*𝗖𝗼𝗹𝗲𝗰𝘁𝗶𝘃𝗼 𝗣𝘂𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗠𝗮𝗱𝗲𝗿𝗮
En la fosa común del patio nº 1 del cementerio de Albacete, situada a espaldas de los grandes mausoleos de la aristocracia local, una pequeña placa recuerda a un niño nacido en 1937 y muerto en 1940. O sea, nacido y muerto en tiempos bestiales. Se llamaba José, pero todos lo conocían como Pepico. Su corta existencia es como una pequeña metáfora de la historia de España. Su padre, también José, luchó por defender la República frente al golpe de estado de los generales. Colaboró con las Brigadas Internacionales, combatió en la batalla del Ebro y en 1939 cruzó la frontera huyendo de la salvaje represión desatada por Franco. Lo que le esperaba al otro lado de los Pirineos no era precisamente la “libertad, igualdad y fraternidad” que cabía esperar de la cuna de la Ilustración. Como es bien sabido, los refugiados y las refugiadas españoles fueron recluidos en campos de concentración que carecían de las condiciones mínimas para una vida digna. Los más pequeños caían como moscas a causa de las enfermedades y el hambre. José entró en Argelès. Luego se alistó en el Regimiento de Marcha de Voluntarios Extranjeros. Fue capturado por los alemanes. Estuvo ingresado en Mauthausen, Gusen y Ebensee, donde fue liberado. Su biografía parece más la de un héroe mitológico que la de un simple mortal.
Mientras tanto, Ramona, su mujer, intentaba sobrevivir con sus dos hijas y sus dos hijos. Resulta fácil imaginar en qué condiciones. La dictadura que ahora algunos añoran convirtió la vida de los vencidos en un auténtico infierno. En cierta ocasión, Pepico enfermó. Ramona reunió lo que pudo de sus escasos ahorros y, acompañada de su hija Rosa, llevó a la criatura a la consulta privada del pediatra Luis Martínez de la Ossa, que les exigió esperar fuera mientras lo examinaba. Según el testimonio de ambas, el futuro alcalde de Albacete salió al poco y voceó bien alto para que todos lo oyeran: “¡Oye, un hijo de rojo menos!”. Pocas horas después, Pepico murió… En 1947, después de muchas peripecias, lo que quedaba de la familia consiguió salir de España y juntarse con José en Francia. Y ahí comienza otra etapa.
Todo esto lo cuenta el periodista escritor francés Gilbert Grellet en su obra Un invierno despiadado, una documentadísima historia del franquismo que tiene a los Ocaña como hilo conductor de su relato. A partir de ahora, contamos lo que sabemos por nuestra propia experiencia. Sabemos, por ejemplo, que, cuando en 2022 se instalaron en Albacete los stolpersteine (“piedras de la memoria” en homenaje a los deportados a campos de concentración nazis), Juan, el hermano menor, y su familia, después de hacer 800 o 900 kilómetros, fueron a aparcar ni más ni menos que en la calle Martínez de la Ossa. Sabemos que, desde entonces, Juan, nacido en 1940, ha hecho de la eliminación de esa calle un objetivo de vida. Como escribió el psiquiatra Viktor Frankl, somos seres “en busca de sentido”. Sabemos que en esa causa justa entre las causas justas le acompañan la Asociación Fosa de Alcaraz y el Grupo de Amigas y Amigos Antonio Machado. Sabemos que, en julio de 2024, estas organizaciones presentaron ante el Ayuntamiento de Albacete una instancia solicitando el cambio de nombre de esa calle por constituir un vestigio del franquismo incluido en el Catálogo Provincial, elaborado por el grupo de comunicación Vocesenlucha y publicado por el Instituto de Estudios Albacetenses, un organismo oficial adscrito a la Diputación. Sabemos que un año después presentaron un recurso de reposición. Sabemos que, en marzo de este mismo año, el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática envió a nuestro alcalde un requerimiento para cambiar el nombre de esa calle en cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática. Sabemos que el alcalde no se ha dignado a contestar a nada.
Y sabemos más cosas. Sabemos que silencios como el de Manuel Serrano hacen más profundas las fosas en que aún yacen las víctimas de la dictadura. Y sabemos que prolongan hasta el infinito el dolor de sus familias. Pero también sabemos que, pese a todo, Pepico vive. Vive en el carácter incombustible de su hermano, y probablemente en sus rasgos físicos. Vive en todas las personas que siguen reclamando “verdad, justicia y reparación” para quienes lucharon por la democracia. Y vive en los hombres y mujeres que cada día plantan cara al fascismo emergente. Sí, no cabe duda. Pepico vive. Todos nuestros “Pepicos” viven porque, como le gusta repetir a este colectivo, la lucha sigue.
@CPuenteMadera
*El Colectivo Puente Madera está formado por Esteban Ortiz, Vanessa Pérez, Elías Rovira y Javier Sánchez.
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