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martes, 10 de febrero de 2026


 


(Sobre la serpiente y Eva en el jardín de Edén)

El relato de Eva y la serpiente en Génesis no nace para ser leído como crónica histórica ni como descripción literal de un suceso ocurrido en un jardín real. Pertenece al mundo del lenguaje simbólico, al registro midráshico y sapiencial del antiguo Israel, donde las verdades más profundas no se comunican mediante datos, sino mediante imágenes. El texto no pregunta qué pasó, sino qué significa ser humano.

La serpiente, el najash, no es presentada como un demonio ni como una entidad sobrenatural caída. El texto hebreo es sobrio y deliberado: la serpiente es “la más astuta de los animales del campo”. Astucia, sagacidad, inteligencia práctica. En el imaginario del antiguo Cercano Oriente, la serpiente no era un símbolo negativo por defecto. Todo lo contrario: estaba asociada a la sabiduría, al conocimiento oculto, a la capacidad de renovación y, en algunos contextos, incluso a la inmortalidad. Basta recordar los cultos mesopotámicos, los símbolos egipcios o la misma serpiente de bronce en la tradición israelita posterior.

Por eso, leer a la serpiente como el yetzer hará resulta mucho más coherente que convertirla en un “Satanás” importado desde teologías tardías. El yetzer hará no es un demonio externo, sino la inclinación interna, la fuerza ambigua que empuja al ser humano a transgredir límites, a desear lo que no le corresponde, a absolutizar su propia autonomía. La serpiente no obliga, no fuerza, no impone. Sugiere, cuestiona, seduce mediante el lenguaje. El pecado, en este relato, no entra por la violencia, sino por la reinterpretación del sentido.

Eva no actúa por ignorancia, sino por deseo de sabiduría. El texto es claro: el árbol es “deseable para alcanzar discernimiento”. Aquí está una de las claves más incómodas del relato: el origen del pecado no es la maldad, sino la pretensión de apropiarse del conocimiento último, de decidir por uno mismo qué es el bien y qué es el mal sin asumir las consecuencias ontológicas de ese acto. No se trata de comer una fruta, sino de cruzar un umbral existencial.

El castigo, si puede llamarse así, no es un decreto arbitrario de un Dios ofendido, sino la descripción de una fractura. A partir de ese momento, el ser humano vive dividido: entre deseo y límite, entre conciencia y culpa, entre responsabilidad y evasión. La expulsión del jardín no es geográfica, es simbólica. Se sale del espacio de la armonía para entrar en la historia, con todo lo que ello implica: trabajo, dolor, muerte, pero también libertad y responsabilidad.

Así, el relato de Eva y la serpiente no explica cómo empezó el pecado en el tiempo, sino cómo se origina en la condición humana. No acusa a la mujer, no demoniza a un animal, no funda una doctrina del pecado hereditario. Ofrece, más bien, una antropología teológica profunda: el ser humano es capaz de elegir, pero esa capacidad conlleva ruptura cuando se ejerce sin sabiduría ética.

Leído de este modo, Génesis no es un libro ingenuo ni primitivo. Es brutalmente honesto. Nos dice que el problema no está fuera, sino dentro; que la tentación no llega con cuernos, sino con argumentos; y que la serpiente sigue hablando cada vez que el ser humano confunde conocimiento con poder y libertad con ausencia de límites.

-- Osmin Zaldaña


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