¿Y si dimite Ayuso?
La pregunta que nadie en la Puerta del Sol quiere escuchar.
EL CASTILLO DE CARTÓN
La presidenta madrileña ha hecho del “resistiré” su lema político. Se presenta como víctima de conspiraciones, mártir de un supuesto Estado que la acosa, heroína de la derecha ultraliberal. Pero el castillo que levanta se sostiene sobre cartón mojado. El fraude fiscal de su pareja ya no es una anécdota privada, sino un problema institucional.
Ayuso no es culpable de las facturas falsas que Alberto González Amador emitió en México, Costa de Marfil y un pueblo de Sevilla. Lo que sí es suyo es el intento de blindar políticamente a quien se lucraba con contratos de mascarillas mientras la Comunidad de Madrid dejaba morir a miles de personas mayores en residencias sin atención hospitalaria.
Cuando el entorno íntimo de un cargo público se enriquece gracias a empresas que facturan 1.000 millones de euros anuales a la administración que esa persona dirige, ya no hablamos de vida privada. Hablamos de un conflicto de intereses de dimensiones políticas y éticas.
EL EFECTO DOMINÓ
Si Ayuso dimitiera, no caería solo un nombre. Caería un modelo. El modelo que ha hecho del negocio sanitario el pilar de su poder. El modelo que convirtió la pandemia en una autopista de comisiones, facturas falsas y enriquecimiento acelerado.
Una dimisión forzaría a su partido a elegir entre la regeneración imposible y el blindaje total. Si se va, el PP madrileño reconoce que el caso es indefendible. Si se queda, cada paso que dé la presidenta será bajo la sombra de un juicio oral contra su pareja.
La pregunta no es solo política. Es social. ¿Qué mensaje lanza Madrid a su ciudadanía si tolera que la máxima responsable se mantenga en el cargo mientras su entorno más próximo defrauda al fisco con facturas fantasma? ¿Cuánto más se puede soportar que la palabra “corrupción” se confunda con “gestión”?
El dilema es simple y brutal: si Ayuso dimite, se tambalea el poder que ha tejido la derecha madrileña en torno a la privatización y el pelotazo. Si no lo hace, la política madrileña se convierte en un lodazal donde la impunidad es norma.
La dimisión de Ayuso no resolvería el problema. Pero lo evidenciaría. Y tal vez abriría la grieta que la ciudadanía necesita para dejar de normalizar la corrupción como si fuera una estación más del Metro de Madrid.
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