En el cristianismo siempre se habla de vida después de la muerte, del cielo, de trascender más allá del cuerpo. Metafísicamente, la promesa del más allá es un horizonte de liberación, un premio por vivir con conciencia y ética. Sin embargo, cuando los creyentes enfrentan enfermedad o peligro, muestran miedo a morir: buscan prolongar el soma, el cuerpo, como si renunciar a él fuera un castigo.
Aquí surge la contradicción esencial: si para alcanzar el cielo es necesario morir, entonces temer a la muerte es negar la misma promesa que se dice ansiar. Se ora por la vida eterna, pero se ama y protege el cuerpo como si fuera todo lo que se posee. Ese apego revela que la espiritualidad, a menudo, está aún atrapada en lo tangible, en lo inmediato, en lo mortal.
Aceptar la muerte del soma no es renunciar a la vida, sino abrazar su plenitud: la vida verdadera, la metafísica, la trascendencia, solo se alcanza cuando el miedo a morir se disuelve y se reconoce que el cuerpo es un vehículo, no el destino final. Quien comprende esto entiende que morir no es pérdida, sino paso hacia aquello que siempre se ha deseado: el cielo y la vida eterna.
La verdadera fe no se mide por rezos para prolongar la existencia física, sino por la capacidad de aceptar la muerte del cuerpo como puente hacia la eternidad que realmente se ansía.
-- Osmin Zaldaña
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