Asia:
Un continente con una gran población sin “Dios”. Cuando el
ateísmo no es rebeldía, sino tradición
Desde
una perspectiva occidental, el ateísmo suele entenderse como una
ruptura: una negación, una rebeldía intelectual contra un “Dios”
previamente asumido como real, central y normativo. Sin embargo, este
marco conceptual se desmorona cuando se observa con atención la
historia cultural y filosófica de gran parte de Asia. Allí el
ateísmo —o algo muy cercano a él— no surge como reacción, sino
como condición de origen.
En
amplias regiones de Asia oriental y meridional —China, Japón,
Corea, Vietnam, India— no tiene sentido cultural “creer en Dios”,
sencillamente porque no existe la idea dominante de un “Dios”
creador personal, omnipotente y moralizador, como el que caracteriza
a las religiones abrahámicas. Por tanto, esa frecuente pregunta
occidental: “¿Crees en Dios?”, resulta en muchos de esos
contextos, tan extraña como irrelevante.
Y
es que uno de los errores más persistentes del pensamiento
occidental es identificar religión con fe, y fe con creencia
obligatoria. Pero en gran parte de Asia, la religión no se organiza
alrededor de credos, sino de prácticas, rituales y normas éticas.
No se exige adhesión mental a una doctrina revelada, sino la
participación en una tradición cultural.
Por
eso millones de personas practican rituales budistas, confucianos o
taoístas, sin sentir la necesidad de “creer” en nada
sobrenatural en el sentido teísta. Porque nunca se les enseñó que
creer fuera el centro de la vida espiritual… porque ese centro
simplemente no existe en sus tradiciones.
Así,
religiones y filosofías tan influyentes como el budismo y el
jainismo, prescinden por completo de un “Dios” creador. El propio
Buda rechazó la idea de un creador eterno, y consideró que
especular sobre dioses distraía del problema real: el sufrimiento
humano y sus causas. En el budismo los dioses —si existen— no
salvan, no juzgan y no redimen. Son irrelevantes.
Pero
el jainismo va aún más lejos: el universo es eterno, no creado, y
la liberación depende exclusivamente del esfuerzo ético y ascético
del individuo. No hay algo así como “gracia divina” ni “voluntad
superior” que premie o castigue.
Incluso
dentro del hinduismo, a menudo caricaturizado por un politeísmo
exuberante, existen escuelas filosóficas abiertamente no teístas,
como Samkhya o Mimamsa, que consideran innecesaria —e incluso
incoherente— la hipótesis de un creador. Y estas tradiciones
demostraron hace más de dos mil años que es posible explicar el
mundo, el sufrimiento y la moralidad sin recurrir a dioses.
Por
eso, a diferencia del cristianismo occidental, Asia no tuvo que
“sacrificar a Dios”; porque nunca lo colocó en el centro del
universo ni de la vida moral.
Por
otra parte, a menudo se atribuye el alto nivel de secularidad en
países como China o Vietnam, a la influencia del comunismo y el
ateísmo estatal. Sin embargo, esta explicación es insuficiente,
porque si bien es cierto los regímenes comunistas reforzaron la
secularización, no la crearon. Se trata de sociedades que ya estaban
culturalmente preparadas para vivir sin dioses personales mucho antes
de Marx o Lenin. El confucianismo es una ética social sin teología;
el taoísmo es una cosmología naturalista, y el budismo es una
psicología del sufrimiento sin creador. Por tanto, el comunismo
encontró un terreno fértil, precisamente porque no tuvo que
desmontar la idea de un “Dios” central, tal como ocurrió en
Europa.
Pero
esto no significa que las culturas asiáticas sean estrictamente
racionalistas o científicas. Históricamente han practicado
rituales, honrado ancestros, creído en fuerzas impersonales,
energías, destinos y equilibrios cósmicos. Por tanto, existe un
pensamiento mágico, pero no un teísmo personal. Y aquí está la
clave: si definimos ateísmo no como la negación explícita de todo
lo sobrenatural, sino como la ausencia de creencia en un “Dios”
creador, personal, omnipotente y moralizador, entonces una conclusión
incómoda se vuelve inevitable: la mayor parte de la humanidad es
atea.
Sí,
China, India, Japón, Vietnam y otros países asiáticos, concentran
una proporción enorme de la población mundial. Y si aceptamos una
definición antropológicamente honesta de ateísmo —no creer en un
“Dios” personal que crea el mundo, dicta la moral y juzga a los
humanos—, entonces la mayoría de los seres humanos vivos hoy son,
en ese sentido, ateos. Y esto desmonta una de las grandes ilusiones
del pensamiento religioso occidental: la idea de que el teísmo es lo
“normal” y el ateísmo es la excepción. Porque históricamente,
culturalmente y demográficamente, no lo es.
Más
bien todo esto nos obliga a invertir la pregunta habitual. En lugar
de preguntarnos por qué Asia puede vivir “sin Dios”, deberíamos
preguntarnos: ¿Por qué en Occidente se volvió obligatorio creer en
un “Dios” para ser considerado normal? Una pregunta que dice
mucho más sobre la historia del cristianismo, que sobre la
naturaleza humana.
[Godless
Freeman]
Referencia:
https://theconversation.com/atheism-has-been-part-of-many...