Buscar este blog

viernes, 17 de abril de 2026

 

La derecha española se queda sola en su fanatismo con Israel y su sumisión a Trump

La nueva relación de Europa con Washington y Tel Aviv pilla a contrapié a la derecha española

Suren Gasparyan

ElPlural

17-4-26



La derecha española sigue hablando de Israel y de Estados Unidos como si Europa no hubiera cambiado de pantalla. Pero ha cambiado. Lo han hecho gobiernos conservadores, ejecutivos liberales, incluso dirigentes que hace nada presumían de cercanía ideológica con Trump o de sintonía total con Netanyahu. No por convicción moral repentina. Por necesidad política. Porque el coste de seguir obedeciendo ya no es abstracto. Se mide en desgaste interno, en presión social, en pérdida de margen y en una evidencia cada vez más difícil de tapar: el viejo alineamiento ya no encaja con la realidad.

En España, sin embargo, hay un filtro que lo deforma todo. Para la derecha y la extrema derecha parece que el único mal que existe se llama Pedro Sánchez. Da igual lo que pase fuera. Da igual que Trump castigue a Europa con su lógica de fuerza, da igual que Netanyahu haya llevado a Israel a un choque cada vez más evidente con parte de sus propios aliados, da igual que en varias capitales europeas se hayan empezado a revisar posiciones que hace un año parecían intocables. Al final, PP y Vox lo reducen todo al mismo marco doméstico: si Sánchez dice algo, ellos dicen lo contrario; si Sánchez toma una posición, ellos la convierten en sospechosa por el mero hecho de venir de él.

Ese reflejo les impide leer el momento. También les impide admitir una evidencia incómodala figura de Sánchez no ha hecho más que agrandarse en el terreno internacional precisamente por sus posiciones. No porque exista una adhesión unánime a su política exterior, ni porque España marque por sí sola el paso de Europa, sino porque varias de las tesis que defendió antes o con más claridad que otros —el reconocimiento de Palestina, la crítica a la impunidad israelí, la necesidad de autonomía europea frente a los impulsos de Washington— han dejado de sonar excéntricas para empezar a formar parte del nuevo lenguaje europeo. Lo que PP y Vox presentaban como extravagancia o propaganda se parece hoy bastante más a una anticipación política que a una anomalía.

Eso es lo que la derecha española no quiere ver. O no puede. Mientras una parte de Europa empieza a corregir, aunque tarde y a trompicones, aquí se sigue instalado en una política exterior de reflejos automáticos. Israel sigue siendo intocable. Trump, una referencia incómoda pero útil. El esquema es viejo, pero lo mantienen como si no hubiera pasado nada en Gaza, como si el trumpismo no hubiera dejado de ser sólo una extravagancia americana para convertirse también en un problema europeo.

No se trata de exagerar el giro continental. Europa no ha roto de forma limpia con Israel ni con Estados UnidosTampoco España. No hay épica ahí. Hay cálculo, presión y miedo al coste. Pero precisamente por eso el cambio resulta más elocuente. Cuando hasta gobiernos que no querían moverse empiezan a hacerlo, conviene mirar. Meloni ha tomado distancia de Israel y ha marcado perfil propio ante Trump. Macron, a su estilo, lo mismo. Merz, en Alemania, ha tenido que corregir el tono después de una genuflexión ante Washington que le pasó factura y que ha servido de caladero de votos para que la extrema derecha siga campando a sus anchas. Orbán, que durante años se vendió como adelantado del nuevo orden reaccionario, ha terminado pagando el desgaste de ese modelo y de esa cercanía ideológica. Hasta dentro del propio movimiento MAGA ya empiezan a proliferar las voces que le exigen a Trump que ponga freno a los deseos anexionistas de Netanyahu. No son casos idénticos, pero apuntan en la misma dirección: la obediencia ya no da el mismo rendimiento político que antes.

Patriotas de boquilla

Ahí aparece una de las mayores imposturas de la derecha y la extrema derecha españolas. Llenan cada discurso de patriasoberaníaorgullo nacional y defensa de España. Lo hacen con insistencia casi litúrgica. Pero en cuanto Washington habla, esa retórica se encoge. En cuanto Trump aprieta, la patria desaparece. En cuanto Israel actúa, la firmeza se convierte en justificación. El patriotismo que exhiben con tanta facilidad contra Bruselas o contra el adversario interno se evapora cuando el poder viene de fuera.

Ese es el punto más revelador. PP y Vox usan la nación como arma retórica, no como criterio político real. Porque defender de verdad una posición nacional exigiría medir qué perjudica a España y a Europa, no qué satisface a Trump o qué blinda a Netanyahu. Exigiría autonomía. Exigiría capacidad de decir no. Exigiría entender que un arancel de Washington, una escalada militar impuesta desde fuera o una sumisión diplomática también lesionan intereses propios. Pero ahí la derecha española calla, suaviza o mira hacia otro lado. Patria para el mitin. Sumisión para la práctica.

Vox lo representa de una forma casi puraHa hecho del apoyo a Israel una cuestión identitaria y del trumpismo una especie de catecismo político. No importa que Trump actúe contra intereses europeos. No importa que su política comercial castigue sectores estratégicos. No importa que su lógica internacional arrastre a los aliados a escenarios de mayor inestabilidad. Vox reacciona igual: busca un culpable en Bruselas, en la izquierda, en el ecologismo, en cualquier sitio menos en el aliado al que no quiere incomodar. Esa no es una posición de fuerza. Es una dependencia ideológica.

El PP intenta disimular más. Su problema no es el fervor, sino la falta de pulso. Quiere conservar su credencial atlantista, no alejarse demasiado de la línea dura de su espacio y, al mismo tiempo, no aparecer como subordinado. El resultado suele ser una mezcla de ambigüedad y retraso. Llega tarde a las rectificaciones, mide cada palabra y acaba ocupando un lugar cada vez más estrecho. Ni lidera una posición europea propia ni se atreve a romper con el marco anterior. Cuando otros corrigen, el PP calcula. Cuando otros toman distancia, el PP duda.

Por eso la derecha española se queda sola. No sola frente a una Europa de izquierdas, que no existe. Sola frente a una Europa que, por pura necesidad, empieza a asumir hechos que aquí todavía se maquillan. Que Netanyahu ha colocado a sus aliados en una posición políticamente insostenible. Que Trump no es sólo un socio incómodo, sino un factor directo de presión y desorden para Europa. Que la soberanía no consiste en agitar banderas contra el vecino más débil mientras se baja la cabeza ante el más fuerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario