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jueves, 29 de enero de 2026

 

Piña, digno sucesor de García Castellón: las tres actuaciones que le delatan desde principio de año

El juez de la Audiencia Nacional que sustituye a García Castellón ha protagonizado un trío de decisiones polémicas que favorecen el relato de la derecha política y mediática

29-1-26

ElPlural



Antonio Piña entró en la Audiencia Nacional para cubrir la vacante por jubilación de Manuel García Catellón en un juzgado clave para la institución de justicia. Nacido en el municipio pontevedrés de Tui en la década de los sesenta, Piña estudió Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela y ocupa actualmente el número 2046 del escalafón judicial de 5.630 jueces y magistrados.

Tal y como ha desvelado en un prolífico seguimiento Los Genoveses, colaborador de ElPlural, desde 2004 ha estado vinculado a la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), llegando a formar parte de sus comisiones ejecutivas a nivel nacional. Su nombramiento como vocal del Consejo Rector de la Escuela Gallega de Administración Pública en 2012, a propuesta de Alberto Núñez Feijóo, puso de manifiesto su cercanía con el partido, una trayectoria que lo convierte en un juez de confianza para el PP en órganos judiciales clave.

El 27 de noviembre de 2024, la Comisión Permanente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) decidió nombrar a Piña como sustituto del magistrado conservador García Castellón, quien ocupaba el Juzgado Central de Instrucción número seis de la Audiencia Nacional.

Tras formarse en la Escuela Judicial, Piña ocupó plazas en Carballino, Lugo y Ourense, donde desarrolló la mayor parte de su carrera. Entre 2005 y 2014 ejerció como juez decano de Ourense, simultaneando funciones de gestión con la presidencia de la Sala de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Galicia (TSXG). Fue profesor asociado de Derecho Privado en la Universidad de Vigo y, entre 2014 y 2019, presidió la Audiencia Provincial de Ourense, siendo único candidato y respaldado por figuras de peso dentro de la APM.

La elección sorprendió a muchos por tratarse de un magistrado con experiencia territorial limitada y que, según el escalafón judicial, era un candidato de rango medio en la carrera profesional. Sin embargo, su perfil conservador y su activismo dentro de la APM parecen haber pesado más que sus años de servicio en Galicia.

Asimismo, su carrera no ha estado exenta de polémica. En 2015 se le abrió un expediente disciplinario por dictar resoluciones fuera de sus competencias y por ocupar la vocalía de la Escuela Gallega de Administración Pública sin autorización del CGPJ. Aunque en 2016 la Comisión Disciplinaria archivó el expediente por unanimidad, el caso evidenció tensiones entre su ejercicio judicial y sus compromisos externos, una circunstancia que críticos del sector señalan como indicio de su capacidad para navegar entre lo administrativo y lo político.

Zapatero, Cospedal y Puente, sus tres logros

Piña ha sido acusado de actuar con comodidad institucional frente a casos que involucran a altos cargos del PP, como se interpreta en su actuación durante procesos sensibles en Galicia. Su llegada al JCI número seis, en sustitución de García Castellón, lo coloca como nuevo ariete judicial en causas que afectan a gobiernos anteriores, incluido el de José Luis Rodríguez Zapatero, y garantiza la continuidad de una línea conservadora en la instrucción de delitos de corrupción y financieros complejos.

En otro orden de cosas, el actual juez de la Audiencia Nacional ha rechazado la solicitud del PSOE, que ejerce la acusación popular en el caso Kitchen, de citar en calidad de investigada a la que fuera secretaria general del PP María Dolores de Cospedal pese a los nuevos indicios contra ella. Piña adopta esta decisión después de que la Fiscalía Anticorrupción, que dirige Alejandro Luzón, informara en contra de la imputación de Cospedal, su exmarido Ignacio López del Hierro y el Partido Popular, como personas jurídicas.

En su resolución, el instructor carga duramente contra el PSOE. Dice que su escrito “resulta contrario a la verdad en su fundamentación, desconocedor de la buena fe procesal, y lo que es bastante peor, erróneo en los términos en los que se presenta”. En el escrito de los socialistas se describía al juez Piña censurando la respuesta del jefe policial de la investigación cuando, en sede judicial, intentaba explicar el contenido de unos audios cuyo contenido se podía “referir a los hechos” de la pieza 7 o caso Kitchen. Antes de que pudiera extenderse más, el actual titular del Juzgado de Instrucción número seis, Antonio Piña, le interrumpió bruscamente. “¡No, no la pieza número 7 está valorada, enviada y cerrada!”, exclamó el juez, según el escrito que ahora rebate el juez.

Para Piña, el derecho de acción que le corresponde al PSOE en virtud de su actuación como acusación popular no le permite realizar manifestaciones “que exceden del usus foris hasta alcanzar carácter injurioso en referencia a la actuación de este instructor y del Ministerio Fiscal a los que imputa 'la ocultación de pruebas incriminatorias'”. “Esta afirmación aparece desmentida en el propio curso de los autos”, dice el juez.

El informe policial que recogía las evidencias referidas es el Oficio UAI (Unidad de Asuntos Internos) 3334/23 de 27 de octubre de 2023. En su página seis, el inspector jefe al frente de la investigación informa al juzgado de los audios que acompañan a su escrito. “La publicación consta de 18 carpetas, y en ella se incluyen todos los archivos de audio anteriormente subidos a la plataforma WeTransfer, otros que a continuación se enumeran, de los que se adjunta como Anexo 01 los denominados MDCospedal, para su adecuada valoración sobre su posible vinculación con los hechos objeto de investigación (pieza 7) por parte de su autoridad”. Esa valoración que solicita el policía nunca se hizo. 

En uno de los audios, Cospedal reconoce que tenía acceso a los informes de la caja B del Partido Popular antes del juez porque se los suministraba el ministro del Interior en persona. Sin embargo, Piña dice que no hay nada nuevo en esos audios y que ya estaban incorporados a la causa. Para el juez es relevante que se obtuvieran en fuentes abiertas y dice que se ahora se aportan “sin que la audición completa de los mismos aporte nuevos elementos relevantes”.

El magistrado defiende que los tres audios objeto de examen no constituyen elementos nuevos para motivar una instrucción independiente a la denominada Operación Kitchen (el operativo policial puesto en marcha supuestamente con el objetivo de sustraer al tesorero del PP Luis Bárcenas material relacionado con la investigación judicial del caso Gürtel) y solicitar una acumulación posterior a ese procedimiento, que ya se encuentra en la Sala de lo Penal para su enjuiciamiento.

Tras el descarrilamiento ferroviario en Adamuz, el mismo juez ha abierto diligencias tras una querella presentada por la asociación Libertad y Justicia contra el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, a pesar de que no tiene competencia para ello. Puente es aforado por lo que sólo puede ser investigado y, en su caso, juzgado por el Tribunal Supremo. 




miércoles, 28 de enero de 2026

 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


Esta gran mujer estalló indignada cuando los políticos del PP y VOX reían a carcajadas el NO de sus señorías al ajuste de las pensiones. Lástima que no tenía micrófono y la echaron del hemiciclo a cajas destempladas. Les llamó solamente SINVERGUENZAS porque es más educada que ellos.


 


 


 



EL GRAN BULO DE LAS GALERAS: POR QUÉ BEN-HUR NOS ENGAÑÓ A TODOS 🏛️

Seguro que tienes la imagen grabada: **Charlton Heston** con cara de sufrimiento, un tambor atronador marcando el ritmo y un látigo acariciando las espaldas de unos pobres esclavos encadenados a sus remos. Es cine del bueno, sí, pero como lección de Historia es un **suspenso de manual**.

Hoy vamos a hacerle justicia a la Marina romana, porque la realidad era mucho más fascinante (y menos sádica) de lo que nos contó Hollywood.

1. ¿Esclavos? No, profesionales del remo 💰

En la Antigua Roma, ser remero no era un castigo, era un **empleo**. La inmensa mayoría de los remeros eran hombres libres, ciudadanos de las clases más humildes (*proletarii*) o aliados de la República y el Imperio. Cobraban su salario y, lo más importante, eran profesionales.

Mover una mole de madera con tres o cinco filas de remos en mitad de una tormenta o en pleno combate requería una coordinación de nivel olímpico. ¿De verdad crees que los romanos iban a dejar la maniobrabilidad de sus mejores barcos en manos de gente que solo quería que el capitán muriera entre terribles sufrimientos?

2. La motivación: El arma secreta 🛡️

Imagina que eres un general romano. Estás en medio de una batalla naval contra Cartago o los piratas cilicios. ¿Qué prefieres tener debajo de la cubierta?

Opción A: Mil esclavos encadenados que, en cuanto el barco reciba un impacto, se van a hundir con él sin poder escapar y que, obviamente, no tienen ningún interés en que ganes.

Opción B: Hombres libres que luchan por su paga, por su vida y por su honor, y que si el barco se hunde, pueden saltar al agua e intentar salvarse.

Los romanos eran pragmáticos hasta la médula. No encadenaban a los remeros porque un remero muerto de miedo o resentido es un remero inútil.

3. El mito del tambor 🥁

Ese "pum-pum-pum" incesante del tamborero de Ben-Hur es pura fantasía. En la realidad, el ritmo lo marcaba el **"celeusta"** (el oficial de mando) usando una flauta o su propia voz. ¿Por qué? Porque el sonido de la flauta cortaba el ruido del mar y la madera mucho mejor que un tambor, permitiendo que los remeros sincronizaran sus movimientos como un reloj suizo.

4. ¿Hubo esclavos alguna vez? 🧐

Solo en casos de **extrema necesidad**. Si la situación era desesperada y faltaban hombres, se recurría a comprar esclavos para las galeras... pero con un matiz muy importante: **se les manumitía (liberaba) antes de subirlos al barco**. Roma quería soldados y marinos, no prisioneros. Solo en épocas mucho más tardías (hablamos del siglo XVI y XVII, con las galeras cristianas y otomanas) el remo se convirtió en un castigo penal sistemático.

En resumen...

La próxima vez que veas a Ben-Hur sufriendo en la bodega, disfruta de la película, pero recuerda que el tipo de al lado probablemente estaría allí por un sueldo digno, una ración de vino y la esperanza de jubilarse con una parcelita de tierra.

¿Te ha roto los esquemas o ya sospechabas que Hollywood nos la estaba jugando? Déjame tu opinión en los comentarios, que prometo no usar el látigo. 👇

#HistoriasdelaHistoria #HistoriaCanalla

 


 



Con Franco no éramos racistas.

A leer un poquito a ver si más de uno deja de subir tonterias.

Con Franco no éramos racistas. Éramos pobres, obedientes, blanquitos de muchas noches en blanco de hambre. Los moros venían con bayoneta y chilaba, extraños y exóticos, como salidos de una postal antigua de África para morir por una patria que no era suya. Cuando Franco trajo a España casi cien mil mercenarios marroquíes, los «patriotas» aplaudían con furia y fervor, como quien bendice una cruzada. Venían a matar. Ahora vienen a trabajar. Entonces tenían la bendición del general, de obispos y cardenales y hasta del cura del pueblo. Hoy son los últimos, los más pobres, los que recogen los tomates, los ajos, porque a los españoles nos duelen los riñones, los que trabajan en la construcción y quienes recogen la basura que nosotros no queremos tocar.

Antes se les aplaudía desde los balcones, con el NO-DO repitiendo su desfile como un rezo militar. Matar por España era digno de procesión. Ahora, si vienen a recoger tomates, se les recibe con bates y sospecha, y si uno hace una barbaridad, se considera a todos culpables.

Con Franco no éramos racistas. Solo teníamos un enemigo: el que pensaba diferente a lo que mandaba el enano del Pardo, aunque tuviera los ocho apellidos castellanos, porque si eran catalanes, vascos o valencianos, ya eran aún más sospechosos.

A esos españoles, el cura daba hostias —y no eran simbólicas. Y los guardias, a los disidentes , los apaleaban y no para sacudir el polvo.

Al moro se le reservaba un lugar de honor en las filas, porque su paso marcial era útil para escoltar al caudillo, ese hombre pequeño que firmaba penas de muerte en la sobremesa, con un brazo amputado a la pobre Santa Teresa, sin remordimientos de conciencia.

No venían migrantes entonces. ¿Quién iba a venir? No éramos destino, ni refugio, ni esperanza. Éramos un decorado rígido, olor a misa, incienso y naftalina. Los que salían éramos nosotros, con las maletas de cartón apretadas en trenes grises, a vendimiar y ganar en un mes, lo que en España necesitaríamos cinco, a servir cafés en Suiza, a tragar desprecio en francés o alemán. Luego volvíamos con un Mercedes de segunda mano, presumiendo de patria como quien presume de cicatriz: como en España, en ningún lugar.

Con Franco no éramos racistas. Nadie venía de América o de África a trabajar, porque aquí el trabajo era castigo y el hambre, rutina. Sonaban las canciones de Juanito Valderrama y Dolores Abril en aquel programa de onda corta llamado «España para los españoles», aunque algunos afinábamos el oído para captar las ondas lejanas de «Radio España Independiente», donde cabía la esperanza.

Decíamos que los racistas eran otros: los alemanes, los franceses, los suizos. Nosotros no éramos racistas, éramos tan imbéciles que gritábamos «Spain is different», con la boca llena de orgullo, en inglés de escuela vieja, sin saber muy bien que sí, que éramos diferentes, pero para mal y para vergüenza nuestra. Para ellos, los europeos, África comenzaba en los Pirineos, para nosotros Europa.

Ahora sí lo somos. Racistas sin el valor de confesarlo, con un pero, los más, sin pero, otros.

Nos irrita el acento del que limpia el baño, del que recoge nuestras cerezas, del que sirve la cerveza en la terraza. Nos molesta su necesidad, su urgencia, su existencia, que sean pobres, el espejo viejo, sin azogue, en el que no queremos recordarnos.

Decimos que no somos racistas, pero en Torre Pacheco hubo patrullas con calaveras bordadas y esvásticas en la gorra, y gente que se cree más romana que humana, más aria que vecina. Y hoy, aunque bien alimentados, somos los hijos y nietos de esos emigrantes que se fueron a buscarse la vida al extranjero o en nuestra propia patria.

Hoy se han regularizado 500.000 migrantes: personas que llevan años trabajando a nuestro lado, sin derechos, invisibles, sosteniendo sectores enteros sin reconocimiento alguno. A partir de ahora seguirán trabajando, cotizando a la Seguridad Social, pagando impuestos y formando parte, por fin, de un marco legal digno. Todos los partidos —salvo los de siempre— estaban de acuerdo. Sin embargo, como el racismo y la xenofobia siguen dando réditos electorales, una vez más, el hombre de paja de la reina de la charca, ha decidido sumarse a la campaña de odio, repitiendo el mismo guion de la extrema derecha, y luego dice que no es presidente porque no quiere....

Nos falta memoria, quizá neuronas, o tal vez sea que la Historia se repite o simplemente cambia de piel o de uniforme.


 



Hace 81 años, las puertas de Auschwitz fueron finalmente abiertas por tropas soviéticas.

Y el mundo comenzó a ver —de frente— una magnitud de horror que ningún idioma puede describir por completo.

Lo que encontraron no fue un campo de batalla, sino un cementerio de vivos.

Cuerpos reducidos al límite de la existencia.

Barracas llenas de enfermedad y silencio.

Montañas de zapatos, gafas y maletas: la evidencia muda de vidas robadas.

El complejo de Auschwitz fue establecido por la Alemania nazi en la primavera de 1940, en la Polonia ocupada. En poco más de cuatro años, aproximadamente 1,1 millones de personas fueron asesinadas allí: cerca de un millón de judíos, junto con gitanos romaníes, prisioneros polacos, prisioneros soviéticos y otros perseguidos por el odio nazi.

Hombres, mujeres, niños. Familias enteras. Convertidos en números. Luego borrados.

La liberación no trajo solo alegría.

Trajo shock.

Trajo duelo.

Trajo la devastadora certeza de que, para millones, la ayuda llegó demasiado tarde.

Y aun así, entre las ruinas, hubo sobrevivientes —frágiles, marcados, pero vivos. Su existencia se convirtió en una responsabilidad: recordar, testimoniar y advertir sobre hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando no se detiene a tiempo.

Cada año, este día no es solo una fecha.

Es un acto de memoria.

Recordamos nombres cuando es posible, rostros cuando los tenemos, historias que no deben desaparecer. Honramos a quienes fueron asesinados y escuchamos a quienes sobrevivieron —no como ecos del pasado, sino como voces que aún exigen humanidad, dignidad y justicia.

Porque Auschwitz no fue un accidente de la historia.

Fue el resultado de decisiones.

De propaganda creída.

De vecinos que miraron hacia otro lado.

De la crueldad convertida en norma.

Recordar no es solo llorar.

Es asumir responsabilidad.

Es oponerse al antisemitismo, al racismo y a toda forma de odio que empieza con palabras… y termina en fosas comunes.

Que las víctimas sean recordadas.

Que los sobrevivientes sean honrados.

Y que el mundo nunca olvide lo que ocurre cuando dejamos de protegernos unos a otros.



 


 

Llevar a Paca la Culona, alias Miss islas Canarias, Criminalísimo por la Gracia de Dios bajo palio, era un sacrilegio, aunque Paquita como le llamaba su padre,  fuese la hostia.

 


 



Óscar Puente, el ministro incómodo: inteligencia, verdad y el azote de la derecha

Hay ministros que pasan. Y hay ministros que quedan.

Óscar Puente pertenece, sin complejos, a la segunda categoría.

En un tiempo político dominado por el ruido, el titular hueco y la bronca permanente, aparece alguien que hace algo casi revolucionario: pensar, decir la verdad y hacerlo a tiempo.

No es casualidad que moleste tanto.

Puente no grita.

Argumenta.

No se esconde.

Da la cara.

No improvisa consignas.

Lee, estudia y responde. Y eso, en un ecosistema donde la derecha vive de la exageración, el bulo y la nostalgia de un pasado que nunca fue tan glorioso, resulta letal.

Porque el verdadero problema para la derecha no es que Óscar Puente sea de izquierdas.

El problema es que tiene razón demasiadas veces.

Cuando habla, no necesita adjetivos gruesos ni enemigos imaginarios. Le basta con los datos. Y los datos —qué mala suerte— suelen desmontar los relatos prefabricados que tanto éxito tienen en tertulias indignadas y editoriales escritos con espuma en la boca.

Óscar Puente representa algo que la política española necesita con urgencia: credibilidad. Y la credibilidad no se compra ni se fabrica en un gabinete de marketing. Se construye con coherencia, con trabajo y con una idea clara de para qué se gobierna: para mejorar la vida de la gente, no para ganar aplausos fáciles.

Por eso es el azote de la derecha.

No porque insulte.

No porque provoque.

Sino porque expone.

Expone contradicciones.

Expone silencios interesados.

Expone esa extraña costumbre de exigir responsabilidad cuando se está en la oposición y olvidarla cuando se gobernó.

Y lo hace con algo aún más peligroso que la ideología: inteligencia política.

En tiempos de cinismo, Óscar Puente resulta incómodo porque parece creer —de verdad— en lo que hace. Porque no habla como si la ciudadanía fuera tonta. Porque no se disculpa por defender políticas públicas, ni por llamar a las cosas por su nombre.

¿Es perfecto? No.

¿Comete errores? Seguro.

¿Es humano? Evidentemente.

Pero hay algo que lo distingue: no subestima a quien le escucha.

Y al final, como siempre, ocurre lo inevitable:

cuando no pueden rebatir las ideas, atacan a la persona.

Cuando no pueden desmontar los datos, gritan.

Cuando no pueden gobernar, bloquean.

Óscar Puente no es el problema.

El problema es que demuestra, cada día, que sí se puede gobernar con inteligencia, honestidad y sin pedir perdón por ser de izquierdas.

Y eso —aunque les duela—

no se combate con ruido. Se combate con votos.

🖊️ Pilar González

Todos los derechos reservados.

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La memoria no se rinde, (página oficial)

La reflexión no se censura: se debate.


 


 


 

            Willybetis Gonzalez Fernandez

Estas son las miserables derecha y ultraderecha patriota que dice que quiere mejorar la vida de los ciudadanos de este país.






 



El albañil de Mauthausen, un héroe de los nuestros.

Hoy, en el Día del Holocausto, permitidme que os hable de un albañil, paisano mío de Teruel, con unos principios más duros que el granito de las canteras donde casi deja la vida. Se llamaba Manuel Rifaterra Aguilar, nació en Alcorisa (Teruel, España) y en el infierno nazi era simplemente el preso nº 6726 en el campo de Mauthausen (Austria), donde la "mano de obra" perfecta (barata, sacrificable y fácil de reponer) trabajaba en las canteras de granito.

A Manuel le tocó la tarea más amarga que un constructor puede imaginar: levantar la «Escalera de la Muerte». 186 peldaños de piedra que subían desde la cantera de Mauthausen hacia el exterior. Aquello no era una obra civil, era una picadora de carne. Los presos eran obligados a subir bloques de 50 kilos a la espalda. Si uno desfallecía y su piedra rodaba, provocaba un efecto dominó que aplastaba a todos los que venían detrás. Manuel veía aquello todos los días. Veía a sus compañeros morir en los peldaños que él mismo ayudaba a fijar.

Y ahí es donde este albañil decidió que iba a usar su oficio para algo más que levantar muros.

Manuel, que por su oficio tenía cierta autoridad sobre las cuadrillas, empezó a usar la picaresca española en el lugar más peligroso del mundo. Empezó a usar artimañas y engaños para que las cuadrillas de albañiles fueran mucho más numerosas de lo que las obras requerían.

¿Su estrategia? El "casting" más humano de la historia: En lugar de elegir a los más fuertes para que el trabajo saliera rápido, Manuel buscaba a los más débiles, a los famélicos, a los que sabía que no durarían ni dos días más picando piedra en la cantera. Los sacaba de allí con la excusa de que "eran necesarios" para la construcción, aunque los pobres no hubieran visto un ladrillo en su vida.

Bajo el ala del "Maño" (que así lo llamaban por su origen aragonés), aquellos hombres tenían un respiro. No era un balneario, seguía siendo un campo de exterminio, pero bajo su mando el ritmo bajaba y la esperanza subía. Manuel Rifaterra no solo ponía piedras; estaba construyendo tiempo de vida para otros.

Tras la liberación, Manuel no volvió a España. Se instaló cerca de París, en Permain. Pero su historia no terminó con el fin de la guerra. Durante décadas, su casa fue un lugar de peregrinación. Por allí pasaban antiguos camaradas de Mauthausen, hombres que ya tenían canas y nietos, solo para decirle: "Gracias, Manuel. Gracias por sacarme de la cantera".

Rifaterra murió en 1979 en Francia, lejos de su Teruel natal, pero con la satisfacción de haber sido el arquitecto de la supervivencia de cientos de personas.

A veces, la resistencia no se hace con fusiles. A veces se hace con una paleta de albañil, mucha astucia y un corazón que no cabe en el pecho.

No olvidéis su nombre: Manuel Rifaterra Aguilar. Un héroe de los nuestros.

#HistoriasdelaHistoria #DíadelHolocausto


 

María Olmos



 

El método Feijóo: confundir cifras, negar víctimas y cuestionar los datos oficiales

El gestor tranquilo frente al ruido como se presentó al presidente del PP, hoy se resquebraja

Miguel Angel Heredia Díaz

28-1-26

ElPlural



Alberto Núñez Feijóo ya no puede refugiarse en la excusa del error puntual. Cuando un dirigente político confunde el alcance de una tragedia, niega la existencia de víctimas derivadas de fallos sanitarios y acusa a un ministro de “confundir” por aportar datos oficiales, el problema deja de ser anecdótico. Empieza a dibujar un patrón preocupante.

La cuestión, por tanto, ya no es si Feijóo se equivoca. La pregunta es más grave: ¿no está a la altura, desconoce los asuntos sobre los que opina o falta deliberadamente a la verdad? Cualquiera de esas opciones resulta alarmante en alguien que aspira a presidir el Gobierno de España.

El primer episodio es tan revelador como inquietante. En una comparecencia pública, Feijóo se enreda al referirse al número de personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz. No hablamos de un dato técnico ni de una cifra económica. Hablamos de vidas truncadas y de familias golpeadas por la tragedia. Y la torpeza es mayúscula porque estaba leyendo su discurso. Confundir a las víctimas no es un simple lapsus comunicativo: es una falta de rigor y de respeto.

Ante una tragedia de esta magnitud, la precisión no es opcional, y menos aún para quien presume de experiencia y solvencia. Sin embargo, tras el error no hubo una rectificación clara ni una disculpa acorde a la gravedad de lo sucedido. Hubo silencio. Y con él, la sensación de que la ligereza se ha instalado en el discurso del líder del Partido Popular.

Pero si este episodio ya resulta preocupante, lo ocurrido con los cribados de cáncer de mama en Andalucía supone un salto cualitativo. Feijóo afirmó que, como consecuencia de los fallos en estos programas de detección, no ha fallecido ninguna mujer. Ninguna. Lo dijo dos veces en apenas veinte segundos. Una afirmación rotundamente falsa y profundamente ofensiva.

Negar la existencia de víctimas no es una opinión política. Es borrar sufrimiento real para proteger una gestión sanitaria cuestionada. Es invisibilizar a mujeres que han sufrido diagnósticos tardíos, tratamientos más agresivos y consecuencias irreversibles. Es trasladar a sus familias la idea de que su dolor no cuenta.

La realidad es bien distinta. Los recortes, la externalización y el deterioro progresivo de la sanidad pública andaluza llevan años siendo denunciados por profesionales sanitarios, asociaciones de pacientes y colectivos ciudadanos. Los fallos en los programas de detección precoz han tenido consecuencias. Y algunas de ellas han sido irreversibles.

Negarlo no es solo faltar a la verdad. Es cruzar una frontera ética. Porque aquí no se habla de ideología ni de confrontación partidista, sino de vidas humanas. Y cuando un líder político decide negar ese daño para salvar un relato, el problema deja de ser político para convertirse en moral.

El tercer episodio termina de completar el retratoFeijóo exige la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, no por mentir, ocultar informació. n o falsear cifras, sino por ofrecer demasiados datos. Todos ellos oficiales, contrastados y verificables.

La escena es tan absurda como reveladora. El problema ya no es la mentira, sino la verdad. La transparencia molesta porque desmonta consignas y discursos construidos sobre medias verdades. Y cuando los datos no encajan con el relato, se opta por atacar al mensajero.

Feijóo no rebate cifras, no desmiente informes ni aporta información alternativa. Se limita a cuestionar la cantidad de datos ofrecidos, como si la ciudadanía fuera incapaz de comprenderlos o como si rendir cuentas fuera un defecto y no una obligación democrática básica.

Este triple episodio no es casual. Confusión, negación y desprecio por la transparencia avanzan siempre en la misma dirección: minimizar daños y eludir responsabilidades. No es una concatenación de errores. Es una forma de hacer política.

Durante años, el Partido Popular trató de construir la imagen de un Feijóo moderado, serio y riguroso. El gestor tranquilo frente al ruido. Hoy ese relato se resquebraja. Lo que emerge es un líder incómodo con los datos, superado por la complejidad y dispuesto a negar la realidad cuando no le resulta políticamente favorable.

No se puede aspirar a gobernar un país complejo desde la confusión permanente ni desde el negacionismo selectivo. Y, sobre todo, no se puede utilizar el dolor ajeno para salvar un titular o proteger la gestión de un gobierno autonómico de tu propio partido.

España necesita una oposición firme, sí, pero también honesta y rigurosa. No una oposición que banalice el sufrimiento, invisibilice a las mujeres afectadas por fallos sanitarios y ataque a quien explica con datos lo que otros prefieren ocultar.

Por eso la duda ya no es razonable. O Feijóo no tiene el nivel necesario para el cargo al que aspira, o cree que la ciudadanía no distingue entre verdad y propaganda. O no sabe… o miente. Y cualquiera de esas opciones debería encender todas las alarmas democráticas.

Porque hoy se confunden cifras. Mañana pueden relativizarse derechos. Y pasado mañana, tomarse decisiones que afectan a millones de personas. España no puede permitirse un líder que no respete ni los datos ni a las víctimas. Y ese es, hoy por hoy, el verdadero problema de Alberto Núñez Feijóo.