José Martínez
1 Derrocar a un dictador suena moralmente justo. Nadie llora por un tirano. Pero el derecho internacional no se construyó para proteger a los buenos, sino para contener a los poderosos. Por eso prohíbe la fuerza casi sin excepciones: no porque ignore la injusticia, sino porque sabe que, si cada país decide a quién “liberar” a balazos, el mundo vuelve a la ley del más fuerte.
El
problema no es Maduro. El problema es el precedente. Cuando la fuerza
militar se usa para cambiar gobiernos sin reglas claras, la soberanía
deja de ser un límite y se vuelve un estorbo. Hoy es “derrocar a
un dictador”; mañana será “corregir una elección”, “proteger
intereses”, “restaurar el orden”. El derecho no absuelve
dictaduras, pero tampoco legitima cruzadas unilaterales.
La
pregunta incómoda no es si un tirano merece caer, sino quién decide
cuándo y cómo. Porque la historia enseña algo brutal: sacar al
dictador es fácil; construir justicia después, no. Y cuando la
legalidad se rompe en nombre del bien, casi siempre lo que sigue no
es libertad, sino caos, violencia y nuevas víctimas. El derecho
existe para recordarnos eso, incluso cuando incomoda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario