En la antigua China, especialmente durante la dinastía Han, existió una forma de castigo tan silenciosa como inquietante.
No usaba cuchillas.
No dejaba cicatrices.
No rompía huesos.
Se basaba en algo que hoy asociamos con el juego.
Las cosquillas.
Conocida como zhila, esta práctica era utilizada sobre todo contra nobles y funcionarios. Se la consideraba un método “civilizado” porque no dejaba marcas visibles. El castigado podía reaparecer en público sin señales de maltrato. Pero lo que no se veía era el verdadero daño.
Lo que empieza como risa deja de serlo muy pronto.
Cuando las cosquillas son prolongadas, inevitables y sin posibilidad de escape, el cuerpo entra en pánico. La risa se vuelve forzada, incontrolable. La respiración se desordena. Aparece la hiperventilación, los espasmos, la sensación de ahogo. El cuerpo intenta defenderse de un estímulo que ya no es placer, sino agresión.
En casos extremos, podía ser letal.
El riesgo aumentaba en personas con problemas cardíacos. El estrés extremo, la descarga de adrenalina, el aumento brusco del ritmo cardíaco y de la presión podían desencadenar arritmias graves o un colapso repentino.
Pero el daño más profundo no siempre era físico.
La tortura funcionaba también en la mente. La invasión del cuerpo, la imposibilidad de resistir, la humillación de reír mientras se sufre, rompían algo esencial en la persona. El prisionero perdía control, dignidad y voluntad, sin que el verdugo necesitara recurrir a instrumentos visibles.
Era una violencia sin sangre.
Una crueldad sin marcas.
Un recordatorio inquietante de que incluso aquello que asociamos con la inocencia puede convertirse, en otro contexto, en una herramienta de dominio.
La historia no siempre castiga con fuego o hierro.
A veces castiga con silencio…
y con risa obligada.
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