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viernes, 13 de marzo de 2026
El glorioso partido que come paella sin saber lo que come
Vox descubre el peligro islámico en los comedores escolares, ignorando que lleva siglos comiéndose Al-Ándalus sin darse cuenta
El Plural
Diego Cruz Torrijos
13-3-26
Hay que reconocerle a Vox una coherencia admirable: han conseguido que hablar de menús escolares suene a las puertas de Viena. No cualquiera tiene ese talento. Que un niño de ocho años pueda comer pollo sin cerdo en un colegio público se ha convertido, en su relato, en la avanzadilla de una civilización que viene a sustituir la nuestra. Dramático. Urgente. Y, sobre todo, convenientemente ignorante de que esa "nuestra civilización" lleva el árabe cosido en las entrañas desde hace doce siglos.
Pero no seamos injustos. Quizás los portavoces del partido de la extrema derecha, y no menos extrema ignorancia, simplemente no saben. Quizás nadie les explicó que la palabra "ojalá", que seguramente usan cuando desean que les salga bien la próxima rueda de prensa, viene del árabe inshallah. O que el "azúcar" con el que endulzan el café de sus reuniones de partido es un arabismo de manual. O que la "almohada" sobre la que duermen tan tranquilos después de cada aparición televisiva les fue legada, lingüísticamente hablando, por esa civilización que ahora consideran incompatible con la española.
La posición es tan valiente como la del señor que lleva toda la vida comiendo paella, ese plato de arroz árabe cocinado en aceite árabe con azafrán difundido por los andalusíes, y sale a la tribuna a advertir del peligro islámico. Hay que tener estómago. Y hay que tener, sobre todo, una relación muy particular con el espejo.
Vox nos habla de una España pura, de una identidad inmaculada que hay que defender de las contaminaciones externas. Lo hace con declaraciones estrambóticas que buscan fomentar enfrentamiento y hostilidad sobrevenida, y lo llevan a los ayuntamientos y los Parlamentos Autonómicos con preguntas y proposiciones delirantes. Cuentan el cuento de una España preciosa. El problema es que nunca existió. La España real, la que ellos dicen amar con tanta vehemencia que ya da un poco de miedo, fue durante siglos un hervidero de culturas, lenguas y religiones que se mezclaron, se copiaron, se pelearon y, de paso, construyeron algo extraordinario.
Córdoba fue, en el siglo X, la ciudad más poblada y culta de Europa Occidental. No a pesar del Islam, sino en buena medida gracias a él. Mientras el resto del continente tanteaba en la oscuridad medieval, en la Península se traducía a Aristóteles, se cultivaba la poesía, se perfeccionaban los sistemas de riego que hoy riegan los campos que tanto defienden. Pero claro, señalar esto resulta incómodo cuando el argumento de fondo es que Islam y España son incompatibles por definición.
La tradición culinaria que estos patriotas de pacotilla erigen en estandarte identitario es, en un porcentaje elevado, herencia directa de aquello que teme. Los buñuelos, el mazapán de Toledo, el alfajor, el pescado frito andaluz, los pestiños de las abuelas y las torrijas de Semana Santa, esa Semana Santa tan española, tan nuestra, tienen raíces que los arqueólogos gastronómicos rastrean sin ningún esfuerzo hasta las cocinas andalusíes y sefardíes. Defender las torrijas mientras se agita el fantasma del Islam es, en términos intelectuales, un deporte de riesgo.
Particularmente inspirado resulta el argumento que utiliza los derechos de las mujeres como munición contra los menús halal. La lógica es deslumbrante: para proteger a las mujeres musulmanas de su religión, lo mejor es asegurarse de que no puedan comer en los hospitales públicos según sus creencias. Es el feminismo más original que ha dado este país desde que alguien decidió que la mejor forma de defender la maternidad era recortar las bajas.
Si Vox estuviera realmente perturbado por la situación de las mujeres en España, tendría trabajo de sobra sin salir del país: brecha salarial, violencia machista, precariedad, techo de cristal. Material suficiente para décadas de proposiciones no de ley. Pero es mucho más rentable electoralmente señalar a la mujer con hiyab en la cola del súper que legislar sobre la igualdad salarial. Los votos están donde están.
Lo que Vox ha conseguido, en el fondo, es algo casi filosófico: declararle la guerra a la historia de su propio país. Cada vez que agitan el fantasma de la "islamización", están negando ocho siglos de civilización peninsular. Cada vez que hablan de "costumbres ajenas a nuestra tradición", están ignorando que esa tradición se construyó, ladrillo a ladrillo y arabismo a arabismo, sobre el mestizaje.
Es el autoodio histórico elevado a programa político. Y lo más irónico es que lo hacen queriendo hacernos creer que están defendiendo algo. De pie sobre las ruinas de Al-Ándalus, comiendo mazapán toledano y diciendo "ojalá" sin pestañear, hablan de proteger una pureza que la historia nunca les concedió.
Mientras tanto, en algún comedor escolar de España, un niño come sin cerdo. Y la civilización, inexplicablemente, continúa.
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