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viernes, 30 de enero de 2026

 



Cuando tenía 17 años deseaba cumplir 18 con una mezcla rara de ilusión y urgencia. No era por salir más tarde ni por sentirme mayor. Era por votar. Porque en mi casa la política no era una conversación abstracta, se notaba en la nevera, en los recibos y en las oportunidades.

Somos tres hermanos. Mi madre, ama de casa. Mi padre, obrero. Una familia normal, sin privilegios ni dramas extraordinarios. Cuando estudiaba en el instituto tenía una beca de 164.000 pesetas. No nos hizo ricos, pero marcaba la diferencia entre ir más tranquilo o ir siempre con la soga apretando. Luego llegó la era Aznar y aquella beca pasó a ser de 34.000. Nuestra situación familiar no cambió en absoluto. Lo que cambió fue el gobierno. Y yo lo entendí muy pronto.

Escuchaba a Felipe González hablar y sentía que representaba algo parecido a lo que yo era, o al menos a lo que quería llegar a ser. Había una forma de mirar al futuro, de defender lo público, de hablar de igualdad, que me hacía sentir parte de algo. Así que cuando voté por primera vez, lo hice con convicción. Mi primer voto fue socialista, con Felipe González al frente. Lo recuerdo bien. Vivía los debates electorales con más nervios que un derbi CD Tenerife – UD Las Palmas.

Recuerdo especialmente el día que perdió las elecciones frente a José María Aznar. Veníamos de los escándalos de Roldán y de los GAL. El desgaste era evidente. Aun así, el Partido Popular no ganó por mayoría absoluta. Y aquella noche, Alfonso Guerra dijo una frase que me marcó tanto que la apunté en mi diario, convencida de estar escuchando a alguien con altura política y humana:

«Nunca una derrota había sido tan dulce, ni una victoria tan amarga».

Felipe González la ratificó y aquello me pareció un ejemplo de talante, de respeto institucional, de entender la democracia como algo más que ganar o perder. Hoy, con el paso del tiempo, esa frase resuena de otra manera.

Después vinieron los años de Aznar. Respeté (y sigo respetando) el voto de quienes lo pusieron ahí. Pero también vimos cosas que dolieron. El Prestige. El Yak-42. Las mentiras sobre la autoría del 11M. Mentiras dichas mirándonos a la cara. Aquello me generó una mezcla de rabia, tristeza y cansancio. Deseaba un cambio. No por ideología, sino por dignidad.

Y llegó Zapatero. Con él llegaron leyes que marcaron un antes y un después: el matrimonio igualitario, la Ley de Dependencia, la Ley de Igualdad, medidas contra la violencia de género, la Ley Antitabaco, la Ley de Memoria Histórica. Un impulso claro hacia los derechos civiles, hacia el feminismo, hacia una sociedad más decente. Una etapa con errores, como todas, pero también con avances que hoy parecen normales precisamente porque alguien se atrevió a impulsarlos. Y sí, fue una pieza clave en el final de ETA. Eso no debería olvidarse nunca.

Pero mi guía inicial siempre había sido Felipe González. Le admiré. De verdad. Y por eso duele más. Porque con los años empecé a preguntarme si todo aquello que decía era convicción o solo un papel bien interpretado. Si aquel discurso que me hizo creer en algo era auténtico o simplemente eficaz.

No lo entiendo… y a la vez lo entiendo. El poder cambia. El dinero cambia. Ser millonario cambia. Lo que no comprendo es cómo puede cambiar tanto. Cómo alguien que fue referente de toda una generación puede atacar hoy, sin pudor, al actual presidente del Gobierno (de su mismo partido). A alguien que probablemente creció sintiendo algo muy parecido a lo que yo sentí. A alguien que seguramente aprendió principios escuchando sus palabras.

Hoy ya no queda nada de aquel referente. Tampoco queda mi admiración. Y llegar a esa conclusión me llevó tiempo, pero fue inevitable, para mí, Felipe González jamás fue socialista. Mucho menos de una izquierda progresista. Tardé en aceptarlo, pero lo hice.

Y por eso creo que hay algo que no deberíamos permitirnos como sociedad: aceptar retrocesos en derechos sociales. Los derechos no son un adorno ni una concesión, son conquistas. Merecemos un gobierno que crea en el tú a tú, que entienda la política como servicio y no como distancia. Y, sobre todo, que crea en la democracia, esa que costó tanto sudor conseguir como para tratarla hoy con indiferencia.

Lia Ceci

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