Durante el Holocausto hubo personas cuya crueldad no fue solo resultado del sistema, sino que pareció convertirse en una elección personal.
Uno de esos nombres fue Amon Göth.
Göth fue un oficial de las SS y comandante del campo de concentración de Płaszów, cerca de Cracovia, en la Polonia ocupada. El campo funcionaba como centro de trabajos forzados, castigo y exterminio progresivo. Decenas de miles de judíos pasaron por allí. Muchos no salieron.
Los supervivientes lo recordaron no solo como un burócrata del terror, sino como alguien que ejercía la violencia de forma directa y cotidiana.
Vivía en una villa situada en lo alto de una colina desde donde se dominaba visualmente el campo. Desde allí, según numerosos testimonios, observaba a los prisioneros y en ocasiones disparaba contra ellos con su rifle. No porque hubieran cometido una falta concreta, sino porque podía hacerlo.
Para las personas dentro del campo, la violencia no era solo impredecible: era arbitraria. Podía caer sobre cualquiera, en cualquier momento, sin explicación.
Göth también utilizaba perros entrenados para atacar a los prisioneros como forma de castigo e intimidación. No era una medida de seguridad: era una herramienta de terror psicológico constante.
Quienes sobrevivieron describieron el mismo patrón una y otra vez:
no había diálogo, no había advertencias, no había justicia interna posible. Solo poder absoluto sobre personas completamente indefensas.
Cuando terminó la guerra, Göth fue capturado por los Aliados, extraditado a Polonia y juzgado por crímenes contra la humanidad.
Durante el juicio, antiguos prisioneros declararon sobre asesinatos, palizas, ejecuciones arbitrarias y torturas. No hablaban desde el odio. Hablaban desde la necesidad de que aquello no fuera olvidado.
Göth fue declarado culpable y ejecutado en 1946.
Su nombre no se conserva para recordarlo a él.
Se conserva como advertencia.
Como ejemplo de hasta dónde puede llegar un ser humano cuando el poder no tiene límites y la ideología convierte a otros en “cosas”.
La historia de Amon Göth no es importante por quién fue él.
Es importante por lo que representó para miles de personas que no tenían ninguna posibilidad de defenderse.
Y por lo que nos recuerda hoy:
Que el mal no siempre es anónimo.
A veces tiene rostro, nombre, cargo… y balcón.
Y que recordar no es un acto del pasado.
Es una responsabilidad del presente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario