Cuando alguien gana la lotería, sobrevive a una enfermedad o atraviesa una cadena improbable de eventos favorables, aparece la narrativa: “Dios te bendijo”, “Todo tiene un propósito”, o “Tu fe lo hizo posible”. Sin embargo, este razonamiento tiene un problema evidente: si los eventos positivos son obra de “Dios”, ¿qué hacemos con los negativos? ¿También son voluntad divina? ¿O ahí sí hablamos de “mala suerte”?
La inconsistencia es clara. La religión selecciona los resultados favorables como prueba de intervención divina, pero evita aplicar el mismo criterio a las tragedias. Una persona que sobrevive a un accidente de aviación se considera un “milagro”, pero no así todos los fallecidos.
Pero al final todo es cuestión de probabilidades. Ganar la lotería es sólo un evento de baja probabilidad, pero que siempre puede ocurrir. Asimismo, sobrevivir a un accidente depende de variables físicas, no del “destino” ni de “la mano de Dios”. En un mundo con miles de millones de personas, lo improbable no sólo es posible, se vuelve inevitable. Alguien tiene que ser el que sobrevive, el que gana, el que experimenta coincidencias extraordinarias. Y cuando eso ocurre, en lugar de decir “estadísticamente esto era posible”, preferimos decir: “¡Qué suerte!” … Y los religiosos prefieren gritar “¡Milagro!”
La historia de Frane Selak no demuestra la existencia de la suerte ni de una “Providencia Divina”. Lo que demuestra es otra cosa: nuestra necesidad de contar historias extraordinarias, nuestra incomodidad frente al azar, y nuestra tendencia a imponer sentido donde no lo hay.
Pero la “suerte” no es una fuerza que actúa sobre nosotros. Ni mucho menos es un regalo divino. Ni es una deuda del universo. Es simplemente una palabra que usamos para describir lo que ocurre cuando el caos nos favorece o nos perjudica. Y en un universo sin propósito ni intención, eso es todo lo que hay.
[Godless Freeman]
https://es.wikipedia.org/wiki/Frane_Selak
https://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Wiseman
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