La paradoja de la fe y el miedo a la muerte
Se dice que los cristianos, al morir, caminarán por las calles de oro de la Nueva Jerusalén metafísica, contemplarán el mar de cristal, estarán con Jesús y gozarán de la vida eterna. Sin embargo, irónicamente, son ellos los que temen la muerte, los que viven con angustia frente al inevitable final del soma, bajo la sombra del juicio y del castigo.
Por otro lado, los ateos y los agnósticos, que no creen en promesas metafísicas, que no se apoyan en salvaciones sobrenaturales ni en mediadores celestiales, no le temen a la muerte. Ellos enfrentan lo desconocido, lo incognoscible, y sin embargo caminan con serenidad, conscientes de que la vida termina y que lo que importa es la ética, la acción y la responsabilidad en este mundo, sin depender de recompensas ni castigos sobrenaturales.
Paradójicamente, según la teología que se predica: debería ser al contrario. Aquellos sin fe, que enfrentan lo incognoscible y lo absoluto sin garantías, deberían temer más; y aquellos que tienen asegurada la eternidad, la salvación garantizada, deberían estar tranquilos. Pero no es así. La fe, lejos de liberar del miedo, a menudo lo intensifica, encadenando la mente al temor, la culpa y la dependencia de dogmas arcaicos.
Esto revela algo profundo sobre la religión: no se trata solo de trascendencia, de vida eterna o de consuelo, sino de control psicológico y emocional, de moldear la conducta mediante miedo y promesas. La verdadera paradoja es que quienes viven con libertad ética y pensamiento crítico —sin esperar salvación ni castigo— enfrentan la muerte con calma, mientras quienes tienen todas las promesas divinas, viven esclavizados por el terror a un juicio que nunca pondrá fin a su ansiedad.
__ 𝗢𝘀𝗺𝗶𝗻 𝗭𝗮𝗹𝗱𝗮ñ𝗮
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