Dignidad de hermanos en la lucha
Miguel Hernández llegó a la cárcel de Ocaña (Toledo) en noviembre de 1940. Pocos días después, comenzó a impartir clases de poesía a los presos.
«Éramos más de 700 jóvenes y nos daba clases de literatura. A muchachos con condenas de veinte o treinta años se les enseñaba poesía».
Por aquellas fechas, un futuro Procurador en Cortes —el mismo que afirmaría que “a pesar de todo, entre vosotros hay algunos que no son fusilables”— llegó a chantajear al poeta.
Un día apareció en Ocaña el falangista Ernesto Giménez Caballero con una propuesta: ofrecerle la libertad para utilizar su figura como prueba de la supuesta generosidad del régimen con el enemigo vencido. La respuesta de Hernández fue tajante.
«Hernández se acercó a la ventana y llamó a Giménez Caballero. Le mostró el patio, lleno de presos, y le dijo: “Mira. Ésos son mis hermanos. Con ellos he luchado y con ellos me quedo”. Era un hombre magnífico».
Antes de ser trasladado a la cárcel de Alicante, donde moriría de tuberculosis el 28 de marzo de 1942, con tan solo 31 años, Miguel Hernández se encontraba ya gravemente enfermo. Con una bronquitis severa, pasó una semana en la enfermería de Ocaña sin cama, cubierto únicamente con una manta.
(Extraído del libro Toda España era una cárcel. Memoria de los presos del franquismo, R. y D. Serrano, Aguilar.)
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