El pan...
Dicen
que hubo un tiempo en que la Vía Láctea cabía entera en la palma
de una mano: era blanca, esponjosa, crujía al morderla y se llamaba
simplemente pan. En aquellos años sesenta, el pan negro que sostuvo
a los padres dormía en la memoria como una costra vieja del
recuerdo, pero seguía oliendo a miseria cuando se lo nombraba en voz
baja, como quien reza por los difuntos.
Los dos críos de
la foto caminan por el barro del Cerro del Tío Pío con un universo
de migas entre los dedos. Llevan abrigos heredados de algún muerto,
tan grandes que parece que las mangas se hubieran empeñado en llegar
primero al futuro. Van chapoteando en los charcos como si fuesen
charcos de cielo caído, y cada bocado abre un agujerito de luz en la
panza vacía. Pan con pan, comida de tontos, decía la gente con
tripa llena; pero ellos sabían que, cuando el hambre aprieta, el pan
deja de ser pan y se convierte en milagro.
Sus padres
llegaron a la gran ciudad huyendo del cacique y de la tierra
agrietada que los exilio a las ciudades. Les habían contado que en
Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia los perros se hartaban de
longanizas; resultó que sí, pero eran a los perros de los señorito.
Si un marciano hubiera aterrizado en la Gran Vía como primer
contacto con la humanidad, se habría rascado la antena al ver a
tantos niños trabajando de limpiabotas, lustrando los zapatos de los
parásitos que vivían a cuerpo de rey sin arrugarse la camisa,
mientras los hombres y niños que levantaban edificios dormían en
chabolas de lata y cartón, con el salario remendado y el plato
siempre cojo, con más agua que sustancia para llenar la panza.
En
las casas bajas del cerro, el queso era una cuña casi transparente,
milagro de Lourdes hasta para los ateos, y el chorizo un recuerdo
dominical que se cortaba tan fino que parecía que el cuchillo tenía
vergüenza y que no era necesario que fuese cuaresma para no comerlo.
Por eso había quien se comía una barra entera con un par de rodajas
de chorizo o de queso, no por tonto, sino por hambre. El pan llenaba;
el pan engañaba al estómago y al miedo. Por aquel entonces muchos
veían a Dios en un mendrugo: si caía al suelo, aunque hubiese
barro, se recogía, se le quitaba con cariño la costra de tierra, se
le daba un beso y al cuerpo, adelante, que lo que no mata
engorda.
En las noches del cerro, cuando el viento soplaba
entre las chabolas, se oía cómo las migas susurraban dentro de los
estómagos infantiles. Contaban historias que nadie escribía en los
periódicos: historias de hombres que trabajaban hasta romperse la
espalda para seguir viviendo en la orilla del barro; de mujeres que
remendaban ropa heredada de difuntos para que sus hijos pudieran
seguir creciendo dentro de las mangas; de niños que soñaban con
bocadillos imposibles, donde el pan abrazaba algo más que aire.
Nadie los escuchaba, pero las migas insistían, tercas, como si
supieran que algún día alguien recordaría que hubo un tiempo en
que la felicidad cabía en un trozo de pan con pan. Y que, aun así,
el hambre no se saciaba nunca.
Paco
Arenas,
autor de libros sobre a Memoria como "Las abarcas desiertas"
y "Magdalenas sin azúcar"
Foto
Cerro de Tío Pío (Madrid)
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