Los
soldados alemanes las llamaban las «Brujas de la noche» — y
habían aprendido a temer el sonido del silencio en la oscuridad.
Verano
de 1942. Las fuerzas alemanas ocupan territorios soviéticos. Un
soldado de guardia nocturna oye algo — un leve susurro, como si una
tela se rasgara en el aire. Levanta la vista, pero no ve nada en la
negrura. Luego, el silencio.
Después,
las explosiones.
Cuando
comprende lo que ocurre, las bombas ya han caído. La artillería
antiaérea dispara inútilmente contra un cielo vacío. Lo que los
atacó ya ha desaparecido, fundiéndose con la noche como un
fantasma.
Los
alemanes dieron un nombre a esos atacantes invisibles: Nachthexen.
Las Brujas de la noche.
Y
tenían razones para temerlas.
Lo
que no sabían — y que los habría aterrorizado aún más — es
que esas pilotos que sembraban el pánico entre los mejores soldados
de la Wehrmacht eran mujeres. Jóvenes soviéticas, algunas apenas
mayores de edad, volando en biplanos de madera y tela ya obsoletos
incluso antes del inicio de la guerra.
Y
una de las más temidas entre ellas era Nadezhda Popova, con apenas
19 años.
Nadezhda
— «Nadya» para sus cercanos — soñaba con volar desde los 15
años, cuando vio por primera vez un biplano planear sobre su aldea.
A los 16 se unió a un aeroclub. A los 19, cuando Alemania invadió
la Unión Soviética en junio de 1941, ya era piloto formada y veía
arder a su país.
Al
principio, la Fuerza Aérea Soviética rechazaba a las mujeres
piloto. Pero a medida que las pérdidas se acumulaban y el avance
nazi parecía imparable, la desesperación abrió puertas antes
cerradas. La heroína de la aviación Marina Raskova apeló
directamente a Stalin para crear unidades aéreas compuestas
exclusivamente por mujeres.
En
octubre de 1941, Stalin aprobó la creación de tres regimientos
formados por mujeres pilotos, navegantes y mecánicas. Nadezhda se
alistó de inmediato en el 588.º Regimiento de Bombardeo Nocturno,
más tarde renombrado 46.º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la
Guardia «Taman» tras obtener el estatus de Guardia por su valentía.
Les
asignaron los peores aviones del arsenal soviético: los Polikarpov
Po-2. Aviones de entrenamiento o uso agrícola — frágiles biplanos
de cabina abierta, hechos de madera y tela, incapaces de superar los
150 km/h. Sin radio. Sin ametralladoras. Sin blindaje. Sin
paracaídas. Sin cabina cerrada. En invierno volaban con temperaturas
que podían descender hasta los −40 °C, con el viento cortándoles
el rostro.
Los
pilotos hombres se burlaban de ellas. Algunos mecánicos se negaban a
trabajar en esos «aviones de juguete para niñas». Incluso ciertas
aviadoras soviéticas que volaban cazas modernos las despreciaban.
Pero
Nadezhda y sus compañeras convirtieron sus debilidades en armas.
La
madera y la tela hacían que el Po-2 fuera difícil de detectar por
radar. Su baja velocidad y su vuelo muy bajo — a veces a solo 150
metros del suelo — lo volvían casi imposible de interceptar. Y,
sobre todo, su pequeño motor permitía una maniobra única: apagar
el motor en pleno vuelo y planear.
Así
nació el terror de las Brujas de la noche.
Una
misión típica era así: Nadya y su navegante (sentada en una cabina
abierta detrás de ella) despegaban al anochecer con 4 a 6 bombas de
entre 50 y 100 kg sujetas bajo las alas. Llegaban al frente,
localizaban el objetivo, ascendían a unos 900 metros… y entonces
apagaban el motor.
El
avión quedaba casi en silencio — solo el murmullo del viento sobre
la tela y los tensores. Planeaban sobre las posiciones alemanas,
soltaban las bombas manualmente y desaparecían antes de que el
enemigo comprendiera qué había ocurrido.
Los
alemanes lo intentaron todo: reflectores, artillería antiaérea,
cazas. En vano. Los Messerschmitt entraban en pérdida al intentar
volar lo suficientemente despacio para apuntarles. El Po-2 volaba más
lento que la velocidad mínima segura de los cazas alemanes.
Entonces
ofrecieron recompensas: cualquier piloto que derribara a una Bruja de
la noche recibiría automáticamente la Cruz de Hierro — la misma
condecoración otorgada por derribar un gran bombardero. Ese era el
nivel de temor que inspiraban.
Pero
ese terror tenía un precio.
En
la noche del 24 al 25 de julio de 1942, Nadezhda Popova y su
navegante Yekaterina Ryabova realizaron 18 salidas de bombardeo.
Dieciocho. En una sola noche. Dieciocho despegues, dieciocho
descensos silenciosos bajo el fuego enemigo, sin descanso, sin
comida.
Cada
misión duraba unos 40 minutos. Volaban desde el crepúsculo hasta el
amanecer, con apenas tiempo entre vuelos para repostar, cargar bombas
y beber un poco de agua.
En
la decimoctava salida, sus manos estaban entumecidas por el frío,
los ojos ardían de tanto escrutar la oscuridad. Pero siguieron.
Porque los soldados en tierra dependían de ellas. Porque detenerse
significaba condenar otras vidas.
Para
Nadya, no era una excepción. Era su rutina.
En
total, Nadezhda Popova realizó 852 misiones de combate — más que
la mayoría de los pilotos en toda una carrera. Fue derribada varias
veces, aterrizó tras las líneas enemigas y perdió a muchas amigas.
De
unas 400 mujeres que sirvieron en el regimiento, alrededor de 30
murieron en combate. El impacto psicológico fue aún mayor.
Al
final de la guerra, Nadezhda recibió el título de Heroína de la
Unión Soviética, la más alta distinción militar. Su navegante
también.
El
regimiento llevó a cabo más de 23 000 misiones y lanzó miles de
toneladas de bombas sobre posiciones enemigas.
Tras
la guerra, la sociedad soviética empujó a las mujeres a volver a
roles tradicionales. Muchas Brujas de la noche tuvieron dificultades
para reintegrarse a la vida civil.
Nadezhda
se casó con otro piloto, Semyon Kharlamov — alguien que comprendía
lo que ningún civil podía comprender.
Durante
mucho tiempo, su historia fue poco conocida en Occidente. Pero los
diarios de guerra alemanes, los archivos soviéticos y las 23 Brujas
de la noche condecoradas como Heroínas de la URSS confirman la
realidad.
Nadezhda
Popova murió el 8 de julio de 2013, a los 91 años. Al ser
preguntada sobre el miedo, respondió:
«Claro
que tenía miedo. Cada noche. Pero el miedo no importaba. La misión
era lo esencial».
Y
cuando le preguntaron qué quería que se recordara:
«Recuerden
que éramos soldados. No curiosidades. Soldados».
Hoy,
los historiadores reconocen al 588.º / 46.º Regimiento como una de
las unidades de bombardeo ligero más eficaces de toda la Segunda
Guerra Mundial.
Las
Brujas de la noche demostraron que el valor no tiene género, que la
inteligencia táctica puede vencer a la tecnología y que, a veces,
lo más aterrador en la guerra no es el rugido de un bombardero…
sino
el susurro de alas de tela en la oscuridad.
Fuente:
Museo Central de las Fuerzas Armadas de Rusia ("El 46.º
Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Guardia", sin fecha)