en la campaña electoral sólo en los
últimos ocho días, privado de las ventajas y oportunidades que
expliqué ya anteriormente y de las que se pudieron beneficiar los
otros partidos políticos. A pesar de todo, solo, y con una
organización apenas formada, financiado por préstamos a corto plazo
de ciertos particulares, logró asegurar una victoria total y
decisiva. Al mismo tiempo, sin embargo, el partido socialista obtuvo
un porcentaje de votos más alto de lo esperado, lo
que supone una seria amenaza para la seguridad del país y para la
estabilidad de la monarquía,
ya que fuentes fidedignas me han informado que su partido es
marxista. Cierta parte del electorado no es consciente de ello y los
votan en la creencia de que con el socialismo España recibirá ayuda
de algunos grandes países europeos, como Alemania, o en su defecto
de países como Venezuela, para la reactivación de la economía
española. Por esa razón es imperativo que Adolfo Suárez
reestructure y consolide la coalición política centrista, creando
un partido político que sirva de soporte a la monarquía y a la
estabilidad de España. Para lograrlo, el presidente Suárez
claramente necesita más que nunca cualquier ayuda posible, ya sea de
sus compañeros o de países amigos que buscan preservar la
civilización occidental y las monarquías establecidas. Por esta
razón, mi querido hermano, me tomo la libertad de pedir tu apoyo en
nombre del partido político del presidente Suárez, ahora en difícil
coyuntura; las elecciones municipales se celebrarán dentro de seis
meses y será ahí más que nada donde pondremos nuestro futuro en la
balanza. Por eso me tomo la libertad, con todos mis respetos, de
someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder diez
millones de dólares como tu contribución personal al
fortalecimiento de la monarquía española. En caso de que mi
petición merezca tu aprobación, me tomo la libertad de recomendar
la visita a Teherán de mi amigo personal Alexis Mardas, que tomará
nota de tus instrucciones. Con todo mi respeto y amistad. Tu hermano,
JUAN CARLOS”.
Charles
Powell en su
biografía de Juan
Carlos I un Rey para la democracia de
1995, recuerda que, a los pocos días de las elecciones, don Juan
Carlos escribió una larga carta al Sha de Irán, a quien había
visto en varias ocasiones desde su primera visita a Teherán en 1969,
en la que pasa a revista a la situación política española. El
autor sigue el relato que de este asunto hace el periodista e
investigador Jesús
Cacho en
un libro anterior, de gran éxito, por cuanto descubría los
entresijos del poder económico y mediático en España.
Según Powell,
no parece que el papel de un rey constitucional sea intervenir de
modo tan directo en política. La carta famosa comienza aludiendo al
régimen del que Juan Carlos era heredero, y dando la sensación de
que no tenía nada que ver con él -Ya trataron los medios de
desvincularlo del régimen franquista-. No obstante, reconoce que los
cuarenta años de régimen absolutamente personal hicieron mucho bien
al país, pero al mismo tiempo privaron a España .de estructuras
políticas, lo cual suponía enorme riesgo para el fortalecimiento de
la monarquía. Para fortalecerla era preciso ayudar al partido de la
“Reforma”, es decir a la UCD, mediante los adecuados apoyos
económicos, entre reyes, que cerraran el paso a los socialistas y
otros partidos de izquierda, y que por aquel entonces todavía se
declaraban republicanos-Luego en el debate constitucional socialistas
y comunistas aceptaron la monarquía-. El tono de la carta es
patético, y llama la atención sobre los riesgos de que ganen los
socialistas. Peligraría la monarquía y la estabilidad del
país, ¿quién
podría crear esa inestabilidad? Obviamente, los militares.
Y los socialistas podían recibir ayudas de sus partidos hermanos.
Era preciso apoyar a Suárez con diez millones de dólares.
Powell tiene
que reconocer que de haberse conocido el contenido de esta carta
en el verano de 1977, el prestigio y la autoridad del rey habrían
resultado gravemente dañados, no sólo porque revelaba hasta qué
punto estaba dispuesto a intervenir en favor de una opción política
concreta sino debido al carácter no democrático del régimen iraní.
No resulta fácil determinar en qué medida reflejaba esta carta la
verdadera postura de don Juan Carlos ante el reciente proceso
electoral. Al ir dirigida a un autócrata poco amigo de la democracia
parlamentaria, el monarca español no tenía más remedio que
exagerar la gravedad de la amenaza que podía suponer el PSOE para
justificar la petición de ayuda, en parte porque los malos
resultados del PCE no permitían azuzar el fantasma de un supuesto
“peligro comunista”. No olvidemos que en aquel contexto, el
poder, todo el poder del Estado estaba en manos de la UCD, con su red
de gobernadores civiles con las capacidades de las que los dotara el
franquismo, intactas. Y ahora, el refuerzo del Rey. La respuesta del
Sha vino a decir que estudiaría el caso y respondería, pero no
sabemos si el dinero finalmente llegó. Powell
afirma que el aplazamiento de las elecciones municipales a 1979 causó
gran alivio en la Zarzuela, donde estaba vivo el recuerdo de las de
1931 que provocaron la caída de la monarquía de Alfonso XIII.