El
15 de enero de 2012 murió a los 89 años Manuel Fraga, político,
diplomático y profesor universitario cuya dilatadísima trayectoria
se inició bajo el franquismo y prosiguió durante la transición y
la democracia. Ministro de Información y Turismo con Franco,
vicepresidente segundo del Gobierno de España entre 1975 y 1976, fue
uno de los ponentes de la Constitución de 1978 y el fundador de
Alianza Popular, más tarde convertida en el Partido Popular,
presidió la comunidad autónoma de Galicia durante quince años.
Manuel
Fraga Iribarne nació el 23 de noviembre de 1922 en Villalba,
provincia de Lugo, entonces una de las zonas más atrasadas de
España. Su padre, Manuel Fraga Bello, de una familia numerosa de
modestos campesinos, hombre conservador y sin estudios, se decidió a
emigrar a Cuba después de hipotecar la escasa tierra.
En
América fue de los que triunfaron: puso un negocio, reunió ahorros
y aprendió a leer. Allí conoció a María Iribarne Duboix, una
vasco-francesa de profundas convicciones católicas, moralista y
sacrificada, que le dio doce hijos. El mayor, Manuel, pasó de los
dos a los cuatro años en Cuba, hasta que la familia, en 1928,
regresó a Galicia para que los niños se educaran en España. Bajo
la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el padre fue nombrado alcalde
de Villalba.
La
niñez de Fraga transcurre dócilmente en una sociedad muy sólida,
regida por un orden indiscutido al que se halla perfectamente
adaptado: disciplina en la casa y autoridad en el pueblo, solidez
religiosa y tradición conservadora. En la modesta escuela local
cumple el primer ciclo de una enseñanza memorística y sin
explicaciones. En 1931, con el comienzo de la república, empieza el
bachillerato en el Instituto da Guarda de A Coruña, pero al segundo
año lo continúa en el mismo Villalba.
Desencadenada
la Guerra Civil, fue internado con su hermano José en un colegio de
Lugo. Allí vio por primera vez a Franco, de quien, según cuenta en
su Memoria breve de una vida pública, le «impresionó el aspecto,
la voz y la forma de hablar», y, al igual que muchos jóvenes de la
zona nacional, se sintió plenamente identificado con el lema «mitad
monjes, mitad soldados».
Tan
profundo era el sentimiento católico de su juventud, que al
finalizar los estudios dedicó el verano de 1936 a realizar
ejercicios espirituales en el monasterio benedictino de Samos, donde
consideró seriamente la posibilidad de hacerse cura. Esta arraigada
religiosidad, ajena a toda duda, nunca habría de abandonarlo, y le
llevaría aun en su vejez a pronunciar frases como ésta, referida al
infierno: «Creo en todo lo que manda la Santa Madre Iglesia, de modo
que no discuto ninguno de sus dogmas».
Ingresó
en la Universidad de Santiago en 1939, coincidiendo con el estallido
de la Segunda Guerra Mundial, que no le llevó a apostar por el
triunfo de Alemania pese al ambiente que le rodeaba. Tras permanecer
un año en una residencia de estudiantes de los jesuitas, cuando
terminó el curso convenció a sus padres para que lo enviaran a
Madrid a continuar la carrera. El salto a la capital supuso
enfrentarse por primera vez a la dura realidad de los vencidos, al
hambre de la posguerra -él mismo vivía en pensiones y llegó a
adelgazar nueve kilos-.
Fraga
era entonces un brillante universitario, persuadido de que lo que el
país necesitaba era fundamentalmente formación religiosa. Así
pues, acudía a la Congregación de los Luises y visitaba los
suburbios con fines benéficos y apostólicos, llegando a apadrinar a
un niño de siete años. En esa época pasó dos veranos en el
campamento de milicias universitarias de Robledo, experiencia que,
según sus palabras, le «vino muy bien en todos los aspectos y
reforzó mi sentido del orden y de la disciplina».
Paralelamente
a la carrera, gracias a una beca de investigación concedida por el
decano de la Facultad de Derecho, el canonista Eloy Montero, pudo
abocarse a la traducción de cuatro tomos de la obra del jesuita Luis
de Molina, al que habría de dedicar su tesis doctoral. Tractor
Thompson, como lo bautizaron los compañeros por su empuje y
tenacidad destemplada, terminó la carrera a los veintiún años con
premio extraordinario, y en el curso de 1944 hizo a la vez la
licenciatura y el doctorado, mientras comenzaba a dar clases como
encargado de curso de teoría de la sociedad y del Estado.
Ese
año conoció a una compañera de la facultad, que en 1948 se
convertiría en su mujer: la rubia y espigada María del Carmen
Estévez, hija de un militar, que habría de abandonar los estudios
para dedicarse al cuidado de sus cinco hijos: María del Carmen, José
Manuel, Maribel, Ignacio y Adriana.
Finalizada
la guerra, se abre para Fraga, en plena juventud, un período
decisivo para su futuro político. En 1945 accede a la función
pública por el camino tradicional de las oposiciones, siguiendo el
consejo de su maestro Fernando María Castiella. Con el número uno
gana el cargo de letrado de las Cortes, lo que le permite entrar en
contacto con la clase política del franquismo. Pero a la vez ingresa
-también con el ya inevitable número uno- en la Escuela
Diplomática.
Tres
años más tarde gana las oposiciones a la cátedra de derecho
político de la Universidad de Valencia, y en 1953 obtiene el cargo
de titular en Madrid. Su trabajo docente se ve apoyado por numerosas
publicaciones, entre las que destacan La reforma del Congreso de los
Estados Unidos y La crisis del Estado.
En
plena era del franquismo duro, desde el sector católico, Joaquín
Ruiz-Giménez inicia una cierta labor de apertura a partir del
Ministerio de Educación, y para ello llama a profesores vinculados
al Movimiento desde posiciones más independientes: Joaquín Pérez
Villanueva y Manuel Fraga, que en ese momento ocupa el cargo de
secretario general del Instituto de Cultura Hispánica y es nombrado
secretario del Consejo Nacional de Educación. El equipo, que se
proponía elevar el nivel intelectual en un intento de superar el
fascismo, se vio muy pronto atacado, en nombre del franquismo de
cruzada, por los falangistas.
El
enfrentamiento significó en 1955 la caída de Ruiz-Giménez y la
consiguiente renuncia de Fraga, quien no por ello pasó a una
discreta oposición, como otros del grupo, sino que prefirió buscar
nuevas oportunidades dentro del sistema haciéndose falangista. Las
oportunidades aparecieron al ser nombrado subdirector del Instituto
de Estudios Políticos, en el que se dedicó a dar una serie de
cursos y conferencias sobre la posibilidad de una reforma política
«progresiva y prudente» que preparase vías posibilitadoras de
normalización del país.
Su
ingreso en la política habría de venir de la mano del secretario
general del Movimiento, José Solís, quien en 1957 le ofreció la
Delegación Nacional de Asociaciones. Allí organizó Fraga el I
Congreso de la Familia Española, que habría de posibilitar la
introducción de procuradores familiares en las Cortes.
La
huelga minera de 1962 y el amplio movimiento de solidaridad que ésta
generó le confirmaron que era necesario reorientar el franquismo
para afrontar una nueva etapa, la del fin de la «hegemonía azul».
Inmediatamente después de que la oposición democrática formulara
el llamado «contubernio de Munich», el régimen responde el 12 de
julio de 1962 con la creación de un nuevo gobierno, en el que
aparece como gran novedad y promesa de aperturismo político -pese a
la gran dosis de autoritarismo que le atribuyen muchos observadores-
la figura de Manuel Fraga en el cargo de ministro de Información y
Turismo.
Las
vigiladas concesiones que está dispuesto a dar el régimen se
plasmarían en la Ley de Prensa, que Franco le ha encargado como
tarea principal y que Fraga presenta a las Cortes en 1966: una
controvertida ley que suprime la censura previa de la prensa, pero
que significativamente excluye a los libros, la radio y la
televisión. A sus cuarenta años, Fraga ha llegado al gobierno para
convertirse en el «ministro-estrella», por su huracanada vitalidad,
y por sus frecuentes apariciones en televisión -cuyo control está
en sus manos-. Fraga es el hábil relaciones públicas, gran
aficionado a la caza y a la gastronomía que se baña en Palomares
con el embajador de Estados Unidos para hacer creer que, pese a las
bombas caídas en la playa, no hay riesgo de radiactividad. Fraga es
el ministro que, en pleno auge del desarrollismo, potencia el turismo
hasta situar a España en la primacía europea.
Pero
lo peligroso para la estabilidad de su cargo es el enfrentamiento con
Laureano López Rodó y otros miembros del Opus Dei: «Cuando me
negué a que un grupo monopolizase el poder político del país». El
escándalo Matesa termina por agudizar las tensiones y
paradójicamente acaba con quien ha exigido las cuentas claras: el
ministro de Información.
Tras
su cese, en octubre de 1969, Fraga vuelve a la cátedra y, gracias al
ofrecimiento de un amigo, se convierte en director general de la
fábrica de Cervezas El Águila, con dedicación parcial. Aureolado
por la caída a los pies del Opus, se dedica entonces a recorrer
España creando una plataforma que potencia todos sus actos:
conferencias, cenáculos, presencia constante en la vida pública
para pedir reformas inaplazables, desde una posición centrista y
liberal que no deja de asombrar a muchos de quienes habían padecido
su gestión como ministro.
Posteriormente
fue nombrado embajador de España en Londres (1973-75), cargo que
contribuyó a consolidar su admiración por el conservadurismo
británico y por su modelo de monarquía parlamentaria. Al mismo
tiempo centra su inagotable actividad en la creación del Grupo de
Orientación Democrática, S. A. (GODSA). Escribe además numerosos
artículos de prensa que publica ABC, y recibe a la oposición
democrática que prepara el posfranquismo. Desde la capital
británica, se destaca pues como el heredero del régimen capaz de
restablecer la democracia con la complicidad de la derecha española.
Así, cuando regresa de Inglaterra dos días antes de la muerte de
Francisco Franco, confiesa sin ambages que aceptaría formar parte de
un gobierno del príncipe Juan Carlos.
Tras
la muerte de Franco desempeñó un papel importante en la época de
la transición a la democracia. En el primer gobierno de la
Monarquía, presidido por Carlos Arias Navarro, Fraga ocupó la
esencial cartera de Gobernación, que conllevaba una vicepresidencia
del Gobierno (1975-76). En los siete meses que duró el gobierno, le
tocó «luchar y sufrir más que en los largos siete años como
ministro». Manifestaciones, huelgas y la formidable presión de la
calle planteaban un estado de convulsión nada fácil de solucionar
para un hombre de su talante, que llega a encarcelar a varios
miembros de la Platajunta por considerarlos comunistas.
De
esa época es la famosa frase que le atribuyó Ramón Tamames y que
él siempre ha negado: «La calle es mía». Pese al deterioro de su
imagen, Fraga continúa prodigando sus gestos despóticos, insiste en
la exclusión del Partido Comunista de España (PCE) y plantea un
proyecto de «reforma desde dentro» -con una Cámara Alta de tipo
orgánico- que es duramente atacado por ser un híbrido de franquismo
y democracia. Pero son dos sucesos ocurridos mientras él se
encuentra fuera del país los que lo herirán de muerte política: el
duelo masivo de Vitoria después de la muerte de cinco personas a
manos de la policía y la tragedia de Montejurra, en que grupos
carlistas de la ultraderecha siembran el terror y la muerte con la
participación de conocidos fascistas italianos.
Apartado
del gobierno por el nombramiento de Adolfo Suárez y desgastado como
hombre de centro, tras pasarse un mes intentando formar partido con
Areilza y Pío Cabanillas, Fraga dio un giro espectacular,
abandonando sus pretensiones centristas para ponerse al frente de la
derecha pura. Se reúnen entonces los así llamados «siete
magníficos»: Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente,
Laureano López Rodó, Federico Silva Muñoz, Cruz Martínez
Esteruelas y Enrique Thomas de Carranza, quienes con Fraga a la
cabeza formarán Alianza Popular (AP).
Mas,
a pesar de la generosa financiación que la gran banca pone a su
disposición, el desastre que sufre la nueva agrupación política en
las elecciones de 1977 -16 escaños frente a 165 de la Unión de
Centro Democrático (UCD)- no tiene paliativos, y en pocas semanas
dimite la mitad del ejecutivo. Las elecciones de 1977 le convirtieron
en diputado, portavoz parlamentario y miembro de la ponencia que
redactó la Constitución de 1978.
En
1979 Fraga da otro viraje táctico, nuevamente hacia el centro, y
reúne bajo el nombre de Coalición Democrática a liberales como
Areilza y Senillosa, socialdemócratas como Enrico de la Peña,
democristianos como Alfonso Osorio y franquistas como Vallina y
Lapuerta. Pero el desastre vuelve a repetirse, quedando reducida la
representación a sólo nueve diputados. Moralmente hundido, el
político gallego decide dimitir y se marcha a su retiro de Perbes.
Allí fueron a buscarle su «delfín» Jorge Verstrynge y otros
jóvenes cachorros de la derecha y le convencieron de que volviera a
la lucha política.
El
líder conservador regresa una vez más a la arena política, y en
los primeros comicios autonómicos de Galicia -pese a que AP no ha
aceptado aún el hecho irreversible de las nacionalidades-, Fraga se
hace unas fotos de inconfundible perfil celta que llevan el sugestivo
título de «Galego coma ti». Por primera vez los aliancistas
sobrepasan los votos de la UCD.
El
hundimiento de la UCD permitió que, a partir de las elecciones de
1982, Fraga se convirtiera en líder de la oposición al gobierno
socialista de Felipe González. Fraga arremolina a su alrededor a la
derecha sociológica y puede presentar como un triunfo el pase a sus
filas de destacados centristas como Herrero de Miñón y Ricardo de
la Cierva. Pero, a pesar del liderazgo carismático indiscutido del
que gozaba en su partido, sus resultados electorales no mejoraron en
1986, avalando la tesis de que Fraga impedía a los populares
alcanzar una mayoría de gobierno por su pasado franquista y su
imagen de hombre autoritario; en consecuencia, cedió la dirección
del partido al joven Hernández Mancha en 1986 y renunció al
protagonismo en la política nacional, ejerciendo como diputado en el
Parlamento Europeo (1987-89).
Cuando
en 1989 se repitieron los malos resultados electorales, Fraga volvió
para presidir la refundación del que se llamaría en lo sucesivo
Partido Popular: un proyecto inspirado en la democracia cristiana, a
cuyo frente situó a José María Aznar.
Aunque
mantuvo un cierto liderazgo moral sobre la derecha española, desde
1990 Fraga se retiró a su Galicia natal, encabezando la acción del
partido en aquella región, donde gozaba de una gran popularidad. En
1990 vivió uno de los momentos más felices de su dilatada carrera
al ganar por primera vez en unas elecciones democráticas la
presidencia de la Xunta de Galicia. Profeta en su tierra, venció
sucesivamente en todas la elecciones autonómicas a las que se
presentó y gobernó Galicia con su personalísimo estilo durante
quince años, hasta su retirada en 2005.