Luis Quiñones
Leo con estupor cómo hay quien critica al escritor David Uclés por haber decidido no asistir a unas jornadas sobre la guerra civil en Sevilla. Parece que los que se pompean como palomos hablando de la libertad no creen que David Uclés esté en su derecho de no querer compartir mesa y mantel con gente indeseable.
Estar cerca de Aznar pontificando debe ser una experiencia tan traumática que es normal que haya querido estar lejos de él. Que participe este señor es llamativo, como si su clarividencia nos fuera a despejar alguna duda en la interpretación de la historia: ¿nadie ya se acuerda de su gestión del 11M? ¿Es posible que se hayan olvidado tan pronto sus armas de destrucción masiva y su inglés gangoso (you know, estamos trabajando en ello...)? ¿O que no se recuerde su boda escurialense? Por no hablar de la corrupción, del Prestige, del Yak de Turquía, entre otras lindezas que nos dejó para la posteridad mientras gobernó este país. Feliz memoria la de algunos.
Es lógico que David Uclés no quiera estar cerca de Espinosa de los Monteros, un fascistilla y profesional fraudulento, que se apuntó al carro de los chiringuitos de su jefe de filas.
El título de las jornadas, algo así como "la guerra que perdimos todos", no deja de sorprender. Quizás Espinosa de los Monteros nos pueda arrojar luz sobre las derrotas, teniendo en cuenta que un tío abuelo suyo contribuyó en el asesinato, por ejemplo, de las Trece Rosas. Quienes perdieron la guerra, señores, fueron quienes tuvieron que marcharse al exilio o los maestros fusilados. Quienes perdieron la guerra perdieron su patria y sus patrimonios, vivieron la humillación, los juicios sumarísimos, las cárceles, los trabajos forzados, la inhabilitación profesional y el ostracismo social. A los perdedores les robaron incluso a sus hijos, en aras de una católica caridad redentora. No parece que a Aznar, nieto de diplomático e hijo de falangista, o a Espinosa de los Monteros, para ser perdedores también de la guerra civil, les haya ido tan mal.
No creo, sinceramente, que las madres o abuelas de Aznar o Espinosa de los Monteros puedan incluirse entre los que perdieran la guerra; las suyas no fueron esas mujeres que tuvieron que hacer cola a las puertas de las cárceles para llevar algo de comida a sus maridos o hijos, que trabajaron sirviendo o a las que raparon al cero e hicieron beber aceite de ricino para que pasearan cagadas por las calles de sus pueblos.
Con estas jornadas solo pretenden practicar, a juzgar por el título, esa equidistancia que tan de moda está: revisar la historia y hacerle creer a la muchedumbre indocumentada, que la República fue la responsable del terrible golpe de Estado, de la inhumana guerra que vino tras él y de la criminal dictadura que padeció España durante casi cuarenta años. Nos contarán estos mismos que no han condenado el franquismo que el dictador salvó España del comunismo, como defiende el baboso ese de Desokupa o los todólogos del tik tok.
El cartel, por su parte, parece más taurino que otra cosa: mucho traje de luces, pero poco arte. No veo a investigadores ni a historiadores. No veo a expertos extranjeros, ni a catedráticos o profesores universitarios. Veo a políticos y a escritores, e incluso a algún director de cine. No pretenden actos de este tipo profundizar en el conocimiento de la Guerra Civil, sino fomentar la polarización de parte, o de partido, mejor dicho.
Hace bien David Uclés y otros en negarse a compartir espacios públicos con gente así. Digo yo que deberían hacer un ejercicio de honestidad y titular las jornadas con algo parecido a "La guerra que ganamos", y entonces, como en una reunión del tee party, sosteniendo la tacita de porcelana con el dedito meñique muy estiradito, cuenten cómo les fue con su victoria, por si alguien no se había dado cuenta, a estas alturas, de quiénes ganaron la guerra en realidad, aunque vayan diciendo que todos la perdimos. Por no perder, ni los de Vox ni Aznar han perdido la vergüenza.
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