“‘Canadá’: Auschwitz-Birkenau, Polonia, los almacenes del despojo y la economía del exterminio en el sistema concentracionario nazi”
Los almacenes conocidos como “Canadá”, prisioneros del campo realizaron una de las tareas más crueles del sistema nazi: clasificar las pertenencias de quienes acababan de llegar… y que en muchos casos ya habían sido asesinados.
El destino de las pertenencias con las que los judíos llegaban a los campos de concentración y exterminio nazis constituye un aspecto central —y durante mucho tiempo secundario en la historiografía— del funcionamiento material del genocidio. El despojo no fue un efecto colateral del asesinato en masa, sino una política sistemática, planificada y burocráticamente organizada que acompañó a la deportación desde el primer momento. Desde los guetos y puntos de reunión hasta las rampas de Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor o Majdanek, las víctimas eran obligadas a entregar dinero, documentos y objetos de valor bajo la ficción administrativa de un “registro” o una “custodia temporal”. En realidad, aquel acto marcaba el inicio de una expropiación total que continuaba incluso después de la muerte, integrando los cuerpos y las posesiones de las víctimas en un circuito económico estatal y paraestatal que beneficiaba al Reich, a las SS y a numerosos individuos concretos dentro del aparato represivo.
Las pertenencias personales eran separadas según categorías precisas: ropa, calzado, equipaje, joyas, relojes, gafas, prótesis, libros religiosos, utensilios domésticos y dinero en efectivo. En Auschwitz, los complejos de almacenes conocidos por los prisioneros como “Canadá” —nombre irónico que aludía a la abundancia imaginada del país norteamericano— se convirtieron en el mayor centro de clasificación de bienes saqueados del sistema concentracionario. Allí, prisioneros seleccionados eran forzados a abrir maletas recién llegadas, muchas de ellas pertenecientes a personas que ya habían sido asesinadas en las cámaras de gas. La organización del trabajo reflejaba una racionalidad industrial: la ropa se limpiaba y reparaba, los zapatos se emparejaban y clasificaban por talla, los textiles se prensaban, y los objetos de valor se separaban para su posterior fundición o redistribución. Todo estaba pensado para maximizar el aprovechamiento económico del exterminio.
El cabello humano ocupa un lugar particularmente revelador en esta lógica de explotación total. Tras el asesinato, el pelo de las mujeres —y en ocasiones de hombres— era cortado, desinfectado y enviado a fábricas textiles en el Reich, donde se utilizaba para la producción de tejidos industriales, rellenos aislantes o fieltros. La deshumanización alcanzaba aquí un grado extremo: incluso los restos corporales se transformaban en materia prima. De manera similar, los dientes de oro eran extraídos de los cadáveres por comandos especiales de prisioneros bajo supervisión de las SS y enviados a la Reichsbank, donde eran fundidos y contabilizados como parte de las reservas del Estado alemán.
El calzado y la ropa tenían un destino prioritariamente civil. Millones de prendas procedentes de los campos fueron distribuidas entre la población alemana afectada por los bombardeos aliados o enviadas a colonos alemanes en los territorios ocupados del Este. Este reciclaje forzoso contribuía a normalizar el genocidio dentro de la sociedad alemana, que se beneficiaba indirectamente de los bienes robados sin ver —o sin querer ver— su origen. La administración de las SS, especialmente a través de la Oficina Económica y Administrativa Central (WVHA), integró estos flujos de bienes en una contabilidad precisa, donde el asesinato se traducía en balances, inventarios y cifras.
Sin embargo, junto a esta explotación organizada y “legal” desde el punto de vista del régimen, floreció un sistema endémico de corrupción individual. Los oficiales de las SS y el personal civil implicado en la gestión de los bienes saqueados se apropiaban sistemáticamente de joyas, dinero, relojes y objetos de lujo. Aunque el robo estaba formalmente prohibido —no por razones morales, sino porque los bienes pertenecían al Estado nazi—, la magnitud del botín y la relativa impunidad favorecieron una corrupción generalizada. Numerosos testimonios y procesos judiciales de posguerra muestran cómo comandantes de campo, médicos, suboficiales y guardias escondían diamantes, divisas extranjeras y oro, los enviaban a sus familias o los utilizaban para obtener favores, alcohol y bienes escasos en tiempos de guerra.
Esta corrupción no era una anomalía, sino una consecuencia lógica de un sistema que deshumanizaba por completo a las víctimas y normalizaba el saqueo. Cuando las personas eran reducidas a números y su muerte a un procedimiento administrativo, sus pertenencias se convertían en un botín sin dueño legítimo. La línea entre la explotación “oficial” y el robo personal se difuminaba constantemente. Incluso altos mandos de las SS fueron investigados internamente por apropiación indebida, no porque cuestionaran el genocidio, sino porque interferían con los intereses económicos del Reich. El castigo, cuando existía, solía ser leve y selectivo.
El destino final de las pertenencias de los judíos deportados revela así una dimensión fundamental del Holocausto: su carácter no solo ideológico y racial, sino también económico. El genocidio fue inseparable de una gigantesca operación de expolio que alimentó tanto al Estado nazi como a miles de individuos que participaron directa o indirectamente en él. En los almacenes de “Canadá”, donde las maletas abiertas hablaban de vidas interrumpidas, se materializaba la lógica más fría del sistema: seres humanos convertidos en inventario, memoria reducida a objetos y muerte transformada en recurso. Comprender este proceso no es un ejercicio accesorio, sino una vía esencial para entender cómo el Holocausto pudo funcionar con tanta eficiencia, normalidad administrativa y complicidad humana.
Fuentes y lecturas;
-Browning, Christopher R. Los orígenes de la Solución Final. Crítica, Barcelona, 2002
-Hilberg, Raul. La destrucción de los judíos europeos. Akal, Madrid, 2005.
-Aly, Götz. Hitler y los alemanes. El consenso de la dictadura. Crítica, Barcelona, 2006.
-Wachsmann, Nikolaus. KL. Historia de los campos de concentración nazis. Crítica, Barcelona, 2017.
-Friedländer, Saul. El Tercer Reich y los judíos. Los años de exterminio. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009.
-Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén. DeBolsillo, Barcelona, 2013.
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