Fernando Fol Frutos
¿DE QUIÉN ES LA CALLE?
Hubo un tiempo en que Manuel Fraga Iribarne, ministro de Franco, héroe de Montejurra y fundador de Alianza Popular (hoy Partido Popular) afirmó con la impetuosidad de un Tellado: “La calle es mía”, y, dadas las circunstancias políticas en que pronunció aquellas palabras, la ciudadanía se achantó.
Pero la calle es de todos y particularmente de los ciudadanos. Las élites, los poderosos, disponen de palacios, de casoplones, de áticos más o menos pagados como Dios manda; por lo tanto, es de ley que al pueblo, a los ciudadanos, se nos otorgue el derecho a tomar la calle. Las dictaduras se caracterizan, entre otras lindezas, por el dominio sobre la calle y la abolición del derecho ciudadano a manifestarse libremente. Por el contrario, en las democracias la calle es de los ciudadanos, que pueden andar libremente por ellas, manifestarse por ellas y hasta demasiadas personas dormir en ellas (aunque esa tragedia de las personas que tienen que dormir en la calle es lamentablemente una lacra que ningún régimen parece saber o querer superar).
Viene a cuento esta digresión habida cuenta del reproche que las derechas españolas y particularmente el señor Núñez Feijóo, jefe de la oposición, ha dirigido al gobierno por el hecho de que su vicepresidenta anime a la ciudadanía a salir a la calle por lo que considera, con millones de españoles, que el fallo anunciado por el tribunal supremo por el que condena, de momento sin sentencia, al fiscal general del Estado por una publicación de datos privados del marido informal de la presidenta de la Comunidad de Madrid. La vicepresidenta ha animado a salir a la calle a protestar por lo que millones de españoles consideramos ese fallo fruto de un contubernio más que una sentencia justa. El señor Feijóo (y su “cuadrilla”) ha puesto el grito en el cielo, porque este llamamiento del gobierno genera un conflicto entre instituciones.
Yo me pregunto seriamente si la oposición política no es una institución y me respondo que sí, que lo es. Y a partir de ahí me pregunto si no es un llamamiento al enfrentamiento entre instituciones los llamamientos que no hace demasiado tiempo ha hecho el jefe de la oposición bajo el lema “mafia o democracia”, y me pregunto también dónde estaba el señor jefe de la oposición, señor Feijóo, cuando una turba hacía escraches sistemáticos ante la sede del partido en el gobierno, se apaleaba al muñeco representativo del presidente del gobierno o se exhibían muñecas desnudas en la cabecera de aquellas manifestaciones desmandadas. O dónde ha estado el jefe de la oposición, señor Feijóo, cuando ha oído a su correligionaria llamar “hijo de puta” al presidente del gobierno, nada menos que en la sede de la soberanía popular. O por qué se ha callado el jefe de la oposición, señor Feijóo, cuando hace unos días ha visto salir de su sede de Génova 13 una manifestación falangista (significativo que salga de la calle Génova que fue donde vivió Primo de Rivera pero también donde está la sede de la oposición) al grito de “Pedro Sánchez, tiro en la nuca”. Estos silencios del señor Feijóo lo convierten en un hipócrita, en un camastrón y en un connivente de los que se saltan las líneas de decoro social y generan una dinámica de odio, y evidencian tener pocos escrúpulos con las normas que reglan una democracia.
Señor Feijóo, la calle es de la ciudadanía, incluso las calles de la zona madrileña que ustedes llaman nacional, y la calle es un espacio en el que se puede y se debe ejercitar el derecho de opinión y la libertad de expresión. Y ese derecho, a mi modesto entender, se puede y se debe extender a los representantes de nuestras instituciones. ¿Cuántas veces han salido a la calle, se han manifestado libremente, colectivos de la judicatura para protestar de lo que le parecía, incluso en ocasiones de manera preventiva, amenazante, por hechos que todavía no se habían producido? ¿Cuántas veces ha llamado usted y “su cuadrilla” a salir a las calles con cualquier motivo o pretexto, incluso aplaudiendo por debajo los desmanes que en esas manifestaciones se han producido?
La calle es de todos, pero sobre todo del pueblo. Y buena parte del pueblo, entre la que me encuentro, está en desacuerdo en el fondo y en la forma del montaje que se ha levantado contra el fiscal general del Estado, montaje que huele a contubernio. Y ejerzo mi derecho a expresar mi opinión por este medio y donde sea. Y si se me anima a que lo haga con más personas coincidentes conmigo en esta opinión, lo haré con sumo gusto y porque creo que es mi obligación. Y acudiré a la llamada a la calle encantado de la vida, si se me convoca. Y lo haré, no con la violencia de los cafres que ilustran estas reflexiones, sino pacíficamente, como lo hicieron de manera espontánea otros ciudadanos hace unos días ante la sede del tribunal supremo.
Buen día.
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