Semana
Santa: cuando la injusticia se celebra como virtud
En
pleno siglo XXI, mientras los sistemas jurídicos más avanzados del
planeta se sostienen sobre el inquebrantable Principio de
Personalidad de la Pena —según el cual nadie puede ser castigado
por los delitos de otro—, millones de personas se preparan para
conmemorar, con solemnidad y devoción, una de las ideas más
profundamente contrarias a este fundamento jurídico: la creencia de
que un inocente puede —y debe— pagar por los culpables.
Desde
una perspectiva legal esto no es sólo discutible: es una aberración.
¿Se imaginan un tribunal moderno donde alguien pueda sustituir al
acusado para recibir la pena por él? Por supuesto, nunca lo verán.
El derecho penal moderno se construyó precisamente para erradicar
este tipo de injusticias. Y si bien en épocas antiguas no era raro
que la pena trascendiera al culpable (se confiscaban bienes
familiares, se condenaba al ostracismo a descendientes, o se marcaba
a generaciones enteras con el estigma del delito de un antepasado),
hoy el derecho internacional prohíbe categóricamente estas
prácticas. Porque definitivamente la responsabilidad es individual e
intransferible, y castigar a un inocente no es justicia, sino un acto
de barbarie.
No
obstante, en el núcleo mismo de las religiones abrahámicas esta
brutalidad no sólo es aceptada, sino elevada a ideal moral. Es
evidente que los redactores de los textos bíblicos vivían en un
contexto cultural donde la idea de transferir la culpa era
perfectamente normal. Donde no existía el concepto moderno de
responsabilidad individual como hoy lo entendemos. Y en ese mundo
arcaico y salvaje, era moralmente aceptable que alguien —humano o
animal— cargara con las faltas de otros.
El
ejemplo más paradigmático es el famoso “chivo expiatorio”,
descrito en el libro de Levítico (16:8-10, 21-22). Durante el ritual
judaico del “Día de la Expiación” (Yom Kippur), el sacerdote
imponía simbólicamente los pecados del pueblo sobre un chivo que
luego era enviado al desierto “para Azazel”, es decir, “para la
eliminación de la culpa e impureza del pueblo de Israel”. Se
trataba de un pobre cabro sobre el cual toda la comunidad proyectaba
sus “pecados”, y que era llevado al desierto para que muriera de
sed y hambre. Sin duda una imagen poderosa… y profundamente
inquietante: un inocente condenado a sufrir por delitos ajenos.
Pero
se trata de un mecanismo que revela una lógica primitiva: la culpa
puede trasladarse, el castigo puede delegarse, la justicia puede ser
sustituida por un ritual simbólico. Y lejos de ser un caso aislado,
esta lógica atraviesa toda la narrativa bíblica:
-
En el Génesis no sólo se castiga a Adán y Eva, sino a toda la
humanidad, considerada culpable por una falta original que nadie más
cometió.
-
En Egipto, durante las plagas, mueren los primogénitos —niños y
animales— que no tuvieron participación alguna en las decisiones
del faraón.
-
En el relato del Diluvio Universal, la destrucción es total:
hombres, mujeres, niños y animales perecen indiscriminadamente.
-
En Sodoma y Gomorra, la aniquilación colectiva tampoco distingue
entre culpables e inocentes.
-
Y en el Nuevo Testamento, la llamada “matanza de los inocentes”
ordenada por Herodes vuelve a presentar la muerte de niños como daño
colateral de un conflicto de poder.
En
todos estos casos el principio es el mismo: la inocencia no protege
del castigo destinado a los culpables. La justicia divina, tal como
se presenta en estos textos, no reconoce la responsabilidad
individual.
Y
llegamos al punto culminante de esta lógica: la crucifixión de
Jesús, que desde el punto de vista teológico se presenta como un
acto supremo de amor. Sin embargo, desde el punto de vista jurídico
y ético es todo lo contrario: la glorificación de la injusticia.
Porque si lo analizamos sin el velo de la fe, lo que se propone es
esto: la culpa de millones de personas —pasadas, presentes y
futuras— es transferida a un solo individuo inocente, que es
castigado brutalmente en su lugar. No hay pues, responsabilidad
individual, ni debido proceso, ni proporcionalidad. Sólo sustitución
penal. Es, en términos modernos, una monstruosidad moral.
El
filósofo, escritor y periodista angloestadounidense Christopher
Hitchens (1949-2011) coincidía con este criterio. Consideraba ese
dogma cristiano de la “Doctrina de Redención Vicaria”, como
completamente inmoral, y se preguntaba cómo es posible que fuera
moral pensar que nuestras faltas pueden ser perdonadas castigando a
otra persona.
Opinaba
Hitchens que uno podría sacrificarse por alguien si realmente
quisiera; uno podría incluso tomar el puesto de esa persona y abogar
por ella; pero no podría eliminar sus responsabilidades ni
perdonarla o eximirla de lo que hizo a otro. Porque uno no puede
limpiar los errores de otro. Decía: “Esta es una doctrina
completamente inmoral. Esto neutraliza el concepto de responsabilidad
personal del que nuestra ética debe depender.”
Con
respecto al supuesto sacrificio humano de Jesús en la cruz, muriendo
como un chivo expiatorio por las faltas de otros, señalaba que hay
todavía más agravantes, puesto que se trataría de algo ocurrido
mucho tiempo antes de que nosotros naciéramos, sin que se nos
hubiera pedido opinión respecto a esa decisión de torturar y matar
a ese hombre, y sin embargo se nos responsabiliza de su muerte. Decía
Hitchens: “…nadie me pidió mi opinión, y de haber estado
presente, hubiera hecho lo posible para detener la tortura y
ejecución pública de una criatura excéntrica. Haría lo mismo en
el presente. Pero no: me culpan y me dicen que yo mismo introduje los
clavos, y que estaba presente en el calvario…” Y agregaba: “Esto
puede sonar como una creencia loca, pero es la creencia cristiana.”
Concluía
Hitchens: “… tal vez fuera bueno poder lanzar tus pecados y
responsabilidades en alguien más y tenerlos resueltos, pero no es
verdad ni es moralmente correcto.” Como también señalaba lo
absurda que es la creencia en la supuesta intervención de un Dios
Supremo hasta hace sólo unos dos mil años, para perdonar a la
humanidad sus “pecados” mediante el sacrificio humano de su Hijo,
manteniéndose indiferente todo el tiempo anterior.
Pero
lo más paradójico es que este supuesto sacrificio de Jesús ni
siquiera cumple su propósito declarado. Porque la humanidad no dejó
de pecar, el mal no desapareció y la injusticia no se erradicó. Tal
como ocurrió con el Diluvio —otro intento fallido de “reiniciar”
la humanidad—, el problema persiste. Entonces, ¿para qué sirvió
realmente?
Sin
embargo, lo verdaderamente inquietante no es sólo que estas ideas
existan en textos antiguos —eso es comprensible dado el contexto
histórico—, sino que sigan siendo defendidas, celebradas y
enseñadas en la actualidad como verdades morales supremas. Aceptar
que un inocente pague por los culpables, es renunciar a uno de los
pilares fundamentales de la justicia. Es retroceder siglos en la
evolución del pensamiento jurídico. Es justificar la arbitrariedad.
Así
que, en esta Semana Santa, mientras se multiplican las procesiones,
los sermones y las expresiones de fe, convendría a los cristianos
hacer una pausa crítica y preguntarse: ¿Qué estamos celebrando
exactamente? ¿Un acto de amor… o la consagración de una
injusticia?
Porque
si un sistema permite —o peor aún, glorifica— el castigo de
inocentes, entonces no estamos ante un sistema moral elevado, sino
ante una reliquia de pensamiento arcaico que, bajo el barniz de lo
sagrado, sigue desafiando los principios más básicos de la justicia
humana.
[Godless
Freeman]