Diez mil personas están orando por Venezuela ahora mismo. Ninguna de esas oraciones ha movido un solo bloque de concreto.
Mientras tanto, un perro entrenado —sin conciencia de ningún dios, sin fe, sin un solo "amén"— camina entre los escombros, olfatea, encuentra un rastro humano bajo diez metros de ruinas y ladra fuerte y sostenido para avisar dónde cavar. Eso no es un milagro. Es entrenamiento, olfato y trabajo. Y ha sacado gente con vida.
Rezar no es acción, es la ilusión de la acción. Le da al que reza la sensación de haber "hecho algo" sin mover un dedo, sin cavar, sin cargar una piedra, sin donar nada. Es el analgésico perfecto para la impotencia: sientes que ayudaste y en realidad solo hablaste con el techo.
Y aquí está lo que más incomoda: si existiera un DIOS omnipotente, no necesitaría que un animal hiciera su trabajo. No necesitaría entrenadores, chalecos tácticos ni brigadas caninas cruzando el Atlántico. Bastaría con que ese "todopoderoso" moviera un escombro. Uno solo. Nunca lo hace. En cambio, un perro rescatado del abandono, sin ninguna moral cristiana, sin saber qué es el pecado ni el perdón, hace en una tarde lo que ese DIOS "todopoderoso" no ha hecho en toda la historia de los desastres naturales.
La próxima vez que quieras ayudar de verdad, dona, comparte información útil, apoya a las brigadas de rescate. Eso sí ayuda. Las oraciones, no.
**DIOS no existe.**
No hay comentarios:
Publicar un comentario