De dioses locales a santos impuestos: el reemplazo espiritual global
Durante miles de años, cada pueblo tuvo dioses que hablaban su lengua, compartían su geografía y encarnaban sus miedos, cosechas, ríos y ciclos. Eran deidades cercanas, ligadas al territorio y a la vida cotidiana. Pero con la expansión de imperios y religiones universales, esos dioses no desaparecieron: fueron absorbidos, rebautizados o silenciados.
Lo que ocurrió no fue una conversión espiritual, sino una sustitución cultural. Los antiguos dioses del maíz, la lluvia o la guerra se transformaron en santos, vírgenes o mártires.
Cambió el nombre, pero no la función: el rayo siguió siendo pedido, la fertilidad siguió siendo rogaba, la protección siguió siendo suplicada, ahora bajo símbolos extranjeros.
Este proceso no fue inocente. Fue una estrategia de control: no destruir la fe, sino redirigirla. Así se impuso una espiritualidad global que prometía salvación, pero exigía obediencia, culpa y renuncia a la identidad original.
Hoy rezamos a santos que ocupan los tronos de antiguos dioses. No cambiamos de creencias: nos las cambiaron.
Y el mayor triunfo no fue religioso, sino político: convertir la memoria espiritual de los pueblos en una herramienta de dominio.
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