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miércoles, 1 de abril de 2026

 


Semana Santa: cuando la injusticia se celebra como virtud

En pleno siglo XXI, mientras los sistemas jurídicos más avanzados del planeta se sostienen sobre el inquebrantable Principio de Personalidad de la Pena —según el cual nadie puede ser castigado por los delitos de otro—, millones de personas se preparan para conmemorar, con solemnidad y devoción, una de las ideas más profundamente contrarias a este fundamento jurídico: la creencia de que un inocente puede —y debe— pagar por los culpables.

Desde una perspectiva legal esto no es sólo discutible: es una aberración. ¿Se imaginan un tribunal moderno donde alguien pueda sustituir al acusado para recibir la pena por él? Por supuesto, nunca lo verán. El derecho penal moderno se construyó precisamente para erradicar este tipo de injusticias. Y si bien en épocas antiguas no era raro que la pena trascendiera al culpable (se confiscaban bienes familiares, se condenaba al ostracismo a descendientes, o se marcaba a generaciones enteras con el estigma del delito de un antepasado), hoy el derecho internacional prohíbe categóricamente estas prácticas. Porque definitivamente la responsabilidad es individual e intransferible, y castigar a un inocente no es justicia, sino un acto de barbarie.

No obstante, en el núcleo mismo de las religiones abrahámicas esta brutalidad no sólo es aceptada, sino elevada a ideal moral. Es evidente que los redactores de los textos bíblicos vivían en un contexto cultural donde la idea de transferir la culpa era perfectamente normal. Donde no existía el concepto moderno de responsabilidad individual como hoy lo entendemos. Y en ese mundo arcaico y salvaje, era moralmente aceptable que alguien —humano o animal— cargara con las faltas de otros.

El ejemplo más paradigmático es el famoso “chivo expiatorio”, descrito en el libro de Levítico (16:8-10, 21-22). Durante el ritual judaico del “Día de la Expiación” (Yom Kippur), el sacerdote imponía simbólicamente los pecados del pueblo sobre un chivo que luego era enviado al desierto “para Azazel”, es decir, “para la eliminación de la culpa e impureza del pueblo de Israel”. Se trataba de un pobre cabro sobre el cual toda la comunidad proyectaba sus “pecados”, y que era llevado al desierto para que muriera de sed y hambre. Sin duda una imagen poderosa… y profundamente inquietante: un inocente condenado a sufrir por delitos ajenos.

Pero se trata de un mecanismo que revela una lógica primitiva: la culpa puede trasladarse, el castigo puede delegarse, la justicia puede ser sustituida por un ritual simbólico. Y lejos de ser un caso aislado, esta lógica atraviesa toda la narrativa bíblica:

- En el Génesis no sólo se castiga a Adán y Eva, sino a toda la humanidad, considerada culpable por una falta original que nadie más cometió.

- En Egipto, durante las plagas, mueren los primogénitos —niños y animales— que no tuvieron participación alguna en las decisiones del faraón.

- En el relato del Diluvio Universal, la destrucción es total: hombres, mujeres, niños y animales perecen indiscriminadamente.

- En Sodoma y Gomorra, la aniquilación colectiva tampoco distingue entre culpables e inocentes.

- Y en el Nuevo Testamento, la llamada “matanza de los inocentes” ordenada por Herodes vuelve a presentar la muerte de niños como daño colateral de un conflicto de poder.

En todos estos casos el principio es el mismo: la inocencia no protege del castigo destinado a los culpables. La justicia divina, tal como se presenta en estos textos, no reconoce la responsabilidad individual.

Y llegamos al punto culminante de esta lógica: la crucifixión de Jesús, que desde el punto de vista teológico se presenta como un acto supremo de amor. Sin embargo, desde el punto de vista jurídico y ético es todo lo contrario: la glorificación de la injusticia. Porque si lo analizamos sin el velo de la fe, lo que se propone es esto: la culpa de millones de personas —pasadas, presentes y futuras— es transferida a un solo individuo inocente, que es castigado brutalmente en su lugar. No hay pues, responsabilidad individual, ni debido proceso, ni proporcionalidad. Sólo sustitución penal. Es, en términos modernos, una monstruosidad moral.

El filósofo, escritor y periodista angloestadounidense Christopher Hitchens (1949-2011) coincidía con este criterio. Consideraba ese dogma cristiano de la “Doctrina de Redención Vicaria”, como completamente inmoral, y se preguntaba cómo es posible que fuera moral pensar que nuestras faltas pueden ser perdonadas castigando a otra persona.

Opinaba Hitchens que uno podría sacrificarse por alguien si realmente quisiera; uno podría incluso tomar el puesto de esa persona y abogar por ella; pero no podría eliminar sus responsabilidades ni perdonarla o eximirla de lo que hizo a otro. Porque uno no puede limpiar los errores de otro. Decía: “Esta es una doctrina completamente inmoral. Esto neutraliza el concepto de responsabilidad personal del que nuestra ética debe depender.”

Con respecto al supuesto sacrificio humano de Jesús en la cruz, muriendo como un chivo expiatorio por las faltas de otros, señalaba que hay todavía más agravantes, puesto que se trataría de algo ocurrido mucho tiempo antes de que nosotros naciéramos, sin que se nos hubiera pedido opinión respecto a esa decisión de torturar y matar a ese hombre, y sin embargo se nos responsabiliza de su muerte. Decía Hitchens: “…nadie me pidió mi opinión, y de haber estado presente, hubiera hecho lo posible para detener la tortura y ejecución pública de una criatura excéntrica. Haría lo mismo en el presente. Pero no: me culpan y me dicen que yo mismo introduje los clavos, y que estaba presente en el calvario…” Y agregaba: “Esto puede sonar como una creencia loca, pero es la creencia cristiana.”

Concluía Hitchens: “… tal vez fuera bueno poder lanzar tus pecados y responsabilidades en alguien más y tenerlos resueltos, pero no es verdad ni es moralmente correcto.” Como también señalaba lo absurda que es la creencia en la supuesta intervención de un Dios Supremo hasta hace sólo unos dos mil años, para perdonar a la humanidad sus “pecados” mediante el sacrificio humano de su Hijo, manteniéndose indiferente todo el tiempo anterior.

Pero lo más paradójico es que este supuesto sacrificio de Jesús ni siquiera cumple su propósito declarado. Porque la humanidad no dejó de pecar, el mal no desapareció y la injusticia no se erradicó. Tal como ocurrió con el Diluvio —otro intento fallido de “reiniciar” la humanidad—, el problema persiste. Entonces, ¿para qué sirvió realmente?

Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es sólo que estas ideas existan en textos antiguos —eso es comprensible dado el contexto histórico—, sino que sigan siendo defendidas, celebradas y enseñadas en la actualidad como verdades morales supremas. Aceptar que un inocente pague por los culpables, es renunciar a uno de los pilares fundamentales de la justicia. Es retroceder siglos en la evolución del pensamiento jurídico. Es justificar la arbitrariedad.

Así que, en esta Semana Santa, mientras se multiplican las procesiones, los sermones y las expresiones de fe, convendría a los cristianos hacer una pausa crítica y preguntarse: ¿Qué estamos celebrando exactamente? ¿Un acto de amor… o la consagración de una injusticia?

Porque si un sistema permite —o peor aún, glorifica— el castigo de inocentes, entonces no estamos ante un sistema moral elevado, sino ante una reliquia de pensamiento arcaico que, bajo el barniz de lo sagrado, sigue desafiando los principios más básicos de la justicia humana.

[Godless Freeman]


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