La familia de Carmen tuvo que llevarla a una residencia porque ya no podía caminar sola. Se caía, necesitaba ayuda constante y no fue una decisión fácil, pero no había otra opción.
En marzo llegó el COVID.
Carmen empezó a encontrarse mal, le faltaba el aire, respirar se le hacía cada vez más difícil. Desde la residencia llamaron para ingresarla en un hospital, pero no todas las personas podían ir. Alguien decidió quién sí y quién no, quién tenía derecho a una cama y quién se quedaba donde estaba. Carmen no entró en la lista.
La dejaron en su habitación, tumbada en la cama, y desde allí lo único que podía ver era una pared blanca. No había médicos, no había familia, no había nadie que le cogiera la mano ni que le explicara qué estaba pasando.
Mientras tanto, su familia llamaba una y otra vez, preguntando cómo estaba Carmen, si podían hablar con ella, si estaba bien. Nunca pudieron.
Carmen miraba la pared y se preguntaba dónde estaban los suyos, por qué no venían, si la habían olvidado, si ya no importaba. Nadie le dijo que la querían, nadie le dio una palabra de ánimo, nadie estuvo con ella cuando más miedo tenía.
Murió sola, mirando una pared blanca, sin una mano que la acompañara.
Carmen es un personaje ficticio, pero lo que le pasó no lo es. En la Comunidad de Madrid, 7.291 personas mayores murieron en residencias sin ser trasladadas a un hospital. Murieron así, solas, sin despedidas, sin dignidad.
He escrito esta historia porque quería ponerle rostro al sufrimiento de las familias, porque detrás de cada número hay hijos, hijas, nietos, personas que hoy viven sabiendo cómo murió alguien a quien querían. Familias que no piden privilegios ni un trato especial, solo respeto, el mismo respeto que merecen todas las víctimas.
El mismo que se ha tenido con otras tragedias, como con las víctimas de la Dana, en Valencia, a las que se les hizo un funeral un año después. Porque el tiempo no borra el dolor y porque una víctima no vale más que otra.
Y sin embargo, mientras estas familias pedían memoria y dignidad, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, insultó a la plataforma de víctimas llamándola “plataforma de frustrados de izquierda”, como si el dolor tuviera ideología, como si querer saber por qué murió tu madre fuera una pelea política.
Ese mismo día acudía a una misa por otras víctimas, con cámaras, solemnidad y protagonismo.
El mensaje es devastador, hay víctimas que importan y víctimas que molestan, tragedias que se acompañan y otras que se intentan silenciar, todo depende de quién gestione la tragedia y de a quién incomode.
La política está en todo, es verdad, pero usar el dolor como arma solo añade más sufrimiento a quienes ya lo han perdido todo.
Y al final queda lo más duro. Las familias saben hoy que su madre, su padre o su abuela murió sola, saben que nadie le cogió la mano, saben que lo último que vio fue una pared blanca, y con eso viven.
Viven con una culpa que no les pertenece y con una herida que nunca debió existir.
Carmen no tuvo misa, no tuvo homenajes, no tuvo palabras. Solo tuvo una pared blanca y el silencio
Lia
Ceci—
me
siento molesto(a).
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