¿Quién fue el actor español que el mismísimo George Cukor y Charle Chaplin dijeron de él que era el mejor actor del mundo? Pues fue un niño nacido en el Madrid de entreguerras, un niño que apenas conoció a su padre, un funcionario del Ministerio de Justicia que huyó del hogar familiar, y que estuvo al cuidado de su progenitora, también administrativa en otro ministerio de la época, el de la Guerra. Fue un adolescente tímido que se refugiaba en el dibujo para no pensar demasiado en sus privaciones, y empezó a trabajar pronto y el cine se convirtió en un lugar en el que conseguir dinero.
Sus primeras tare as tras las cámaras tuvieron que ver como figurinista y escenógrafo, hasta que Berlanga y Bardem le dieron un pequeño papel en “Esa pareja feliz” (1951). Y así comenzaba la historia de JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ (1922-2009), uno de los actores más prolíficos del séptimo arte (ahí quedan sus más de 250 películas en seis décadas entre cine y televisión). Porque López Vázquez es mucho López Vázquez y su recuerdo sigue muy presente a través de libros como ‘El universo de José Luis López Vázquez’ (Notorious Ediciones).
Los principios no fueron fáciles, casi nunca lo son. Y en aquel año 1951 se casó con otra actriz a la que conoció entre rodaje y rodaje, Ana María Ventura, matrimonio desintegrado a final de la esa década porque las penurias hicieron mella. Por aquella época los papeles de López Vázquez fueron ganando en peso e importancia. Ya no era el segundón que aparecía de refilón en la pantalla, sino un secundario con todas las letras en películas importantes como las de Marco Ferreri, “El pisito” (1959) y “El cochecito” (1960), o el mismo “Plácido” (Luis García Berlanga, 1961), que llegó a estar nominada al Óscar como mejor película extranjera. Tras separarse, conoció a otra mujer, la francesa Katty Magerus, relaciones públicas del famoso local Bocaccio con la que tuvo dos hijos. Aquella unión coincidió, durante la década de los 60, con la época dorada del actor, que trabajó en una y mil producciones comerciales y también en otras más ambiciosas artísticamente. No hay más que verle en comedias de José María Forqué como “Usted puede ser un asesino” (1961), “Atraco a las tres” (1962) o “Un millón en la basura” (1967) para comprobarlo, pero también en “Peppermint Frappé” (Carlos Saura, 1967) - un hito en su carrera donde comenzó a demostrar su dimensión dramática -. “El turismo es un gran invento” (Pedro Lazaga, 1968) - una de las mejores “españoladas” del actor – y, cómo no, su papel de padrino Búfalo en “La gran familia” (Fernando Palacios, 1962) y su secuela.
Sin embargo, ese ritmo imparable también pesaba en sus relaciones familiares, porque siempre estaba trabajando y apenas le veían por casa. La década de los 70 fue también impresionante, y comienza y termina con dos películas de Carlos Saura como son “El jardín de las delicias” (1970) y “Mamá cumple cien años” (1979), y entre medias títulos como “El bosque del lobo” (Pedro Olea, 1970), “La prima Angélica” (Carlos Saura, 1972), “Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1974) - que él mismo consideró con el tiempo el personaje más sublime de su carrera -, “La cabina” (Antonio Mercero, 1972) - una pequeña producción de 35 minutos para la televisión que dio la vuelta al mundo y nos convulsionó, siendo aún el mediometraje más famoso del cine español -, “Viajes con mi tía” (George Cukor, 1972) – aquí es donde el director le ofreció la posibilidad de iniciar una carrera en Hollywood, pero que desestimó debido a su bajo nivel de inglés –, “Habla, mudita” (Manuel Gutiérrez Aragón, 1973) o “No es bueno que el hombre esté solo” (Pedro Olea, 1973).
Y en el umbral con la siguiente década, un nuevo divorcio y su unión a la periodista Flor Aguilar, treinta años menos que él, un momento mágico que acabó explotándole en la cara. Y todo ello coincidió con otro sainete, ahora en el cine, el de la famosa “trilogía nacional” de Berlanga con “La escopeta nacional” (1977), “Patrimonio Nacional” (1980) y Nacional III (1982). Ya en el otoño de su vida, conoció a la actriz Carmen Sainz de la Maza, que estuvo con él hasta que murió en noviembre de 2009 y a la que consideró la mujer de su vida. El problema es que llegó demasiado tarde. A partir de aquí continuó en el cine, a buen ritmo, pero no el frenético llevado en las dos décadas previas. Siguen destacando sus obras junto a Berlanga, como fueron “Moros y cristianos” (1987) y “Todos a la cárcel” (1993), y otras como “La colmena” (Mario Camus, 1982). Y su gran periplo cinematográfico finaliza con “¿Y tú quién eres?” (Antonio Mercero, 2007), curiosamente también la última película del director que le convirtió en leyenda en una cabina.
El secreto de esta prolífica carrera no fue otro que su incansable capacidad de trabajo. Y sabía muy bien que para poder interpretar a aquellos personajes que le hicieron memorable, tuvo que aceptar papeles menos elaborados. Berlanga, Forqué y Lazaga sacaron lo mejor de su genio interpretativo en su vis cómica (partenaire de Gracita Morales con frecuencia, tanto como cerca de 30 títulos pese a sus diferentes caracteres: López era un profesional riguroso, metódico y disciplinado, todo lo contrario a su compañera); fue un rey de la comedia que, sin embargo, no fue valorado hasta hacer películas “serias”. Tras su descubrimiento de su vis dramática por Saura en “Peppermint Frappé”, llegarían otros papeles serios de Mercero, Olea, Armiñán, Gutiérrez Aragón o Camus, como hemos visto. Porque José Luis López Váquez fue un actor poliédrico y de una versatilidad a prueba de bombas, si bien quizás no se valoró del todo en su día por ser excesivamente popular. Por todo ello, se le concedió en el año 2004 el Goya de Honor.
El tiempo, el juez más sabio de todos, ha acabado por ponerlo en su sitio, y su centenario es una buena oportunidad de dar a conocer a un hombre tan complejo y apasionante como muchas de sus interpretaciones. Porque en esta piel de toro que es España, José Luis López Vázquez vistió la piel de actor.
Y vale la pena revisar la película documental “José Luis López Vázquez ¡Qué disparate!” (Roberto J. Oltra, 2022), un relato sincero, contado por amigos, compañeros (entre ellos José Sacristán, Fernando Mendez-Leite, Julia Guitérrez Caba, Mónica Randall, Antonio Resines,..) y familiares, que desvela los aspectos más íntimos de un artista integral e imprescindible en la historia del cine español. El título hace un guiño a una de sus frases más icónicas, y ahonda en cómo el perfeccionismo y el frenético ritmo de trabajo de más de 250 películas afectaron a su faceta personal. Y así lo expresan sus cuatro hijos, fruto de dos relaciones diferentes… y al que veían poco por casa dada su obsesión por el trabajo.
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