La moral no puede depender de una confesión de último minuto.
Convertir el arrepentimiento en pase automático al cielo trivializa el daño real.
Un sistema que absuelve crímenes con palabras finales no es justicia, es teatro.
La ética no nace del miedo al castigo eterno, sino de la empatía y la responsabilidad.
Premiar la fe sobre los actos es una inversión peligrosa de valores.
Quien hizo daño deja víctimas, no “pecados borrables”.
La idea de infierno para quien piensa distinto es control, no verdad.
Ser buena persona no debería necesitar aprobación divina.
La conciencia humana vale más que cualquier dogma heredado.
La justicia real se construye aquí, con hechos, no con creencias..
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