El albañil de Mauthausen, un héroe de los nuestros.
Hoy, en el Día del Holocausto, permitidme que os hable de un albañil, paisano mío de Teruel, con unos principios más duros que el granito de las canteras donde casi deja la vida. Se llamaba Manuel Rifaterra Aguilar, nació en Alcorisa (Teruel, España) y en el infierno nazi era simplemente el preso nº 6726 en el campo de Mauthausen (Austria), donde la "mano de obra" perfecta (barata, sacrificable y fácil de reponer) trabajaba en las canteras de granito.
A Manuel le tocó la tarea más amarga que un constructor puede imaginar: levantar la «Escalera de la Muerte». 186 peldaños de piedra que subían desde la cantera de Mauthausen hacia el exterior. Aquello no era una obra civil, era una picadora de carne. Los presos eran obligados a subir bloques de 50 kilos a la espalda. Si uno desfallecía y su piedra rodaba, provocaba un efecto dominó que aplastaba a todos los que venían detrás. Manuel veía aquello todos los días. Veía a sus compañeros morir en los peldaños que él mismo ayudaba a fijar.
Y ahí es donde este albañil decidió que iba a usar su oficio para algo más que levantar muros.
Manuel, que por su oficio tenía cierta autoridad sobre las cuadrillas, empezó a usar la picaresca española en el lugar más peligroso del mundo. Empezó a usar artimañas y engaños para que las cuadrillas de albañiles fueran mucho más numerosas de lo que las obras requerían.
¿Su estrategia? El "casting" más humano de la historia: En lugar de elegir a los más fuertes para que el trabajo saliera rápido, Manuel buscaba a los más débiles, a los famélicos, a los que sabía que no durarían ni dos días más picando piedra en la cantera. Los sacaba de allí con la excusa de que "eran necesarios" para la construcción, aunque los pobres no hubieran visto un ladrillo en su vida.
Bajo el ala del "Maño" (que así lo llamaban por su origen aragonés), aquellos hombres tenían un respiro. No era un balneario, seguía siendo un campo de exterminio, pero bajo su mando el ritmo bajaba y la esperanza subía. Manuel Rifaterra no solo ponía piedras; estaba construyendo tiempo de vida para otros.
Tras la liberación, Manuel no volvió a España. Se instaló cerca de París, en Permain. Pero su historia no terminó con el fin de la guerra. Durante décadas, su casa fue un lugar de peregrinación. Por allí pasaban antiguos camaradas de Mauthausen, hombres que ya tenían canas y nietos, solo para decirle: "Gracias, Manuel. Gracias por sacarme de la cantera".
Rifaterra murió en 1979 en Francia, lejos de su Teruel natal, pero con la satisfacción de haber sido el arquitecto de la supervivencia de cientos de personas.
A veces, la resistencia no se hace con fusiles. A veces se hace con una paleta de albañil, mucha astucia y un corazón que no cabe en el pecho.
No olvidéis su nombre: Manuel Rifaterra Aguilar. Un héroe de los nuestros.
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