El
29 de marzo de 1956 murió trágicamente a los 14 años Alfonso de
Borbón y Borbón, infante de España, hijo de Juan de Borbón y
hermano menor del rey Juan Carlos I.
Aquel
día de 1956, festividad de Jueves Santo, Alfonso comenzó el día
acudiendo junto a toda su familia a la misa matutina. A primera hora
de la tarde, Alfonso debía acudir al Club de Golf de Estoril, donde
competía en la Taça Visconde Pereira de Machado. Alfonso era un
apasionado de este deporte, al igual que su padre, algo que le había
acercado mucho a este. Aquel día Alfonso disputó, y ganó, la
semifinal de la competición. Tras ello, regresó a Villa Giralda,
hogar de la familia real desde 1949, junto a su padre y su hermano,
que le habían acompañado al torneo. La familia al completo volvería
a salir una vez más, esta vez para asistir a la misa vespertina que
se iba a celebrar a las seis de la tarde. Acabada la celebración
eucarística, y debido al mal tiempo, todos regresaron a la casa para
pasar el resto de la tarde.
Alfonso
y Juan Carlos subieron a la planta de arriba. Hacia las ocho,
jugueteando con un arma corta, Alfonso recibió un disparo. La bala
provenía de un revólver de pequeño calibre disparado por su
hermano, que, salvo que afectara a zonas vitales, era prácticamente
inofensiva; pero a Alfonso le alcanzó la cabeza, por lo que murió
de forma casi instantánea.
Cuando
los condes de Barcelona subieron al cuarto de juegos, su hijo menor
yacía sobre un charco de sangre. Pese a los esfuerzos del padre por
reanimarle, el infante murió en sus brazos. Acto seguido, Juan,
según diversas fuentes, cubrió el cuerpo de su hijo con una bandera
de España y, volviéndose hacia Juan Carlos, le espetó: «¡Júrame
que no lo has hecho a propósito!». A las ocho y media, Joaquín
Abreu, el médico de la familia acudió a Villa Giralda, pero no pudo
salvarle.
Al
día siguiente, la prensa portuguesa publicó el comunicado oficial
que había emitido la embajada española:
“Mientras
su Alteza el Infante Alfonso limpiaba un revólver aquella noche con
su hermano, se disparó un tiro que le alcanzó la frente y le mató
en pocos minutos. El accidente se produjo a las 20:30, después de
que el Infante volviera del servicio religioso del Jueves Santo, en
el transcurso del cual había recibido la santa comunión”.
La
versión oficial del Gobierno español difería mucho de la realidad,
pues Franco en persona había impuesto que se silenciaran los
detalles sobre lo ocurrido. Sin embargo, en los días siguientes, se
supo que era Juan Carlos quien sostenía el arma, así que fue la
disparidad de versiones, más que el hecho en sí, lo que sembró las
dudas entre parte de la opinión pública. Las circunstancias exactas
no se conocen con seguridad y las versiones varían más o menos
según la persona que las cuente. El propio Juan Carlos contó a su
amigo Bernardo Arnoso que había apretado el gatillo desconociendo
que el revólver estaba cargado y que, tras rebotar en una pared,
impactó en el rostro de su hermano.
María
de las Mercedes aseguró en su autobiografía que el conde de
Barcelona había prohibido jugar a sus hijos con la pistola porque el
día anterior habían estado disparando a las farolas. Pero que,
aquella tarde, los infantes habían cogido igualmente el arma para
disparar contra una diana. Poco después de las ocho el arma se
disparó. Posteriormente, la misma María de las Mercedes sugirió la
posibilidad de que su hijo Juan Carlos apuntara en broma a Alfonso y
disparara sin percatarse de que el arma estaba cargada. Según un
reportaje de la periodista Françoise Laot, basado en las entrevistas
concedidas por María de las Mercedes, habría sido la propia condesa
de Barcelona la que abrió el secreter donde se guardaba el arma,
permitiendo a sus hijos que jugaran con ella.
Otra
versión sobre lo ocurrido en el cuarto de juegos fue probablemente
sugerida por la infanta Pilar, hermana de Alfonso y Juan Carlos.
Según este relato, Alfonso regresaba al cuarto de juegos con las
manos ocupadas llevando algo de comer para él y su hermano y empujó
la puerta con el hombro. Al abrirse súbitamente, la puerta golpeó
el brazo de Juan Carlos provocando que este accionara
involuntariamente el gatillo. La bala saldría disparada, entonces,
justo en el momento en el que Alfonso accedía a la habitación.
Alfonso
fue enterrado el 31 de marzo en el cementerio de Cascais. A su
funeral, oficiado por el nuncio papal en Portugal, asistieron
diversas personalidades de varios países, entre ellas, Francisco
Craveiro, presidente de la República Portuguesa, que acudía en
representación del Gobierno luso. Una vez acabados los actos, don
Juan arrojó el revólver al mar. Sobre esta arma, el historiador
Paul Preston, autor del libro Juan Carlos. El rey de un pueblo,
comenta que se ha especulado mucho sobre su origen y que existen
diversas versiones, tales como que se trataba de un regalo que Franco
había hecho a Alfonso; que el regalo era del conde de los Andes; o
que alguien se la había dado a Juan Carlos en la Academia Militar.
Sobre este tema, en la citada autobiografía de María de las
Mercedes se puede leer: «[...] de Madrid habían traído los
hermanos una pequeña pistola de seis milímetros, que nunca se ha
contado quién les regaló».
Alfonso
permaneció enterrado en Portugal durante treinta y seis años hasta
que, a petición de su padre, fue trasladado a España, ya durante el
reinado de Juan Carlos. En octubre de 1992, sus restos fueron
exhumados y trasladados a su morada definitiva, en el Panteón de
Infantes del Monasterio de El Escorial.
Como
consecuencia de la tragedia, Juan Carlos, que se volvió taciturno y
retraído, fue enviado de vuelta a Zaragoza, mientras que su madre
cayó en una profunda depresión por la que hubo de ser ingresada
durante un tiempo en una clínica cercana a Fráncfort.
En
los meses siguientes, Jaime de Borbón, tío de los infantes,
enfrentado con el conde de Barcelona por cuestiones dinásticas,
criticó la actuación de su hermano y exigió que se llevara a cabo
una investigación judicial. Sobre ello, el historiador Paul Preston
opinó que «la mezcla de insensibilidad y pura malevolencia
demostradas por don Jaime era inaudita».
Años
más tarde, Franco, ante el propio conde de Barcelona, justificó con
las siguientes palabras su idea de que lo mejor era mantenerle lejos
del trono:
“Mírese
Vuestra Alteza a sí mismo: dos hermanos hemofílicos [Alfonso y
Gonzalo], otro sordomudo [Jaime]; una hija ciega [Margarita]; un hijo
muerto de un tiro [Alfonso]. A los españoles, tantas desgracias
acumuladas sobre una sola familia no puede agradarles”.