Buena pregunta. Y es una pregunta que desarma mucho discurso emocional.
Cuando alguien dice “salvar al mundo”, primero hay que pedir definición. ¿Salvar de qué exactamente? Porque si no se define el problema, la solución es puro humo.
En la teología cristiana clásica, la respuesta es clara: salvar del pecado y de la condenación eterna. Es decir, del castigo que el mismo Dios impone por desobedecerlo. Ahí aparece una tensión lógica fuerte: Dios crea la regla, Dios establece la pena, y luego Dios se sacrifica para salvarte de su propia pena. Eso no es rescate externo, es un circuito cerrado.
Desde el judaísmo del siglo primero, Jesús hablaba más de la llegada del Reino de Dios, una transformación social y espiritual en Israel. No de “salvar al planeta entero” en el sentido moderno. La idea universal y cósmica se desarrolla después, especialmente en Pablo.
Entonces cuando preguntan “¿salvar al mundo de qué?”, la respuesta honesta depende del marco. Del pecado. De la ira divina. Del poder del mal. De la muerte espiritual. Pero fíjate algo: todos esos son conceptos teológicos, no problemas verificables como una guerra, una hambruna o una epidemia.
Ahí es donde el debate se pone interesante. Porque si el problema es metafísico, la solución también lo es. Y cuando todo ocurre en el plano invisible, nadie puede medir si realmente pasó algo.
La pregunta es clave porque obliga a aterrizar el discurso. Sin problema claro, no hay salvación clara. Y cuando la definición cambia según la doctrina, la narrativa empieza a mostrar costuras.
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